Crónica

Sir Leo

Pese a que solo había dos para elegir, Don Honesto tardó nueve partidos en acertar con el Arturo bueno. Era Arthur. Es un brasileño que sabe jugar, que se asocia y al que, no hace muchas semanas, el técnico dejó en Barcelona viendo vídeos de Xavi. El de Porto Alegre se debió empachar porque no se recuerda una clase de centrocampismo por parte de un no-nato en La Masía desde los tiempos de su compatriota Deco. Si encima se junta con Rakitic, Busquets y Coutinho, se prepara el ecosistema perfecto para que Messi entre en modo D10S.

El resultado fue una primera parte para recordar, probablemente la mejor de esta era Valverdiana. Contribuyó sin duda Hugo Lloris, recordando sus tiempos adolescentes en las vendimias de su Provenza natal: salió a por uvas olvidando que ya estamos en octubre. Chutinho agradeció un regalo que dio alas a todo el equipo: toque, movilidad y hasta 9 ocasiones de gol más, culminadas con un gol de Playstation de Rakitic, que incluyó dos voleas consecutivas en el aire. Incluso el más osado diseñador de videojuegos dudaría en incluir algo así en su código. Por fin, un partido con más fútbol que goles.

La reanudación fue un punto y seguido: Arthur dirigía y Messi sembraba el pánico con dos postes que vaticinaban una goleada histórica. Pero el Tottenham, a falta de fútbol por las bajas de Eriksen y Delle Alli (recuerden las enseñanzas del Maestro Johann sobre el fútbol y los centrocampistas), hizo honor a las espuelas de su apodo: dio rienda y pierna suelta a los tobillos azulgranas. El despliegue físico le valió a los de Pochettino no abandonar el partido e incluso volver a entrar en él a través de una gran individualidad de Kane, tal vez el mejor 9 que han dado las islas desde Alan Shearer.

El clamor de la grada de Wembley se hizo presente pero duró lo que Messi quiso que durase. Más D10S que nunca y omnipresente en todo el campo (probablemente corrió más en Wembley que en todo lo que va de liga) una nueva jugada de Playstation iniciada por él mismo, fue seguida por una doble dejada de Chutinho y Luis Suárez para que el Messias dejase su sello en el Templo del Fútbol. Viendo semejante exhibición, la Biblia futbolera sentenciaría: “Arrodillaos ante D10S”. Pero es justo reconocer que al Tottenham le costó doblar sus rodillas. Sin fútbol que oponer, volvió a tirar del libreto de estilo clásico inglés: Splash Up There! (traducción libre de “¡patapum p’arriba!”). Una táctica suficiente para que, un golpe de fortuna de Lamela (infortunio en este caso para un excelente Lenglet) pusiese el 2-3 y nos recordase por qué amamos/odiamos este deporte: si en vez de Wembley hubiéramos estado en Wimbledon, el resultado habría sido un triple 6-0 para el Barça.

Pudo haber llegado el empate pero al culé esencialista (me incluyo) no le habría importado: jugar así es el camino correcto. Si alguno se ciega con el resultado, recuerde que Lloris tiene más mundiales que Johann Cruyff. Por suerte para los (malos) culés que sólo miran el marcador, el mejor jugador de la historia también es el más resultadista y culminó su (enésima) exhibición con un gol que confirmó que no es humano: cuando se quedó sólo frente a Lloris, paró el balón, recordó si hacía falta cambiar el aceite de su coche, saludó a un pequeño fan en la grada, se percató de un error ortográfico en una de las vallas publicitarias, se atusó ligeramente el cabello, alisó una ligera arruga de su camiseta y, ante el estruendoso silencio de Wembley, sin que se atisbase una pizca de sangre en ese pequeño cuerpo, sentenció el partido. Que sí. Que la quiere.