43 años después, la venganza se sirve fría… y mojada

El Barça necesitaba volver a ganar a un equipo de cierta entidad. Porque meterle seis al Alavés está muy bien para las estadísticas, pero era conveniente demostrar que el equipo también sabe competir contra rivales que no estuvieran pensando en la permanencia. Y llegaba el Aston Villa. Un equipo de Xempions. Con cierta historia. Aunque tampoco conviene exagerar. Es un club donde originalmente unos chavales, vinculados a la capilla metodista Villa Cross Wesleyan Chapel, en el barrio de Aston de Birmingham, jugaban al criquet. Es decir, el Barça se enfrentaba a una institución que nació porque unos feligreses ingleses no sabían qué hacer entre noviembre y marzo. Hay clubes que nacen de una reivindicación social. Otros, de una pasión deportiva. Y otros, porque en Birmingham llueve mucho y había que entretenerse.

Eso sí, con el Aston Villa había una cuenta pendiente. La Supercopa de Europa de 1983. Urruti. Migueli. Schuster. Y una de aquellas encerronas británicas de los años ochenta con un arbitraje de los que hacían época. Golpes, un labio roto, un penaldo de imaginación generosa… El Aston Villa terminó ganando 3-0 y levantando el trofeo. Cuarenta y tres años después, tocaba devolver la cortesía. Aunque esta vez sin necesidad de romperle la boca a nadie. Y Barcelona recibió a los ingleses bajo una lluvia torrencial. Para que se sintiesen como en casa, que al fin y al cabo, nacieron para hacer deporte cuando hacía mal clima. El clima fue la única muestra de cortesía porque el método Flick tardó menos de diez minutos en aparecer. Presión altísima. Robo cerca del área. Defensa rival entrando en pánico. Y Laminga Bien cruzando el balón junto al palo.

El 1-0 antes del minuto diez parecía anunciar otra goleada. Pero el Aston Villa no había venido exclusivamente a disfrutar de la lluvia y empezó a discutir el partido. El Barça encontraba espacios, pero también los concedía. Primero llegó un disparo cruzado del Villa que se marchó fuera por muy poco. Después respondió Gordon con una buena ocasión. Y más tarde Joan García tuvo que sacar una mano extraordinaria para evitar el empate.

El verdadero momento de pánico, sin embargo, no llegó con una ocasión inglesa. Llegó con una entrada. Nico Jackson decidió comprobar la resistencia de la pierna de Cubarsí mediante un pisotón de considerable contundencia. Una roja catedralicia. De las que no necesitan VAR, ni cámara lenta, ni interpretación del reglamento. El árbitro italiano consideró que, tratándose de un partido contra un equipo inglés, había que respetar ciertas tradiciones históricas. Por un momento pareció conveniente llamar a Migueli. El Tarzán de Baracaldo. Setenta y cuatro años. Y probablemente todavía con ganas de ajustar alguna cuenta pendiente con los villanos de Birmingham. Por suerte, Cubarsí pudo continuar. Y el Barça llegó al descanso con exigua ventaja y la sensación de que el Aston Villa había sido bastante más competitivo de lo previsto.

La segunda parte comenzó con la mejor versión del Barça de Flick. Esa que tanto gusta en el Camp Nou.  La de salir del vestuario como si el partido acabara de empezar y hubiera que resolverlo en cinco minutos. Presión. Velocidad. Llegadas. Y Raphinha. El brasileño volvió a demostrar que está recuperando su versión de principios de temporada. Y, curiosamente, coincide con la proximidad de una nueva convocatoria de Brasil. No falla. Recibió y disparó. El golpeo salió algo mordido. Tocó en un defensa. Y terminó dentro. El Aston Villa todavía estaba intentando asimilar el segundo cuando llegó el tercero. Cancelo, o el Canelo para los amigos, se inventó una trivela magnífica. La pelota llegó a Raphinha. Doblete. Partido sentenciado. Si a Raphinha le anuncian dos amistosos internacionales contra Guam y Guinea Conakry, entra inmediatamente en modo Balón de Oro.

Con el partido terminado el Aston Villa siguió intentándolo. Pero ya sin demasiada convicción. Los ingleses demostraron ser un equipo serio, organizado y capaz de competir durante muchos minutos. Pero también dejaron claro que les falta algo imprescindible para aspirar a grandes cosas en la Xempions: pegada. Combina y genera ocasiones. Pero cuando aparece el momento de rematar, parece recordar que sus fundadores jugaban al críquet. En el críquet, mandar la pelota lejos de la portería no constituye necesariamente un problema. En fútbol, sí. El Barça, mientras tanto, administró la ventaja con una tranquilidad que últimamente no abundaba. Joan García respondió cuando hizo falta. La defensa evitó los errores habituales. Y el equipo consiguió algo que empezaba a parecer una extravagancia: terminar un partido sin encajar goles.

Laminga Bien todavía tuvo alguna ocasión más para ampliar el marcador. Porque sorprendentemente Flick decidió mantenerlo sobre el césped durante todo el encuentro. Con el partido resuelto. Con tres goles de ventaja. Con un calendario cargado. Y con un futbolista que acumula minutos como quien acumula millas de pasajero frecuente. No parece la decisión más prudente del mundo. Pero Flick sabrá. O eso esperamos.

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