La final de la Supercopa confirmó una verdad incómoda para el Mierdas: es muy difícil ganar un título cuando uno de los equipos juega con un señor centro del campo y el otro comparece con una idea abstracta de lo que debería ser uno. El Barça se llevó el trofeo por 3-2 tras dominar el partido de principio a fin, aunque el marcador insista en fingir que hubo igualdad.
El planteamiento blanco merecería un análisis en las escuelas de entrenadores… de Mourinho. Bloque bajísimo, líneas juntas, fe ciega en el contraataque y la sensación constante de que Xabi Bordalonso había tomado el mando desde el banquillo. El Barça, por su parte, monopolizaba balón y el territorio, aunque durante la primera media hora todo se le atragantó como en los partidos del Camp Nou ante rivales que luchan por no descender y convierten el área en un búnker. Mucho toque, poca mordida y una paciencia que empezaba a confundirse con desesperación.
Hasta que llegó el cooling break y con él, la tormenta. Rabhinha falló una ocasión de las que se recuerdan en los vídeos de “cómo no definir”, pero tuvo la deferencia de redimirse en la jugada siguiente. Ayudó, claro, tener enfrente a Chocomani, centrocampista de reputación internacional cuya acción más decisiva en la élite sigue siendo aquel penalti fallado en una final del Mundial que facilitó que Messi levantara la Copa. Un legado respetable.
Cuando el descanso asomaba con el 1-0, el partido decidió volverse absurdo. El Mierdas empató al contraataque —tiene mérito que te empaten así cuando vas ganando— con un Mandela Monguer inspirado. Túnel a Koundé, definición rasa ante Joan García y celebración desquiciada. Se le da bien Arabia; quizá porque su destino natural está ahí. Cuando Florentino lo eche. Que no tardará mucho.
La respuesta del Barça fue inmediata. Lewandowski, hasta entonces desaparecido, confirmó que no necesita participar demasiado para decidir finales: primera intervención y picadita excelsa sobre Courtois. Su nombre es Robert, el gol llama a su puerta. Pero el descuento aún no había terminado: cuando se cumplían seis de los tres minutos añadidos llegó un córner, un barullo y Gonzalo que remataba en semifallo el 2-2. El fútbol pestafense también tenía premio.
La segunda parte fue una repetición del mismo esquema: con el Barça mandando y el Mierdas refugiado mientas el balón rondaba su área. Pocas ocasiones claras, pero la sensación constante de que serían los azulgrana los que marcarían. Y para ello tuvo que aparecer de nuevo Rabhinha. Esta vez con la inestimable colaboración de Asnesio, que desvió el balón lo justo para certificar el 3-2 definitivo.
El ajustado resultado permitió un final emocionante. Gracias a otro protagonista: Munuera. Loco por la música, el trencilla expulsó a De Jong después de haber perdonado antes la roja a Carreras y a Asnesio. Alargó el final con la esperanza de que se cumpliera otra vez la ley no escrita de “hasta que marque el Madrid”. Casi lo logra. Las mejores opciones para empatar las tuvieron, precisamente, quienes no deberían haber acabado el partido. Pero Carreras y Asnesio se toparon con su realidad: malos remates y un Joan García sobrio, decisivo y poco dado al drama.
Y en la cima de todo, Flick. El alemán sigue construyendo una estadística que empieza a parecer una amenaza: ha ganado todas las finales que ha jugado. Y repitiendo un patrón incómodo para el rival: su equipo llega a la final, la controla y la gana. Una más para su colección. Y otro título para un Barça tras dominar la final de cabo a rabo y que solo el empeño arbitral y el espíritu de un Getafe con escudo madridista lograron mantener vivo.