Llegaba el Barça a París con una defensa cogida con alfileres y sin Rodri en el once. Flick decidió no arriesgar con el madrileño, decisión razonable en octubre. Los primeros minutos, eso sí, invitaron a reconsiderar la elección porque el PSG salió a morder. Los cataríes parecían haber tomado el un “uy” en la portería de Joan García y durante diez minutos tocó sobrevivir. Se sobrevivió.
Poco a poco, el Barça empezó a recordar quién era. Adelantó líneas, discutió la posesión y recuperó su habitual presión tras pérdida. El partido se convirtió entonces en un intercambio de golpes entre dos equipos que entienden el fútbol de manera bastante parecida: atacar, presionar arriba y considerar el centro del campo como la clave de este juego. Un toma y daca espectacular donde no quedaba claro a quién favorecía semejante locura: el Barça encontraba espacios… pero el PSG encontraba más.
Un ritmo tan alto que terminó rompiendo a dos futbolistas con una conocida relación con las enfermerías. Primero cayó El Lerdo. Un arranque, un problema muscular y al suelo. Cualquier culé con memoria habrá experimentado un ligero placer. Una sensación difícil de confesar públicamente. Ousmane pasó seis temporadas en el Barça alternando lesiones, recuperaciones, promesas y alguna que otra actuación brillante que servía para renovar las esperanzas antes de la siguiente visita al médico. Pero hay una jugada que resulta imposible olvidar. Liverpool. Camp Nou. 3-0. Últimos minutos. Messi le deja prácticamente hecho el cuarto. Y el p*** Lerdo lo desperdicia de una manera que todavía provoca pesadillas. Un 4-0 que pudo haber cambiado la historia dejando al Barça a un paso de una final de Xempions contra el Tottenham. La sexta Copa de Europa al alcance de la mano. Odio eterno al Urkel de Vernon. Qué mentira eso de que las lesiones no deben ser motivo de celebración. Fin del párrafo del rencor.
Poco después cayó Dani Olmo. Otro sospechoso habitual. Olmo había empezado la temporada a gran nivel. Participativo, decisivo y con esa calidad extraordinaria para encontrar soluciones donde los demás sólo ven piernas. Pero parece existir una ley física que impide a Dani Olmo alcanzar su mejor versión sin que algún músculo presente inmediatamente una reclamación. Cuando entra en su prime, cae. Otra vez. Y el Barça pierde a uno de sus futbolistas más talentosos. No sabe por cuánto tiempo.
Las lesiones no rebajaron el nivel del partido. Los dos equipos siguieron atacando con una intensidad, aunque la sensación de peligro era mayor del lado qatarí. Y llegó el gol. Laminga, que había decidido dedicar la primera parte a tocarse la ídem, rifó un balón que el PSG aprovechó para que Doué marcase el 1-0. Justo premio para el equipo que había generado las ocasiones más peligrosas. Castigo para un Barça que había conseguido equilibrar el juego, pero no controlar el partido.
Parecía claro que el PSG no podía mantener semejante presión durante noventa minutos. Nadie puede. Ni siquiera un equipo construido con recursos prácticamente ilimitados y que no acostumbra a jugar dos partidos exigentes en una semana. El comienzo de la segunda parte supuso una bajada del ritmo local. Y el Barça lo aprovechó. Empezó a mandar y a instalarse en campo contrario hasta que Xavi Espart arrancó por la banda como si llevara diez años jugando partidos TOP. El chaval cabalgó, atacó el espacio y culminó la acción con un golazo que puso el 1-1. Empieza a convertirse en la gran sorpresa azulgrana del curso.
Y tras el empate entró Rodri. El Barça ganó poso, control y por momentos apareció la sensación de que podía llevarse el partido. El PSG no parecía tan cómodo. Pero si el Barça tiene uno de los mejores ataques de Europa, aún sigue defendiendo algunas jugadas a balón parado como si acabaran de explicarle las reglas. Otra jugada evitable. Otro gol que no nace de una genialidad rival. La mandíbula de cristal del Barça pasa factura en una Europa que no perdona errores. Lucas Hernández apareció para marcar el 2-1, para completar una noche en la que secó a Laminga.
El chaval, con su nuevo look de actor porno ochentero, estaba firmando un partido neymaresco. En el peor sentido de la expresión: individualista, poco preciso, con mucho intento de genialidad y poco resultado. Pero hay una cosa que diferencia a los grandes futbolistas del resto. Pueden estar jugando mal durante ochenta minutos y resolver una acción en medio segundo. Y Lamine lo hizo. Encontró un hueco imposible y un punterón de futbol sala para clavar el 2-2. Golazo. Es lo que tienen los elegidos.
Llegaba el momento de decidir si convenía ir a por la victoria o aceptar que un empate en París, dadas las circunstancias, tampoco era un mal negocio. No hubo tiempo para resolver el dilema. Ni un minuto. Porque apareció Vitinha en la frontal y soltó un chut extraordinario. 3-2. Los qataríes eran más contundentes. Y todavía faltaba Hakimi, el lateral marroquí que llevaba toda la noche percutiendo por su banda, para encontrar a un Fabián que tras firmar un partidazo, hacía el cuarto. Sentencia.
Acostumbrado a marcar cuatro o cinco goles por partido, esta vez tocó recibir cuatro. Y no por jugar mal. Porque conviene distinguir entre una derrota preocupante y una derrota que demuestra que enfrente también juega un equipazo. El PSG fue mejor en los momentos decisivos. Tuvo más pegada, castigó los errores azulgranas y aprovechó la debilidad defensiva de un Barça que todavía necesita mejorar mucho si quiere levantar la Xempions. El equipo de Flick compitió. Y compitió de verdad. Con una defensa diezmada. Sin Rodri de inicio. Perdiendo a Dani Olmo durante el encuentro. Y con seis canteranos en el once titular. Seis. En París. Contra el PSG. En la Xempions. No hay demasiados grandes clubes europeos que puedan presumir de algo semejante. Y eso también merece ponerse en valor. El Barça no perdió por renunciar a su estilo ni por sentirse inferior. Perdió porque enfrente había otro equipo extraordinario que aprovechó mejor sus oportunidades. Eso también pasa.
