Crónica

Dos flechas y un francotirador

Con razón se suelen quejar los rivales del Barça de la ventaja que cuentan los azulgrana con un lánguido: “No hay derecho, tenéis a Messi”.

 

En los siglos XVIII y XIX cientos de miles de africanos de la etnia igbo fueron enviados por los ingleses como mano de obra esclavizada para sus plantaciones a una isla del Caribe: Jamaica. Su presencia fue esencial en la formación de la cultura de este país: en su lenguaje, danza, música, folclore, cocina, religión y, más recientemente, en el deporte. Concretamente en los afamados velocistas. Hoy en día, los igbo siguen siendo una de las etnias más extendidas en África y la mayor parte se encuentra en el sudeste de Nigeria, concretamente, en la región de Abia donde el 95% de la población pertenece a este grupo étnico. También pueden encontrarse en un número significativo en Camerún. Que Samuel Chukwueze y Karl Toko Ekambi parecieran esta noche las reencarnaciones futbolísticas de Usain Bolt y Asafa Powell no tiene nada de casualidad: Samu es nativo de Ikwuano, localidad del estado de Abia, mientras que Ekambi es camerunés. Y solo a través de sus sprints se puede empezar a entender que un partido que apuntaba a una fácil y escandalosa goleada del líder se convirtiese en una locura futbolística.

Pero empecemos por el principio. Valdano definió una vez a Palermo como un optimista del gol. Malcom se ajustaría a esa definición: puede que no sea una superestrella, pero siempre aporta algo. Al menos, su determinación. El comienzo del partido llevó su nombre con un gol y una asistencia para su compatriota Chutinho que, como de costumbre, decidió que un gol a puerta vacía ya justificaba su presencia en el partido. En 15 minutos ya se habían visto desde rotaciones de Piqué y Messi hasta goles de Chutinho y asistencias de Arturo Vidal. Sin duda, debía tratarse de un espejismo. Y vaya si lo era. Si alguien tenía la tentación de empezar a pensar en el partido frente al Atlético o incluso en el de Manchester, era porque no había visto que MATS ya había salvado en los primeros cinco minutos dos claras ocasiones del Submarino Amarillo. O que, el control del medio del campo lo llevaba en todo momento un tal Santi Cazorla. 34 años. Espejo al que debería mirarse Sergio Busquets, cuatro años más joven, y que hoy volvió a firmar un partido infame. Sabe mal ver así a quien ha sido, probablemente, uno de los diez mejores centrocampistas de la historia.

Con todo en contra, el Villarreal demostró que al menos algo había aprendido de su reciente derrota en Balaídos: se puede empezar perdiendo un partido por 2-0 en el minuto 15 y que te lo remonten. O remontarlo. Para ello nada mejor que recurrir a la velocidad. Tardarán tiempo Lenglet y Umtiti en olvidar las carreras de Samu y Ekambi: el año que viene, durante los próximos Juegos Olímpicos de Tokio, ver las pruebas de 100 y 200 metros lisos les provocarán sudores fríos. El golazo de Samu y el 1-2 al descanso confirmaban la sensación de que todo había sido una alucinación: los que ya pensaban en el partido de Manchester, cavilaban ahora si no habría que echar mano (nuevamente) de Messi para mantener el partido.

Se equivocaban: D10S no tendría que salir a aguantar el resultado sino a remontarlo. Los goles del Villarreal caían como la velocidad de sus flechas y confirmaban varias sospechas: El de Ekambi, que MATS es humano. El de Iborra, que Arthur debe considerar su nociva amistad con Neymar pues no es el mismo desde que volvió del famoso cumpleaños. Y el de Bacca, que Piqué es tan imprescindible para este Barça como el propio Messi. El despliegue físico de los atacantes groguets hacía enloquecer a un Estadio de la Cerámica que veía en esta remontada un anticipo a la salvación. Pero, con razón, se suelen quejar los rivales del Barça de la ventaja que cuentan los azulgrana con un lánguido: “No hay derecho, tenéis a Messi”. La cara de enfado del rosarino anticipaba que no hay duda de que ésta va a ser su décima liga. Al filo del minuto 90 y con dos goles en contra, recordó a sus compañeros que la fragilidad defensiva de este Villarreal era aún peor que la endeblez del medio campo azulgrana. El francotirador sacó su mirilla y clavó otra penafalta a la escuadra. El terror se hizo presente: congeló a la grada y petrificó las piernas de unos defensores locales que solo pudieron seguir con la mirada la volea de Luis Suárez. Ambos equipos vieron tan cerca la derrota que compartieron todas las caras del fútbol: la buena, la mala y la horrorosa.