Yoyalodije

Orgullo y Perjuicio

Como opinador contumaz que soy, me gusta pulir mis argumentos exponiéndolos al contraste con las opiniones y creencias de otros amantes de la polémica.

Hable el otro día con dos referentes del barcelonismo: el tío que me pone los cafeses cuando bajo al bar a desayunar, y mi chacha dominicana, cuyo hijo es muy culé, y, además, tiene la capacidad de diferenciar, sin grandes vacilaciones, a Messi de Pinto. Ambos coincidían en un punto que me exasperó: Se sentían orgullosos de la última derrota. Su reflexión es que caímos, si, pero con lucha y pundonor, exhibiendo un juego bonito. Ganamos bajo la lluvia de Sevilla y, a pesar de ser eliminados de una competición que, de pasar, nos quedaba muy franca, fue una maravilla.

Luego veo que varios contertulios del Yoya que se expresan en términos parecidos. Ante esta situación, me planteo la siguiente disyuntiva: Saco los nunchakus y empiezo a repartir estopa, o me estreno en Digamoslo Ya! pontificando como un energúmeno.

ORGULLO

¿Orgullo de qué? ¿Es que somos imbéciles? ¿Orgullosos de perder? Aquí los únicos que pueden estar orgullosos de algo, son los del Sevilla, que consiguieron lo que se proponían. Nosotros, F-R-A-C-A-S-A-M-O-S. Y en mi credo, el fracaso no es motivo de orgullo.

¿Orgullosos del buen juego? Cojonudo. El Sevilla nos domina durante tres cuartas partes de la eliminatoria, pone mirando a la meca a nuestra defensa de chichinabo, se come a nuestro medio campo de tres náufragos, y deja inoperantes a los de arriba. No nos metieron 3 o 4 goles en el cómputo global solo porque Núñez no quiso. Si, jugamos la primera media hora de la segunda parte del partido de vuelta como los ángeles, pero perdonamos, como ellos nos perdonaron durante el resto de la eliminatoria. El último cuarto, fue, ya, dantesco: un Sevilla con mucho mas oficio, se nos meo en la boca.

¿Orgullosos de la actitud? Mi sandez preferida. Nos pasamos dormitando toda la eliminatoria. Obviamente, llegamos al tramo final perdiendo. Apretamos solo cuando ya no quedaba más remedio y fracasamos. Y eso es buena actitud. Al estudiante que deja todo para el final, intenta empollar dos horas antes del examen y termina cateando, deberían ponerle un 10 en actitud. Suspendido, pero la actitud ha sido cojonuda.

Nada que ver, por ejemplo, con la actitud del Sevilla, que, con un equipo de circunstancias,  salió a comerse el césped desde el minuto 1, presionándonos a la altura de Chigrinsky, y haciéndonos correr detrás de ellos en el mismísimo Camp Nou. El mismo Sevilla que salió machacarnos en el Pizjuan con brío, ganas y mala leche, aun teniendo el resultado a favor.

Nosotros que venimos tirando, desde hace un año, del mantra que dice que, cuando un equipo se cierra, es que no quiere jugar al fútbol, y entonces sufrimos para ganar, nos encontramos que, cuando el contrario no se cierra y nos encara como un miura, sufrimos para que no nos enculen. Es decir, que cuando se dejan, abusamos, cuando no se dejan, condescendemos, pero cuando van a por nosotros, no nos revolvemos. En Sevilla, cuando el cronómetro apretaba, lo hicimos, y hoy hablamos y alabamos una actitud que, francamente, dejó mucho que desear durante toda la eliminatoria, siendo, además,  otro aspecto en que el rival fue muy superior a nosotros.  ¡De locos!

PERJUICIO

Todo esto puede ocurrir en el transcurso de un partido, de una eliminatoria, de una temporada. Es natural cierta relajación después de ganar todo lo ganable, de tener los oídos regalados hasta extremos en que debe ser difícil no ponerse un embudo en la cabeza y creerse Napoleón en su trono imperial. Ahí está el entrenador tocando a rebato para las huestes barcelonistas y ofreciéndose en sacrificio a la prensa, ávida de expiación y carroña, con un discurso mesurado, coherente, de exigencia y lucha. Esa es su función, y tras la eliminatoria lo hizo bien, pues después de oírlo, todo el barcelonismo, tuvo claro que el equipo volvería a competir. Bien también por el presidente, con una declaración institucional perfecta, situando a Guardiola como referente de futuros triunfos.

Pero esto es el Barça, y no importa lo bien que se haga algo, pues siempre habrá alguien que lo joderá en menos que canta un gallo. Esta vez ha sido nuestro segundo capitán, Xavi, que después de pasarse lo que llevamos de temporada con la visera y los manguitos, hace una buena segunda parte y mete un golito, lo que le sirve para salir a dar una rueda de prensa con media sonrisa para decir que podemos estar orgullosos de la derrota, que hemos jugado muy bien y que es una lástima perder pero caer “así” es cojonudo.

El Mal Barcelonista recordará declaraciones en similares términos en la boca del segundo capitán. Es un clásico. Cuando se pierde, siempre lo hemos hecho todo de puta madre, pero o el contrario no nos ha dejado jugar, o el árbitro nos ha perjudicado, o el campo estaba mal, o, en el súmmum de la estulticia, saca a pasera la mala suerte.

Xavi es tan buen jugador como mal líder, porque su discurso complaciente, cala en el equipo. Y que el equipo piense que hizo todo para ganar y nada puede achacársele, por un lado, mina el discurso del entrenador y por otro, fomenta una cultura de poco esfuerzo y poco aprendizaje: Alguien que hace todo bien, y cuyos fracasos siempre son debidos a una titánica lucha contra los elementos, no necesita corregir nada. Su discurso, cala también en el Buen Barcelonista, ese ser bipolar del que iremos hablando en esta sección. Si el equipo hizo todo bien, perdemos por el árbitro (les suena?) y cosas así, convirtiéndonos en una afición victimista con una inmensa máquina de fabricar excusas encarnada en la prensa afín. Hablemos claro: a más excusas, más derrotas. En cambio, un equipo que sabe que, para ganar, debe estar siempre mejorando, ganará.

Dado que Guardiola ejerce mucho mas liderazgo que Xavi, de cara a mañana ando tranquilo. Sumaremos 3 puntos ante el Sevilla que nos servirán para empezar a olvidar la Copa. Pero ojo, el equilibrio moral de un equipo es muy delicado. Los discursos negativos suelen pesar más que los positivos. Si el vestuario se nos llena de jugadres pusilánimes o depresivos, el influjo de Pep, como el de todo entrenador, más débil tras cada derrota, se perderá en un marasmo de ombliguismo, autocomplacencia, y conformismo.  Señores candidatos, tomen nota: en mi equipo solo quiero AUTENTICOS GANADORES.