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Toma fallida de Cornellà

Se le resiste al Barça tomar la jaula perica y consumar la vendetta que el tamudazo dejó en el ánimo culé como una afrenta pendiente a devolver con intereses. Hoy parecía un día propicio por el marco emocional del partido: primer derbi fuera de la ciudad, en Cornellà-El Prat, con un club españolista movilizado en todos sus estamentos que aguardaba esta fecha marcada en rojo en su calendario particular desde el día que se sorteó el calendario de Liga, y con un Barça que encaraba como clave este desplazamiento en sus aspiraciones a campeonar el título en juego: de llevarse los tres puntos aquí, tres cuartos de Liga se los metía en el bolsillo. Un listón de expectativas alto dispuesto para la historia y que ésta recordará con el 0-0 que reflejó el marcador final.

La mejor definición del partido es que fue un derbi en toda regla, todo un compendio de intensidad, rivalidad e igualdad de fuerzas dentro de los recursos de cada equipo. Aunque para uno fuera más derbi que para el otro: el Español. Es éste su partido de la temporada, cosa que le permite travestir su natural actitud pusilánime y su complejo de inferioridad y victimismo hacia lo blaugrana con el disfraz del compromiso y la ultra motivación sin que nadie de su entorno le discuta ni le recrimine su tibia actitud o sus mediocres actuaciones en el resto de jornadas. Hasta los jalean.

Salió el Español dispuesto a comerse el mundo y a morir en el empeño de dificultar al Barça sus intentos de jugar racionalmente a fútbol. El Barça entendió enseguida lo que le esperaba y se dedicó a aguantar estoicamente el chaparrón, agazapado, quizás, esperando el momento idóneo para ejecutar el zarpazo letal. En eso estuvieron los dos equipos en la primera mitad y el partido tenía su qué, no tanto por la lucidez del juego sino por la intensidad y el despliegue físico que ambas escuadras mostraron. En escenarios así, el problema es para el Barça. Los de Guardiola pueden ser tan intensos como el que más pero esta no es su superioridad, y menos aún si existe permisividad arbitral hacia el que abusa en su superior intensidad. Presionó mucho el Español todas las líneas del Barça y fabricó su fase ofensiva siempre desde la recuperación – al límite del reglamento, por la aplicación laxa del mismo por parte de Undiano Mallenco, cuando no un doble rasero insultante en el juicio de las acciones de unos y otros ya habitual en los arbitrajes recientes del Barça – , nunca desde la creación. Los pericos tuvieron la ocasión más clara pero Valdés, de nuevo, volvió a ser providencial. En su táctica de aguantar la embestida rival, el Barça se mostró excesivamente conformista y pasivo, sin capacidad de morder, y sólo en el tramo final del primer periodo se vio al equipo algo acertado en el control del juego y el balón y más valiente a la hora de jugar en campo rival. Pero sin avasallar ni intimidar: no fue noche propicia para el destello individual del futbolista de turno ni del poder de determinación del colectivo unido. Un chut de Maxwell fue todo el balance ofensivo del Barça en este periodo.

La segunda mitad confirmó las sensaciones y las sospechas que dejó el equipo en la primera y eso que pareció que al Barça se le podía poner el partido de cara. Las revoluciones al límite del Español, con la complacencia de Undiano Mallenco, siguieron pero sin la intensidad de la primera mitad. El Español no paró de apretar pero no fue lo mismo: el cansancio hacía mella. Se intuía un Barça más cómodo ante el escenario que ahora se le presentaba, más predispuesto al control del partido, tanto futbolístico como emocional (aunque el estadio de Cornellà-El Prat no dejó nunca de ser una olla a presión en pro de su equipo), en que una vez superado el agobio parecía cuestión de tiempo que cayera el zarpazo letal. Hasta Guardiola fue consciente de ello, e intervencionista, ajustó el equipo para el remate final (aunque rescatar a Henry quizás no pareciera lo más acertado). Pero un doble exceso de Alves y Undiano acabó con el brasileño expulsado y aquí pareció finiquitada cualquier posibilidad real de batir al indultado Kameni, aunque el Barça no renunciara a ella. Pero mucho no lo mereció porqué para ser francos, y como ya se ha dicho, no fue la noche ni de los futbolistas que deciden los partidos con un golpe de genio e inspiración ni del sinfónico poder de determinación del colectivo.

Cornellà fue una explosión de júbilo tras el 0-0 final. El españolismo, feliz, celebró su victoria de joder un poco a su eterno rival. Las gradas saltaban de emoción ovacionando a sus 11 héroes. Hasta Sánchez Llibre sonreía y repartía abrazos por el palco. Tropiezo para el Barça que, haga lo que haga el Madrid, seguirá mandando en la clasificación. Posiblemente el del Español, por la implicación emocional, era el desplazamiento más complicado que le quedaba al Barça y un resbalón podía ser previsible. Sin dramas ni histerias, pues, pero reconociendo la ocasión perdida que deja este resultado. De ganar en Cornellà, el Barça casi sentenciaba la Liga. Aquí y allí lo sabíamos. Toca mañana la segunda parte de la batalla. De existir justicia poética en esto del fútbol, Albiol debería marcar un auto gol que significara la victoria del Valencia. Se constataría así que ni por lo incivil ni por lo criminal nadie detiene al Barça en su firme propósito, tatuado a fuego, sangre y sudor en su orgullo y ambición de campeón, de alzar el título de Liga. Aunque los pericos siempre pongan palos a las ruedas que luego, a la larga, no sirven para nada.

El triunfo de los secundarios

Nos regaló el Barça una previa divertida con dos sustos como para temer lo peor: un 11 titular experimental -aunque a Pep no le guste la frivolidad de la expresión – y la caída de Ibrahimovic del equipo por molestias en el soleo durante el calentamiento. Se encendieron luces de alarma entre la gent culé porqué si ya era difícil de tragar un equipo con Chigrinskiy de central, sin Xavi en el centro de mando y Maxwell y Jeffren de extremos, más lo fue que cayera el delantero centro titular que, además de una providencial racha de goles, aportaba talento, determinación y compañía a Messi en la resolución de partidos. No era el Barça que saltó al campo un equipo fulgurante ni sobrado de talento individual – a excepción de Messi, claro, que el argentino siempre come aparte y lo suyo vale por lo de los otros diez – y sí, en cambio, un Barça de reválida para la clase media y de segundas oportunidades para los más secundarios del grupo, precisamente en una semana clave para el equipo, con una clasificación pendiente en Champions y tres puntos básicos a ganar a los leones para encarar la siguiente visita al Bernabéu con las máximas garantías de competividad y motivación. El experimento de Guardiola pareció una locura más aún por el momento en que se producía, un órdago a los suyos para que le demostraran, cuando ahora sí está todo por ganar,  que ellos están en disposición y aptitud de responder si él les da confianza. Y el equipo, vaya si respondió al reto y vaya si funcionó ante la exigencia. Se marcó el Barça un encuentro excelente, de desempeño, practicidad y eficacia muy por encima de sus limitaciones y posibilidades estimadas, ganado desde el colectivo y por el colectivo. Brilló la determinación de Bojan – con dos goles de delantero centro grande, volviendo a demostrar que es toda una garantía ante el Athletic -, el liderzago de Messi, el retorno esplendoroso de Abidal, el compromiso de Puyol y Piqué, la invulnerabilidad de Valdés, o la energía de Maxwell, por poner. Pero, por encima de nombres, brilló la puesta en escena de un colectivo unido, entregado a la causa de defender el estilo futbolístico del Barça, igual de eficiente y digno aun estar esta noche en los pies de los menos excelentes, y empeñado a demostrar que su ambición y su hambre para campeonar no tiene límites, aun asumiendo estos secundarios su protagonismo menor en las fotos e imágenes que recuerden la gloria. Por ser fiel a sí mismo, tuvo hasta sus instantes en que se dejó, vía pérdida del balón, menear por el rival, aunque fueron, esta vez, poco relevantes y de escasa influencia en el juego y marcador. En definitiva, un gran Barça menor, algo más simple, directo y práctico, pero igual de letal, satisfactorio y brillante que su versión ideal. Sobre el rival, agradecer que no se prodigaran en el juego duro con la que amagó en la previa Amorebieta y destacar que tuvo fases de buen fútbol y ocasiones como para liar un poco el marcador o maquillar el resultado final. El impedimento fue Valdés.  A lamentar, la racha de lesiones, semi lesiones o molestias varias que añaden incertidumbre y épica a los envites que esperan. Aunque las guardioladas – sin tono despectivo, visto que sus particulares soluciones funcionan: ¿se acabarán convirtiendo en otro mito del barcelonismo? – nos protejan, tampoco es necesario tentar tanto la suerte.

Messi

Se ganó el partido (2-4) y, objetivamente, la victoria nunca peligró, aunque esa renta escasa de 0-1 durante 70 minutos de partido intranquilizó. En general, el Barça controló el partido, incluso en su pájara en el tramo final de la primera parte, pero sin la autoridad y la suficiencia habitual. El partido era el que era pero se temía más por lo que podía acabar siendo, el accidente ya conocido y sufrido otras veces, y no por méritos del Zaragoza, rival más engorroso que peligroso, sino por deméritos en forma de errores incontrolables del Barça. Es más, el Barça jugaba a todos los números de la victoria fácil pero esas ocasiones marradas y esa superioridad sin alardes insuficientemente mostrada en el marcador eran la tónica de un partido extraño y de contrastes insatisfactorios para el culé. Messi, a los cuatro minutos de juego, encaró el marcador, tranquilizó el partido y detonó todo lo anterior. Un Barça de estilo menos Barça sin Xavi – lesionado – e Iniesta – banquillo – en el 11 titular, y que daba la alternativa al músculo, a la presión y a la opción de las segundas jugadas con el tridente Busquets, Touré y Keita. Individualmente, todos correctos, hasta excelentes alguno de ellos, pero incapaces de generar para el colectivo ni la fluidez deseada en el juego ni el toque ni la pausa necesaria para ejercer la tiranía dominante del control y la posesión del balón. Para olvidar, la descomposición colectiva de los últimos 15 minutos de la primera mitad de partido: balonazos largos sin sentido y amedrentarse tras la tímida, aunque adelantada, presión rival. En todo lo demás, un Barça correcto sin más, dentro de un guión entre complaciente y mediocre, suficiente para ganar, pero sin esa chispa de emoción o ese rastro de genialidad que trascendiera lo que era un partido vulgar en algo mítico para recordar.

Y en esas apareció Messi. De hecho, Messi siempre está, pero cuando ejerce de chispa, de explosión y de punto y aparte hacia la gloria en un partido, sabemos que algo grande, para su historia particular y la del equipo y para la memoria y felicidad de la culerada, acontecerá. Messi regaló luz, emoción, talento, grandeza, belleza, épica y genialidad a un partido que se gana el derecho a pasar a la hemeroteca gracias a su actuación. Porqué lo de este chico, que acostumbra a la normalidad lo extraordinario y que tritura con su facilidad genial cualquier reto, regate, conducción, acción, pase o gol, no es de este mundo. Orgulloso, insaciable, ambicioso, ganador, superando partido a partido todos los registros y recursos inimaginables para demostrar a todo el planeta, si es que hace falta tal demostración de grandeza, que es el mejor jugador del mundo y que su techo no tiene límites. Lo que puede ser Messi en el futuro asusta. En lo que se refiere al presente, dos goles de bandera – el primero de éstos, entre los cinco mejores de su carrera – que rompen el partido a favor del Barça y que magnifican unas estadísticas en lo particular simplemente alucinantes: 2 hat tricks seguidos en Liga, 11 goles marcados en sus últimos 5 partidos jugados, 11 goles denominación de origen de los 14 últimos goles marcados por su equipo. Esto es Messi, un genio entre genios, un futbolista superior. Y a la vez ejemplar, modélico, generoso, humano. Porqué el detalle de cederle el lanzamiento de penalti a un desafortunado y desquiciado, cuando no hundido anímicamente, Ibrahimovic – su partido en Zaragoza dará que hablar -, a costa de renunciar a la gloria de un cuarto gol y meter más presión a Wayne Rooney en su lucha por la Bota de Oro, lo honra como persona y nos emociona con la misma intensidad que su más bella lección de fútbol.

Messi, en definitiva, fue toda la trama del partido (inicio, nudo, desenlace) porqué él también fue el causante de su final, loco: con un Zaragoza que aprovechó el extasiado impacto emocional que causó en los suyos para situar un vertiginoso 2-3 en el marcador y para provocar un penalti del cual se convirtió en protagonista absoluto sin necesidad de anotarlo. Esto es Messi, así es Messi. A veces, sólo él es todo el fútbol. Cosa de genios y elegidos, dicen, carácter diferencial de los más grandes. Disfrutémoslo, pues, por él por si solo merecerlo pero, sobretodo,  por ser uno de los nuestros.

Empate fatal

En un partido en que te meten un gol de la nada al minuto 10, te tangan un penalti, te expulsan de manera discutible a tu entrenador, te expulsan de manera más discutible aún a tu delantero centro y te metes un gol en propia puerta, ¿se consideraría un buen resultado un empate a 2? Si tu eres el Barça, no. Podemos buscar las circunstancias y atenuantes que queramos. Digamos, incluso, que el Barça estuvo a un paso de la épica y de tocar la gloria de la victoria. Aun con diez sobre el campo, igualando por segunda vez el marcador, persistió siempre en pos del triunfo, porqué creyó en el y tuvo fe en sus posibilidades. Pero por mucho que buscó y mereció, la suerte fue esquiva. El Barça dejó un partido de sensaciones contradictorias en su juego, en su esfuerzo y en sus merecimientos y un resultado que es un palo para el equipo y para un barcelonismo expectante que confiaba en esta jornada liguera ampliar su ventaja (ay…) con respecto al segundo clasificado de nombre innombrable.

Comenzó el partido con cierto brío y luciendo el nuevo traje táctico que Guardiola ha comprado a su equipo para sorprender a invitados y anfitriones, el 4-2-3-1: aunque viste, aún no parece acomodárselo. Se encontró con un gol rápido en contra a la salida de un córner en que la defensa zonal blaugrana dejó rematar a placer a un jugador almeriense que pasaba por allí. Se desconcertó a partir del gol. No renunció a ganar, pero la imprecisión y la impotencia se adueñó del equipo en fase ofensiva. Digamos también que el maestro Lillo no se lo puso fácil al discípulo Guardiola: con el gol a favor, 9 tíos a defender en propia área y que fuera lo que Dios quisiera (es la grandeza del Barça: convierte en humo las soflamas y pláticas más irrenunciables y en farsantes a personajes idealistas). En esta fase de partido, se vivió un deporte híbrido que mezcló las disciplinas de balonmano y frontón. Puro drama. Sólo algún detalle  podía romper lo que era un monólogo con algún que otro fallo de coordinación gestual y de memoria del Barça. No fue el arbitraje pésimo que enfadó a unos y a otros y se llevó por delante a Guardiola; fue una falta a Ibrahimovic que muchos clamarán como villarato (los mismos que obviarán un clamoroso penalti previo al propio sueco) que Messi clavó con sutilidad y genialidad maradoniana al fondo de la red. Como bien se podía temer Lillo, fue lo que Messi quiso. El partido se puso de cara una vez superada la adversidad del gol en contra y no pareció entonces que el Barça pudiera fallar: subiendo una marcha más en intensidad, en concentración, en definición, y a pesar del muro Diego Alves – providencial y salvador como en su día lo pudieron ser Palop o de Gea – la victoria no se podía escapar, por mucho que el equipo, colectivamente, no andara del todo ajustado, seguro y fino en su fútbol sin fisuras y ciertas individualidades repitieran actuaciones como para encender las luces de alarma. Es lo que tiene el Barça: no siempre necesita ser excelente para ganar, aunque conviene que lo sea para conseguirlo.

Pero vuelta de tuerca al guión previsto con un Barça que salió extrañamente contemplativo tras el descanso que le acarreó el consiguiente (inmerecido en lo global, pertinente en lo puntual) castigo: auto gol de Puyol. Vuelta a empezar, vuelta a confiar. La diferencia esta vez fue que Lillo no se arrugó y no echó el equipo atrás. Tampoco el Barça, que siguió porfiando en su intento de remontar el encuentro con idéntica (mala) fortuna inicial y clónica resolución final que en la primera mitad: canallada del árbitro expulsando a Ibrahimovic, acicate y gol salvador del si Dios quiere tras acción meritoria de súper Pedro. Tablas de nuevo y veinte minutos por delante en los que nadie del barcelonismo hubiera firmado el empate. Dio el Barça la sensación que la épica le ponía y que el partido se resolvería así. Messi las tuvo pero el muro Alves fue infranqueable. El Almería dio también algún susto – el maestro, rescabalándose de su inicial rol de farsante, aquí pareció tomar enseñanza de su discípulo en no dar por perdido el partido – pero el Barça se lo creyó más, y más le crecía la fe cuando más desesperada era la situación. Pero también la impotencia. Lamentablemente, esta vez no fue suficiente con la voluntad del equipo, ya que la épica tenía hora reservada en otra plaza. Y el partido acabó en cruz. Cruz quizás no merecida pero sí justa. Si cuando sale cara atribuimos causalidad y justicia al desenlace del partido, en justa correspondencia debemos atribuir lo mismo para explicar el qué y el cómo de este empate incomprensible e inesperado que acentuará las dudas en la trayectoria del equipo de Pep y la fiabilidad de su juego en su versión actual y que convulsionará la estabilidad emocional del barcelonismo más histriónicamente crítico, exigente y pesimista por las consecuencias que conlleva y que no hace falta explicar. Tiene trabajo Guardiola – de líder, de entrenador, de motivador, de psicólogo y de bombero – porqué lo que se avecina es de órdago y puede que ni su inmaculado paraguas protector le cubra de la desproporción.

Papa, ¿por qué somos del Atleti?

Papa, ¿por qué somos del Atleti? La cuestión, nacida de un afortunado eslogan publicitario que a la larga bien podría convertirse en la cuña identitaria de los colchoneros – como el “Més que un club” de los blaugrana – y que implica intrínsecas, complejas y porqué no oscuras motivaciones emocionales irresolubles de la alma atlética, hoy se respondería fácilmente con un: “Por ganar partidos como este”. Porqué esto es el Atlético de Madrid: ángel o demonio, genio o apestado, éxito o caos, gloria o desastre en tan solo 90 minutos de juego. Un equipo de fútbol altamente imprevisible en la versión que mostrará ante cada partido y que sólo parece romper la regla cuando el equipo a batir que recibe en casa es el Barça: en este caso, su fiabilidad es casi quirúrjica en que el estropicio a los blaugrana será máximo, ya jueguen bien, regular, mal o peor. Y el Barça, aunque lo sabe, y aunque trabaje para ello, parece no poder evitar lo inevitable. Entre la ultra motivación colchonera cuando los hombrecillos de blaugrana saltan al Calderón (ante otros sólo presentan intimidación) y que al Barça le cuesta horrores acomodarse y desactivar la propuesta atlética de buscar partidos descontrolados, el riesgo a caer es latente y el posible tropiezo está servido.

Quizás algunos dirán que el partido lo rompió Guardiola al alinear de inicio a Jeffren en el lateral derecho, pero sería más justo afirmar que la rotura de Keita sí condicionó el partido que planteó Pep de inicio. Nunca sabremos que hubiese pasado si el maliense tal, pero el equipo sí pareció notar el contratiempo de la lesión, creando más confusión y haciéndose más patente su desconcierto. El Barça estuvo mal en todas sus líneas de juego: tibio en defensa, mal dirigido en el centro de mando del centro del campo, desconectados y embarullados los estiletes en punta. El Atlético lo aprovechó, como a el le gusta cuando un rival se lo pone tan fácil como el Barça – pelotas largas al contraataque para la elaboración y definición de su dupla letal – y pronto se vio con dos goles en el marcador y un tercero que no fue gracias al perdón del Kun. Esto pudo suponer el mazazo definitivo de los de Guardiola pero cuando más fácil parecía tenerlo el Atlético, más rápido se puso las pilas el Barça. Gol de Ibrahimovic tras saque de esquina, achuchón blaugrana, ocasiones en cadena y de Gea, a lo Palop, como si quisiera disputarle su plaza en el próximo Mundial. Sin ser un equipo demoledor, ni quizás convincente, si se vio un Barça capaz de remontar el partido tras finalizar la primera parte. Más que suficiente, vista la credibilidad de este equipo, para albergar esperanzas. El partido quedaba abierto y todas las opciones de éxito o fracaso eran posibles. El partido estaba vivo y bonito: los cursis dirán que es la magia de los Atlético de Madrid – Barça.

Desgraciadamente, pero, las expectativas blaugranas quedaron en nada. La reacción orgullosa del tramo final de la primera parte debió quedarse en el vestuario tras el descanso, dormitando cual Ronaldinho de resaca. De nuevo un Barça plano, sin creación ni dirección en la sala de máquinas (no fue el día de Busquets, Xavi e Iniesta, futbolistas excelsos a los que sus malas actuaciones parece delatarles más sus escasas miserias), extrañamente agobiado, saltó sobre el terreno de juego, dejándose llevar y arrastrar por el argumento del Atlético, que tras el canguelo en el que acabó la primera mitad, volvió a creer en sus posibilidades y ver como a medida que pasaba el tiempo, sus opciones de aguantar el resultado, sin hacer nada del otro mundo, que aún resulta más meritorio, aumentaban. El Barça, en lo colectivo, no hizo nada para revertir la derrota: sólo Messi, al final, en un chispazo de inspiración, pudo obrar el gol, aunque esta vez el milagro no tocaba: no se lo habían ganado lo suficiente. Los estímulos del banquillo (Pedro forzado por las circunstancias, Bartra para evitar la expulsión de Jeffren, Bojan en su ingrato rol de solucionador de imposibles) tampoco fueron reactivos y hasta Guardiola parecía impotente ante la descomposición de su equipo, abandonado por un día de su rol de todopoderoso.

El resignado “Papa, ¿por qué somos del Atleti?” pudo al ambicioso “Més que un Club” y el 2-1 como resultado final hará feliz a la Brunete y quien sabe si quizás a aquellos del entorno que dicen ser del Barça aunque no lo son.  Una derrota del Barça anunciada, la primera de la temporada, no deberíamos olvidarlo, que tenía que llegar y que no tendría que causar dudas ni temores infundados o inducidos en el barcelonismo. Para los colchoneros, un chute de moral y de auto estima previo al descalabro que sufrirán en el próximo partido, descalabro que, de nuevo, justificará la pregunta que el chico hará a su mayor, “Papa, ¿por qué somos del Atleti? , ante la cual éste responderá: “Por perder partidos como este”.

Pareció

palop

SEVILLA, 0 – BARÇA, 1

– Vedder –

Reto no superado. Aunque lo pareció.

Parecía clara la declaración de intenciones de Guardiola con su 11 inicial: el equipo de gala – salvo Pinto -, toda la artillería pesada. Que sí, que Pep cuida los detalles, que es hábil gestor del vestuario y a todos sabe contentar, que hay un equipo para la Copa. Pero cuando se quiere la competición y para ello es necesario remontar, aquí no hay ostias que valgan (aunque ello suponga, como daño colateral, quizás, un injusto castigo a Bojan, y un cargarse a Chigrinskiy).
Parecía la declaración de intenciones del Barça, su voluntad de defender el cetro de campeón, pues, infalible. Pero a veces las intenciones fallan estrepitosamente cuando los actores que han de cumplirla no acompañan. La primera parte del Barça fue un deja vu, un partido ya visto recientemente en las últimas actuaciones del equipo. Un Sevilla agresivo, intenso, valiente y presionando muy arriba al Barça.
Nos suena la película, ¿no? El Barça no fue tan solo incapaz de superar la presión sevillista, imponer pausa e intentar hilvanar su fútbol; tampoco se equilibró en intensidad al juego del Sevilla. Sólo Sergio Busquets entendió de que iba el partido y fue el mejor, igualándose en condiciones a su rival e hinchándose a recuperar balones. Como el Sevilla no es el Tenerife, el Barça ni la tuvo ni mojó. Y que el Sevilla no marcara en la primera mitad tan solo se debió a una mano providencial de Pinto y a un silbido oportunísimo del árbitro de turno después de una frivolidad indecente del mismo Pinto. Parecía en estos primeros cuarenta y cinco minutos que el equipo no lo conseguiría, y bien la reflejaba esta certeza multitud de planos de Pep Guardiola con el rostro cabizbajo, la mirada perdida, el semblante impotente y preocupado que la realización televisiva ha tenido a bien regalarnos.
Visto lo visto, no parecía que pudiera haber reacción del Barça. ¡Pero vaya si la hubo! Pase lo pase, juegue regular, mal o peor, este equipo no queda noqueado ante las adversidades y siempre puedes esperar algo. La transformación fue radical. Evidentemente el Barça no pareció el mismo equipo de la primera mitad pero sí el equipo de antaño, el de su mejor versión, esa máquina futbolística que tanto añorábamos. El Barça fue un ciclón, un torbellino de fútbol, con Xavi e Iniesta renacidos y asociándose, tomando la responsabilidad y el timón, echándose el equipo a la espalda, junto con Messi, el tridente identitario, recobrando sensaciones perdidas y el juego que defienden y definen (a ellos y al Barça).
Pareció que el tiempo no pasó, como instalados de nuevo en los tramos más estelares y brillantes de la temporada pasada. Hasta Guardiola creyó, más activo en la banda, corrigiendo y dando instrucciones, sintiendo el partido. Volvió el Barça orgulloso, intenso, voraz, eléctrico, incisivo, letal, colectivo, campeón, reconocible. Exhibición total e infinidad de ocasiones marradas: Ibra, Iniesta, Messi, vinga nanos!, palo, otra vez Messi…Llegó el gol, marcando Xavi, quizás, la opción menos clara. Palop salvó a su equipo, un Sevilla que flojeó ante la avalancha blaugrana y que se echó atrás, literalmente cagado, viéndolas venir, encomendándose a su portero y al santoral que venga al caso.
Parecía que sí, que habría justicia, que el gol llegaría, que el Barça conseguiría aumentar aún más su leyenda de consumador de retos y que este partido en Sevilla podría significar, además, un punto de inflexión en cuanto confianza y re afirmación del equipo . Parecía. Porqué lo merecía, porqué no podía ser de otra forma y porqué si siempre lo conseguía, ¿por qué hoy no? En un partido de dos mitades con un Barça bicéfalo, se impuso – por méritos, por sensaciones, por orgullo – la cara buena del Barça y por ello pareció que conseguiría su justo premio, no sólo pasando la eliminatoria sino quedando despejado su camino en la competición – el Deportivo se erigía como máximo rival – invitando e ilusionado al barcelonismo a no tirar la Copa del Rey.
Parecía. Pero, extrañamente (o no: lo extraño sería no fallar nunca), hoy no fue suficiente todo. Y al final, pereció.

El rival más difícil

“Tot guanyat. Tot per guanyar”. Así rezaba el eslogan de los hexacampeones tras Abu Dhabi, como reto motivador que tenía que impulsar más allá de la eternidad, si es que esto es posible, a los chicos de Pep en este 2.010 recién estrenado. Pues efectivamente, queda todo por ganar, porqué el debut del año del Barça se saldó con un empate en casa, y gracias. Habrá que catalogar ya al Villarreal como el rival más difícil que suele sufrir el Barça en el Camp Nou, y entendamos este difícil como queramos: entidad futbolística del equip groguec, capacidad innata para complicar la vida a los azulgrana, o directamente aguador oficial de fiestas, festejos y celebraciones . En el partido de hoy hubo mucho de todo ello, marcándose el Villarreal, desde la presión y los cortocircuitos a la circulación blaugrana, un encuentro serio, trabajado, eficaz y modélico, demostrando como se puede plantar cara a todo un Barça sin resultar un equipo menor ni caer en los peores vicios de éstos (autobús atrás y patadas indiscriminadas). Sobre el Barça, decir que sufrió en carnes el planteamiento táctico de Valverde y la entusiasta interpretación de sus jugadores, evidenciando, una vez más, como se vulgariza su fútbol de alta escuela cuando la incomodidad sobre el terreno de juego atenaza a sus futbolistas e impide el flujo natural y eléctrico de su juego y como le cuesta amarrar resultados positivos, o como los sufre para remontarlos, ante tales escenarios de dificultad. No estuvo bien el Barça en lo colectivo y tampoco en lo individual. Quizás sea la dura resaca de los excesos navideños o la tendencia latente de la trayectoria blaugrana esta temporada, más resultadista que efectista. Sólo Busquets y Henry dieron la talla, aunque sin alardes; Pedro, en su línea habitual, volvió a marcar, que ya es mucho; Ibrahimovic acabó desquiciado con el arbitraje particular sufrido, ganándose una nueva tarjeta que quizás provocó para finiquitar ciclo (y perderse el partido contra el Tenerife) pero que no oculta una falta de control y templanza ante ciertas actuaciones y decisiones de los hombres del silbato y el pinganillo que debería saber medir; y el bueno de los hermanos Dos Santos acusó en su primera gran oportunidad el mal partido de sus compañeros. A pesar del empate y la lógica decepción del respetable, la maquinaria blaugrana sigue siendo fiable, aunque hoy ni la precisión empírica de su fútbol ni los intangibles futbolísticos de la épica (baremos ambos de la fiabilidad de este Barça) han estado con el equipo. Si encima nos dan la espalda contra el rival más difícil, el mal resultado está asegurado. Por tanto, todo controlado y que no cunda el pánico (por mucho que mañana el Madrid pueda acostarse líder). Hay grandes oportunidades para resarcirse: el Sevilla espera en competición y vigilia real. “Tot guanyat. Tot per guanyar”. Qué gran frase. Qué gran verdad. Qué gran reto. A por ello.