Crónica

A la caza de Samitier

Setién sacó un once reconociblemente titular: sus amenazas de subir a canteranos para sentar a vacas sagradas siguen navegando en el mar del olvido.

Se hacía difícil apostar por quién tenía menos interés en este partido: un Barça lleno de dudas, un Leganés pensando en su decisivo partido del domingo con una mezcla de titulares y suplentes o un público que apenas cubría medio aforo en el Camp Nou. A la vista de las alineaciones, solo Quique Setién parecía tomárselo como un partido a vida o muerte, tras la “exhibición” de Ibiza y un posible nadaplete a la vista. No estaba el horno para regalar competiciones y el Pasiego sacó un once reconociblemente titular: sus amenazas de subir a canteranos para sentar a vacas sagradas siguen navegando en el mar del olvido.

Para animar a los apenas 40.000 espectadores Braithwhite decidió asustarlos apenas comenzado el partido con un tiro cruzado. Tal vez un gol tempranero visitante hubiera sido lo que necesitaba el partido pero El Hombre Gris salió al rescate de la lógica, como en Ibiza. Aprovechó el francés su novedosa posición como “falso 9” para marcar nuevamente dos goles: el primero tras una buena triangulación con Messi y Semedo y el segundo aprovechando el rechace de Cuéllar tras el tiro en fuera de juego de Alba. Fuera de juego detectado por el VAR que impidió que el partido se convirtiese en un trámite en el minuto 8.

Apenas 15 minutos más duró la tímida oposición pepinera. Un cuarto de hora que sirvió para recordar a los culés que tener el balón como arma defensiva se cumple solo a nivel teórico: la práctica dice que pese al 80% de posesión, el Leganés llegó hasta en cuatro ocasiones a las inmediaciones de Ter Stegen. Antes de que los de Aguirre creyeran de verdad en la posibilidad de disputar la eliminatoria, un córner botado por Messi fue rematado por Lenglet para reivindicarse por delante de su compatriota Umtiti. Corría tan sólo el minuto 25 pero era tal el olor a pescado vendido, que varios miles de espectadores hubieran aplaudido que el árbitro decretase el final del partido en ese instante. Si muchos no se fueron fue principalmente porque esperaban algún detalle de Messi que llevarse a la boca.

Y el genio de Rosario, castigador él, les hizo quedarse hasta el final. Porque su gol en el minuto 60, tras rotura de cintura a Awaziem, acabó en la red de una manera tan viniciusiana, que era indigna de un D10S. De hecho, el único que había en el campo, apenas lo celebró. Insistió el argentino y 15 minutos después a punto estuvo de culminar la (única) buena jugada de Ansu: Awaziem se tomó la revancha y evitó su gol aunque no el Arthur. La insistencia tuvo su premio. Rozando el 90, Rakitic encontró el espacio para que Messi repitiese una jugada que no por mucho repetida, es menos vistosa: recorte que deja tumbado a Cuéllar y balón a la escuadra.

Dos goles que sitúan a Messi como el quinto goleador histórico de la Copa del Rey, acaso la única competición donde no figurará en el primer lugar ya que todavía son 28 los goles de diferencia con Zarra. Pero el segundo, Samitier, máximo goleador culé en la historia de la Copa, ya se va apartando.