Crónica

El andamio se tambalea

Un equipo lleno de chavales sin apenas experiencia en Champions. Un mediocentro reconvertido a central. Y un portero que jugaba su primer partido de la temporada y que fue el mejor de su equipo. Podría parecer que todo esto se refiere al Dynamo de KieB (sí, era el B) que saltó al Camp Nou. Pero no. O no solamente. Porque en realidad, esa misma descripción fue también válida para el Barça.

Como si aún se estuviera jugando el tercer tiempo del partido contra el Alavés, encerraron los de Q-Man en su área al rival. Los bisoños ucranianos sufrieron un asedio de balonmano que pudo dejar el partido sentenciado en apenas 10 minutos: gol de penalti de Messi (4 de 4), tiro al larguero de Pedri… La goleada era impepinable. El equipo se gustaba hasta que un fallo garrafal del Hombre Gris rompió la magia. Un gol que hasta Biden o Trump habrían marcado derivó en un error que solo tiene dos posibles explicaciones: o alguien le ha hecho vudú a Antoine o este lo hace a propósito con el objetivo de rebajar su precio y forzar una salida más fácil en el mercado de invierno. En cualquier caso, urge su confinamiento domiciliario. Señor Illa, haga el favor. Lo del francés lleva camino de convertirse en una alegoría del Bartomeunismo: su presencia en el equipo sirve para recordar a todo el mundo lo nocivo de esta etapa para el club y el punto de ridiculez y mediocridad al que se llegó.

Dominio absoluto. Ventaja en el marcador. Un equipo de imberbes enfrente. La receta ideal para relajarse a niveles fosamarianos. Grave error: si un equipo ucraniano con numerosas bajas le pasó por encima al Madrid, y ese Madrid te ganó a los tres días… el silogismo era claro: no menospreciar a los pupilos de Lucescu. Pero sin desmarques, sin bandas, con un doble pivote convertido en monovote ante la decadencia de Busquets, con todos los atacantes azulgrana pululando/molestando por el centro… el partido se convirtió en una partida de Arkanoid. Si usted ha entendido está metáfora, es población de riesgo. Al rival le bastaba plantar el muro, bascular en defensa y confiar en el hasta hoy desconocido nieto no reconocido de Lev Yashin.

Pero la chavalería de Lucescu observó que Q-Man debía haber insistido al descanso con su «Seguid probando con paredes por el centro» y, sin nada que perder, apostó por convertir el partido en un ida y vuelta. Las ocasiones comenzaron a sucederse… pero en ambas porterías. Der Heilige no quiso ser menos que su par Neshcheret y retomó sus clases magistrales exactamente donde las había dejado: blocó por alto, paró por bajo, detuvo a bocajarro, se agigantó en dos uno contra uno… El Messi pre-confinamiento vestido de portero.

Se mascaba el empate y esta vez Q-Man no demoró en hacer los cambios. Pero cada jugador que entraba empeoraba al equipo. Sergi Roberto ya ha olvidado que algún día fue centrocampista. Dembelé sigue tomándose el fútbol como terapia cognitiva, regateándose a sí mismo como si no reconociese su propio cuerpo. Un poco de paciencia, por favor, sean magnánimos: solo es su CUARTA temporada. Cada vez se parece más a una mala serie de televisión donde en cada temporada apenas hay un capítulo muy bueno que por alguna extraña razón nos anima a ver la siguiente temporada. Spoiler: no acaba bien. Por la otra banda, Trincao sangrehorchateaba de manera alarmante en alguien tan joven e incluso empeoraba el rendimiento de Ousmane.

Llegaba el gol de Piqué de cabeza y parecía cerrarse un partido demasiado abierto en ese punto. Pero el equipo se empeñaba en evocar el fantasma de Shevchenko: más concesiones en defensa y más intervenciones de Ter Stegen hasta que el alemán no pudo más. Si también salvaba el remate a bocajarro de Tsigankov, procedía la canonización por via express. Los ucranianos tuvieron el empate tan cerca que el gol les llenó de dudas. Las paradojas del fútbol: creyeron cuando estaba imposible y no lo hicieron cuando lo tenían en la mano. Apenas crearon más ocasiones y ni osaron recurrir a colgar balones. Por suerte para el Barça porque si Neshcheret hubiera decidido subir en un corner él solito habría metido el miedo en el cuerpo a un equipo aún con el andamiaje puesto.