Crónica

Empate fatal

En un partido en que te meten un gol de la nada al minuto 10, te tangan un penalti, te expulsan de manera discutible a tu entrenador, te expulsan de manera más discutible aún a tu delantero centro y te metes un gol en propia puerta, ¿se consideraría un buen resultado un empate a 2? Si tu eres el Barça, no. Podemos buscar las circunstancias y atenuantes que queramos. Digamos, incluso, que el Barça estuvo a un paso de la épica y de tocar la gloria de la victoria. Aun con diez sobre el campo, igualando por segunda vez el marcador, persistió siempre en pos del triunfo, porqué creyó en el y tuvo fe en sus posibilidades. Pero por mucho que buscó y mereció, la suerte fue esquiva. El Barça dejó un partido de sensaciones contradictorias en su juego, en su esfuerzo y en sus merecimientos y un resultado que es un palo para el equipo y para un barcelonismo expectante que confiaba en esta jornada liguera ampliar su ventaja (ay…) con respecto al segundo clasificado de nombre innombrable.

Comenzó el partido con cierto brío y luciendo el nuevo traje táctico que Guardiola ha comprado a su equipo para sorprender a invitados y anfitriones, el 4-2-3-1: aunque viste, aún no parece acomodárselo. Se encontró con un gol rápido en contra a la salida de un córner en que la defensa zonal blaugrana dejó rematar a placer a un jugador almeriense que pasaba por allí. Se desconcertó a partir del gol. No renunció a ganar, pero la imprecisión y la impotencia se adueñó del equipo en fase ofensiva. Digamos también que el maestro Lillo no se lo puso fácil al discípulo Guardiola: con el gol a favor, 9 tíos a defender en propia área y que fuera lo que Dios quisiera (es la grandeza del Barça: convierte en humo las soflamas y pláticas más irrenunciables y en farsantes a personajes idealistas). En esta fase de partido, se vivió un deporte híbrido que mezcló las disciplinas de balonmano y frontón. Puro drama. Sólo algún detalle  podía romper lo que era un monólogo con algún que otro fallo de coordinación gestual y de memoria del Barça. No fue el arbitraje pésimo que enfadó a unos y a otros y se llevó por delante a Guardiola; fue una falta a Ibrahimovic que muchos clamarán como villarato (los mismos que obviarán un clamoroso penalti previo al propio sueco) que Messi clavó con sutilidad y genialidad maradoniana al fondo de la red. Como bien se podía temer Lillo, fue lo que Messi quiso. El partido se puso de cara una vez superada la adversidad del gol en contra y no pareció entonces que el Barça pudiera fallar: subiendo una marcha más en intensidad, en concentración, en definición, y a pesar del muro Diego Alves – providencial y salvador como en su día lo pudieron ser Palop o de Gea – la victoria no se podía escapar, por mucho que el equipo, colectivamente, no andara del todo ajustado, seguro y fino en su fútbol sin fisuras y ciertas individualidades repitieran actuaciones como para encender las luces de alarma. Es lo que tiene el Barça: no siempre necesita ser excelente para ganar, aunque conviene que lo sea para conseguirlo.

Pero vuelta de tuerca al guión previsto con un Barça que salió extrañamente contemplativo tras el descanso que le acarreó el consiguiente (inmerecido en lo global, pertinente en lo puntual) castigo: auto gol de Puyol. Vuelta a empezar, vuelta a confiar. La diferencia esta vez fue que Lillo no se arrugó y no echó el equipo atrás. Tampoco el Barça, que siguió porfiando en su intento de remontar el encuentro con idéntica (mala) fortuna inicial y clónica resolución final que en la primera mitad: canallada del árbitro expulsando a Ibrahimovic, acicate y gol salvador del si Dios quiere tras acción meritoria de súper Pedro. Tablas de nuevo y veinte minutos por delante en los que nadie del barcelonismo hubiera firmado el empate. Dio el Barça la sensación que la épica le ponía y que el partido se resolvería así. Messi las tuvo pero el muro Alves fue infranqueable. El Almería dio también algún susto – el maestro, rescabalándose de su inicial rol de farsante, aquí pareció tomar enseñanza de su discípulo en no dar por perdido el partido – pero el Barça se lo creyó más, y más le crecía la fe cuando más desesperada era la situación. Pero también la impotencia. Lamentablemente, esta vez no fue suficiente con la voluntad del equipo, ya que la épica tenía hora reservada en otra plaza. Y el partido acabó en cruz. Cruz quizás no merecida pero sí justa. Si cuando sale cara atribuimos causalidad y justicia al desenlace del partido, en justa correspondencia debemos atribuir lo mismo para explicar el qué y el cómo de este empate incomprensible e inesperado que acentuará las dudas en la trayectoria del equipo de Pep y la fiabilidad de su juego en su versión actual y que convulsionará la estabilidad emocional del barcelonismo más histriónicamente crítico, exigente y pesimista por las consecuencias que conlleva y que no hace falta explicar. Tiene trabajo Guardiola – de líder, de entrenador, de motivador, de psicólogo y de bombero – porqué lo que se avecina es de órdago y puede que ni su inmaculado paraguas protector le cubra de la desproporción.