Yoyalodije

Yo, bot

Un bot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción,
dejar que un ser humano sufra daño.
Un bot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un
ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición
con la primera Ley.
Un bot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta
protección no esté en conflicto con la primera o segunda Leyes.

Noventa y ocho… noventa y nueve… ¡cien! —Rai retiró su mórbido antebrazo de delante de los ojos y permaneció un momento parpadeando al sol. Después, tratando de mirar en todas direcciones a la vez, avanzó cautelosamente algunos pasos, apartándose del árbol contra el que se apoyaba.

Estiró el cuello, estudiando las posibilidades de unos matorrales que había a la derecha y se alejó unos pasos para tener mejor punto de vista.

La calma era absoluta, a excepción del zumbido de los insectos y el gorjear de algún pájaro que afrontaba el sol de mediodía.

—Apostaría a que se ha metido en casa, y le he dicho mil veces que esto no es leal —se quejó.

Avanzando los labios con un mohín y arrugando el entrecejo, se dirigió decididamente hacia el edificio de dos pisos del otro lado del camino.

Demasiado tarde oyó un crujido tras de sí, seguido del claro “fris-fris” de los pies de felpa de Aldgate. Se volvió rápidamente para ver a su triunfante compañero salir de su escondrijo y echó a correr hacia el árbol a toda velocidad. Rai chilló, desalentada.

—¡Espera, Aldgate! ¡Esto no es leal, Aldgate! ¡Prometiste no salir hasta que te hubiese encontrado! —Sus diminutos pies no podían seguir las gigantescas zancadas de Aldgate. Entonces, a tres metros de la meta, el paso de Aldgate se redujo a un mero arrastrarse y Rai, haciendo un esfuerzo final por alcanzarlo, echó a correr jadeante y llegó a tocar la corteza del árbol la primera.

Orgullosa, se volvió hacia el leal Aldgate y con la más baja ingratitud, le recompensó su sacrificio mofándose de su incapacidad para correr.

—¡Aldgate no puede correr! —gritaba con toda la fuerza de su voz de ocho años—. ¡Lo gano cada día! ¡Lo gano cada día! —cantaban las palabras con un ritmo infantil.

Aldgate no contestó, desde luego… con palabras. Echó a correr, esquivando a Rai cuando la niña estaba a punto de alcanzarlo, obligándola a describir círculos que iban estrechándose, con los brazos extendidos azotando el aire.

—¡Aldgate… estáte quieto! —gritaba. Y su risa salía estridente, acompañando las palabras.

Hasta que Aldgate se volvió súbitamente y la agarró, haciéndole dar vueltas en el aire, de manera que durante un momento para ella el universo fue un vacío azulado y los verdes árboles que se elevaban del suelo hacia la bóveda celeste. Y después se encontró de nuevo sobre la hierba, al lado de la pierna de Aldgate y agarrada todavía a un suave dedo almohadillado. Al poco rato recobró la respiración. Trató inútilmente de arreglar su alborotado cabello con un gesto de vaga imitación de su madre y miró si su vestido se había desgarrado.

Golpeó con la mano la espalda de Aldgate.

—¡Mal muchacho! ¡Malo, malo! ¡Te pegaré!

Y Aldgate se inclinaba, cubriéndose el rostro con las manos, de manera que ella tuvo que añadir: —¡No, no, Aldgate! ¡No te pegaré! Pero ahora me toca a mí esconderme, porque tienes las piernas más largas y me prometiste no correr hasta que te encontrase. Aldgate asintió con su enorme cabeza acolchada y obedientemente se puso de cara al árbol.

—Y ahora no mires, ni te saltes ningún número -le advirtió Rai, mientras corría a esconderse.

Con invariable regularidad fueron transcurriendo los segundos, y al llegar a cien se levantaron los párpados y los ojos repletos de colorete de Aldgate inspeccionaron los alrededores. Al instante se fijaron en un trozo de tela de color que salía de detrás de una roca. Avanzó algunos pasos y se convenció de que era Rai. Lentamente, manteniéndose entre Rai y el árbol-meta, avanzó hacia el escondrijo, y, cuando Rai estuvo plenamente a la vista y no pudo dudar de haber sido descubierta, tendió un brazo hacia ella, y se golpeó con el otro la entrepierna, produciendo un ruido parecido al de un gran badajo. Rai salió, contrariada.

—¡Has mirado! —exclamó con neta deslealtad—. Además, estoy cansada de jugar al escondite. Quiero que me lleves a paseo.

Pero Aldgate estaba ofendido de la injusta acusación, y, sentándose cautelosamente, movió la cabeza contrariado de un lado a otro. Rai cambió de tono, adoptando una gentil zalamería.

—Vamos, Aldgate, no lo he dicho en serio, que mirases. Llévame a paseo.

Pero Aldgate no era tan fácil de conquistar. Miró fijamente al cielo y siguió moviendo negativamente la cabeza, obstinado.

—¡Por favor, Aldgate, llévame a paseo! —Rodeó su cuello con sus rosados brazos y estrechó su presa. Después cambiando repentinamente de humor, se apartó de él—. Si no me das un paseo, voy a llorar. —Y su rostro hizo una mueca, dispuesta a cumplir su amenaza.

El endurecido Aldgate no hizo caso de la terrible posibilidad, y siguió moviendo la cabeza por tercera vez.

Rai consideró necesario jugar su última carta.

—Si no me llevas —exclamó amenazadora— no te contaré más historias. ¡Ni una más!

Ante este ultimátum, Aldgate se rindió sin condiciones y movió afirmativamente la cabeza, haciendo resonar su cuello de felpa. Levantó cuidadosamente a la chiquilla y la sentó en sus anchos hombros. Las amenazadoras lágrimas de Rai se secaron en el acto y se echó a reír con deleite. La piel felpuda de Aldgate era suave y agradable, y el ruido que ella producía al golpear el cuerpo con sus tacones daba mayor encanto a la situación.

—Eres un mochuelo, Aldgate, eres un gran mochuelo nocturno. Tiende los brazos. ¡Tienes que tenderlos, Aldgate, si quieres ser un búho!

Ante aquella lógica irrefutable los brazos de Aldgate se convirtieron en alas, que cogían las corrientes de aire, y fue un búho. Rai se agarraba a la cabeza del peluche, inclinándose hacia la derecha. Entonces dotó al ave de un pico que hacía “uu uu”, y daba caza a los ratones de campo y rozaba el aire con su bolso de Prada.

—¡Hemos matado a otro! ¡Dos más!… —gritaba—. ¡Más aprisa, hombre! ¡Nos quedamos sin ratones!

Chillaba por encima de su hombro con indomable perseverancia, y Aldgate era un achatado búho que zumbaba en mitad de la noche a través de la bóveda celeste con la máxima aceleración. Cruzó corriendo el campo hacia la alta hierba, y se detuvo con una rapidez que arrancó un grito a su sonrojada amazona y la dejó caer suavemente sobre la blanda alfombra verde. Rai se reía y jadeaba, lanzando intermitentes exclamaciones.

—¡Oh, qué bueno!…

Aldgate esperó a que recobrase la respiración y entonces le tiró suavemente de un mechón de pelo.

—¿Quieres algo? —dijo Rai con una expresión de inocencia en los ojos, que no consiguió engañar ni por un instante a su voluminosa “niñera”.

Aldgate le tiró del pelo con más fuerza.

—¡Ah, ya sé!… Quieres una historia.

Aldgate asintió rápidamente.

—¿Cuál?—Aldgate describió un gesto obsceno con los dedos.

—¿”Otra vez”? —protestó la chiquilla—. Te he explicado el Villarato un millón de veces. ¿No estás cansado de él? ¡Es para niños! Bien, bien —añadió, viendo a Aldgate describir otro gesto, esta vez con el puño cerrado y el culo en pompa. Rai reflexionó, evocó en su memoria el recuerdo del cuento (con sus modificaciones propias, que eran varias) y empezó: —¿Estás a punto? Bien, pues había una vez una bella muchacha que se llamaba Iturralde. Y tenía una cruel madrastra y dos hermanastras muy feas y muy malas y…

Rai había llegado al momento crítico del cuento: “Daba medianoche en el reloj y sus andrajos se convertían…”; y Aldgate escuchaba atentamente, con los ojos ardientes, cuando vino la interrupción.

—¡Rai!

Era la voz aguda de una mujer que había llamado no una, sino varias veces; y tenía el tono nervioso de aquel a quien la ansiedad convierte en impaciente.

—Mamá me llama —dijo Rai, contrariada—. Será mejor que me lleves a casa, Aldgate.

Aldgate obedeció apresuradamente, porque sabía que más valía cumplir las órdenes de Mrs. Fórceps sin la menor vacilación. El padre de Rai estaba raramente en casa durante el día, a excepción de los domingos —hoy, por ejemplo—, y cuando esto ocurría, se mostraba el hombre más afable y comprensivo. La madre de Rai, en cambio, era una fuente de sinsabores para Aldgate, que sentía siempre el deseo de alejarse de su presencia.

Mrs. Fórceps los vio en el momento en que aparecían por encima de los altos tallos de la vegetación, y volvió a entrar en la casa a esperarlos.

—Te he llamado hasta quedarme ronca, Rai —dijo severamente—. ¿Dónde estabas?
—Estaba con Aldgate —balbució Rai—. Le estaba contando el cuento del Villarato y he olvidado que era hora de comer.
—Pues es una lástima que Aldgate lo haya olvidado también. —Y como si de repente recordase la presencia del peluche, se volvió rápidamente hacia él—. Puedes marcharte, Aldgate. No te necesita ya. Y no vuelvas hasta que te llame —añadió secamente. Aldgate dio la vuelta para marcharse, pero se detuvo al oír a Rai salir en su defensa.
—¡Espera, mamá! Tienes que dejar que se quede: No he acabado de contarle el Villarato. Le he prometido contarle el Villarato y no he terminado.
—¡Rai!
—De verdad, mamá. Se estará tan quieto que no te darás siquiera cuenta de que está aquí. Puede sentarse en la silla del rincón, y no dirá ni una palabra…; bueno, no hará nada, quiero decir. ¿Verdad, Aldgate?— Aldgate, así interpelado, movió de arriba abajo su pesada cabeza.
—Rai, si no dejas esto inmediatamente, no verás a Aldgate en una semana.

La chiquilla bajó los ojos.

—Bueno…, pero el Villarato es su cuento favorito y no lo había terminado… ¡Y le gusta tanto!

El peluchebot salió de la habitación con paso vacilante y Rai ahogó un sollozo.

El Dr. J se encontraba a gusto… Tenía la inveterada costumbre de pasar las tardes de los domingos a gusto. Una buena digestión de la sabrosa comida; una vieja y cómoda “chaise longue” para tumbarse; un número del “Times”; las zapatillas en los pies, el torso sin camisa… ¿Cómo podía uno no encontrarse a gusto? No experimentó ningún placer, por lo tanto, cuando vio entrar a su esposa. Después de diez años de matrimonio era todavía lo suficientemente estúpido para seguir enamorado de ella, y tenía siempre mucho gusto en verla; pero las tardes de los domingos eran sagradas y su concepto de la verdadera comodidad era poder pasar tres o cuatro horas solo. Por consiguiente, concentró su atención en las últimas noticias y fingió no verla.

Mrs. Fórceps esperó pacientemente dos minutos, después, impaciente, dos más, y finalmente rompió el silencio.

—J…
—¿Ejem?
—¡He dicho J! ¿Quieres dejar este periódico y mirarme? El periódico cayó al suelo, crujiendo, y J volvió el rostro contrariado hacia su mujer.
—¿Qué ocurre, querida?
—Ya sabes lo que ocurre. Es Rai y esta terrible bola de algodón.
—¿Qué terrible bola de algodón?
—No finjas no saber de lo que hablo. El peluche, al cual Rai llama Aldgate. No se aparta de ella ni un instante.
—¿Y por qué quieres que se aparte? Es su deber… Y en todo caso, no es ninguna terrible bola de algodón. Es el mejor peluchebot que se puede comprar con dinero y estoy seguro de que nos hace economizar medio año de renta. Es más inteligente que muchos de mis empleados.

Hizo ademán de volver a tomar el periódico, pero su mujer fue más rápida que él y se lo arrebató.

—Vas a escucharme, J. No quiero ver a mi hija confiada a un peluche, por inteligente que sea. No tiene alma y nadie sabe lo que es capaz de pensar. Una chiquilla no está hecha para ser guardada por una “cosa” de felpa.
—¿Y cuándo has tomado esta decisión? —preguntó el Dr. J frunciendo el ceño—. Ya lleva con Rai dos años y no he visto que te preocupases hasta ahora.
—Al principio era diferente. Era una novedad, me quitó un peso de encima y era una cosa elegante. Pero ahora, no sé… los vecinos…
—¿Y qué tienen que ver los vecinos con esto? Mira, un peluche es muchísimo más digno de confianza que una nodriza humana. Aldgate fue construido en realidad con un solo propósito: ser el compañero de un chiquillo. Su “mentalidad” entera ha sido creada con este propósito. Tiene forzosamente que querer y ser fiel a esta criatura. Es un peluche, “hecho así”. Es más de lo que puede decirse de los humanos.
—Pero puede ocurrir algo. Puede… puede —Mrs. Fórceps tenía unas ideas muy vagas del contenido interior de un peluche—, no sé, si algo de dentro se estropease y…

No podía decidirse a completar su claro y espantoso pensamiento.

—Tonterías… —negó J con un involuntario estremecimiento nervioso—. Es completamente ridículo. Cuando compré a Aldgate tuvimos una larga discusión acerca de la Primera Regla Peluchótica. Ya sabes que un peluchebot no puede dañar a un ser humano; que mucho antes de que algo pudiese alterar esta Primera Regla, el robot quedaría completamente inutilizado. Es una imposibilidad matemática. Además, dos veces al año viene un ingeniero de la U.S. Peluchotics a hacerle una revisión de bajos. Hay menos probabilidades de que se estropee algo en Aldgate, de que uno de nosotros se vuelva repentinamente loco; considerablemente menos. Además, ¿cómo se lo vas a quitar a Rai?

Hizo una nueva e infructuosa tentativa de tomar el periódico y su mujer lo arrojó con rabia a la habitación contigua.

—Ahí está la cosa, J. No quiere jugar con nadie más. Hay por aquí docenas de niños y niñas con quienes podría trabar amistad, pero no quiere. No quiere ni acercarse a ellos, a menos que yo la obligue. Es imposible que se críe así. Querrás que sea una niña normal, ¿verdad? Querrás que sea capaz de ocupar su sitio en la sociedad… supongo.
—Estás luchando contra las sombras, Fórceps. Imagínate que Aldgate es un perro. He visto centenares de chiquillos que querían más a su perro que a su padre.
—Un perro es diferente, J. Tenemos que librarnos de este terrible muñeco. Puedes volverlo a vender a la compañía. Lo he preguntado y es posible.
—¿Que lo has… “preguntado”? Mira, Fórceps, escucha, no nos apartemos de la cuestión. Vamos a conservar el peluche hasta que Rai sea mayor, y no se hable más de este enojoso asunto.

Y con estas palabras, salió de la habitación dando un bufido.

Dos días después, Mrs. Fórceps encontró a su marido en la puerta.

—Tienes que escuchar una cosa, J. Hay mala voluntad por el pueblo.
—¿Acerca de qué? -preguntó el Dr. J entrando en el cuarto de baño y ahogando la posible respuesta con el ruido del agua.

Mrs. Fórceps esperó a que cesara.

Después dijo: —Acerca de Aldgate.

J avanzó un paso con la toalla en la mano, el rostro colorado y colérico.

—¿Qué diablos estás diciendo?

—La cosa se ha ido formando y formando… He tratado de cerrar los ojos y no verlo, pero no puedo más. Todo el pueblo considera a Aldgate peligroso. No dejan acercarse aquí a los chiquillos.
—Nosotros le confiamos “nuestra” hija.
—La gente no razona, ante estas cosas.
—¡Pues que se vayan al diablo!
—Decir esto no resuelve el problema. Yo tengo que comprar allí. Tengo que ver a los vecinos cada día. Y estos días es peor cuando se habla de peluches. Nueva York acaba de dictar la orden prohibiendo que los peluches salgan a la calle entre la puesta y la salida del sol.
—Muy bien, pero no pueden impedirnos tener un peluche en nuestra casa, Fórceps. Esto es una de tus campañas. La conozco. Pero la respuesta es la misma. ¡No! Seguiremos teniendo a Aldgate.

Y no obstante, quería a su mujer; y, lo que era peor aún, su mujer lo sabía. El Dr. J, al fin y al cabo, no era más que un hombre, ¡el pobre!, y su mujer echaba mano de todos los artilugios que el sexo más torpe y escrupuloso ha aprendido, con razón e inútilmente, a temer.

Diez veces durante la semana que siguió, tuvo ocasión de gritar:  “¡Aldgate se queda… y se acabó!”, y cada vez lo decía con menos fuerza y acompañado de un gruñido más plañidero.

Llegó finalmente el día en que J se acercó tímidamente a su hija y le propuso una sesión de pitch and putt en el pueblo.

—¿Puede venir Aldgate? —No, querida —dijo él estremeciéndose al sonido de su voz—, no admiten peluches en el pitch and putt, pero podrás contárselo todo cuando volvamos a casa.— Dijo las últimas palabras balbuceando y miró a lo lejos.

Rai regresó del pueblo hirviendo de entusiasmo, porque el pitch and putt era realmente un espectáculo magnífico.

Esperó a que su padre metiese el coche a reacción en el garaje subterráneo y dijo: —Espera que se lo cuente a Aldgate, papá. Le hubiera gustado mucho.

No podía entretenerse ya mucho con el coche. Tenía que afrontar la situación. Rai echó a correr por el césped.

—¡Aldgate! ¡Aldgate!

De repente se detuvo al ver un magnífico perro salchicha que la miraba con ojos dulces, moviendo la cola.

—¡Oh, que perro más bonito! —dijo Rai subiendo los escalones del porche y acariciándolo cautelosamente—. ¿Es para mí, papá?
—Sí, es para ti, Rai —dijo su madre, que acababa de aparecer junto a ellos—. Es muy bonito, y muy bueno… Le gustan las niñas.
—¿Y sabe jugar?
—¡Claro! Sabe hacer la mar de trucos. ¿Quieres ver algunos?
—En seguida. Quiero que lo vea Aldgate también. ¡”Aldgate”!… —Se detuvo, vacilante, y frunció el ceño— Apostaría a que se ha encerrado en su cuarto, enojado conmigo porque no le he llevado al pitch and putt. Tendrás que explicárselo, papá. A mí quizá no me creería, pero si se lo dices tú sabrá que es verdad. El Dr. J se mordió los labios. Miró a su mujer, pero ella apartaba la vista. Rai dio rápidamente la vuelta y bajó los escalones del sótano al tiempo que gritaba: —¡Aldgate…, ven a ver lo que me han traído papá y mamá! ¡Me han comprado un perro, Aldgate!

Al cabo de un instante, había regresado asustada.

—Mamá, Aldgate no está en su habitación. ¿Dónde está? —No hubo respuesta; el Dr. J tosió y se sintió repentinamente interesado por una nube que iba avanzando perezosamente por el cielo. La voz de Rai estaba preñada de lágrimas—. ¿Dónde está Aldgate, mamá?—Mrs. Fórceps se sentó y atrajo suavemente a su hija hacia ella.
—No te importe, Rai. Aldgate se ha marchado, me parece.
—¿Marchado?… ¿Adónde? ¿Adónde se ha marchado, mamá?
—Nadie lo sabe, hijita. Se ha marchado. Lo hemos buscado y buscado por todas partes, pero no lo encontramos.
—¿Quieres decir que no va a volver nunca más? —sus ojos se redondeaban por el horror.
—Quizá lo encontraremos pronto. Seguiremos buscándolo. Y entretanto puedes jugar con el perrito. ¡Míralo! Se llama “-J-” y sabe hacer un montón de cosas…

Pero Rai tenía los párpados bañados en lágrimas.

—¡No quiero el perro feo! ¡Quiero a Aldgate! ¡Quiero que me encuentres a Aldgate!

Su desconsuelo era demasiado hondo para expresarlo con palabras, y prorrumpió en un ruidoso llanto.

Mrs. Fórceps pidió auxilio a su marido con la mirada, pero él seguía balanceando rítmicamente los pies y no apartaba su ardiente mirada del cielo, de manera que tuvo que inclinarse para consolar a su hija.

—¿Por qué lloras, Rai? Aldgate no era más que un bot, un peluche feo… No tenía vida.
—¡No era un peluche! —gritó Rai con fuego—. ¡Era una persona como tú y como yo y además era mi amigo!

FIN DE LA PRIMERA PARTE