El Barça regresaba al que en su día era conocido como “el infierno turco”. Casi veinticinco años después. La última vez que había visitado el Ali Sami Yen, Luis Enrique y Kluivert todavía marcaban goles y algunos de los futbolistas que hoy forman el equipo de Flick ni siquiera habían nacido. El fútbol ha cambiado mucho, pero algo permanece: el ruido ensordecedor de Estambul y la sensación de que, si no sales con las ideas claras, te pueden comer vivo.
Pero el Barça salió como debe salir un aspirante a ganar la Xempions. A mandar. A tener el balón. A imponer su fútbol. A explicar desde el primer minuto que aquello no era una excursión turística para comprar imitaciones en el Gran Bazar. Y durante media hora dio un recital con Gordon de protagonista en el asedio inicial. El inglés percutía una y otra vez por su banda, encaraba, disparaba. Tres remates lejanos y un mano a mano terminaron en manos de un portero turco aspirante a ser recordado como “la muralla de Constantinopla” tras ganarle también la partida a Dani Olmo.
El gol parecía cuestión de tiempo. Y llegó. Pero en la portería equivocada. Basta una contra para que todo el trabajo se vaya al garete. Leão encontró espacio para correr y asistió a un ruso que pasaba por allí y disparó. El balón tocó en un defensa azulgrana, cambió de trayectoria y dejó a Joan García sin opciones. 1-0. El Barça había puesto el fútbol. El Galatasaray, el gol.
Durante unos minutos el equipo acusó el golpe. No demasiado, pero lo suficiente para recordar que la Xempions no es la Liga y que aquí los rivales también tienen derecho a participar. El Ali Sami Yen rugía. Los turcos empezaron a creérselo. Y entonces llegó un córner. Un remate. Y un Yilmaz bajo del larguero para empujarlo. 2-0. Un instante en el que regresaron los sudores fríos de aquella noche en la que Busquets padre firmó uno de sus esperpentos más memorables. Porque los culés veteranos llevan incorporado un mecanismo de defensa que se activa automáticamente cuando las cosas empiezan a torcerse. Ay, ay, ay. Ya estamos. Otra vez Turquía.
Pero apareció el VAR. Y con él, la justicia poética. Yilmaz había cometido una ciprianada de manual. El balón ya iba camino del gol, pero el delantero turco decidió que semejante acontecimiento necesitaba su firma personal. Metió la pierna en fuera de juego. Gol anulado. Fue el momento que cambió el partido. El punto de giro. El Barça había recibido una segunda oportunidad y decidió no desperdiciarla. Volvió a apretar. A morder. Y la presión azulgrana provocó otra pérdida turca. Olmo, prácticamente desde el suelo, encontró la manera de asistir a Cancelo, que apareció para rematar y poner el 1-1. Los turcos lo supieron inmediatamente. El Barça había vuelto.
Y la segunda parte empezó con un Barça todavía más decidido. Especialmente Laminga Mal. El 10 había firmado una primera parte discreta, espesa, sin demasiada influencia en el juego. Pero tras el descanso se inventó un centro con rosca, una banana perfecta, para que Fermín hiciera lo que mejor sabe hacer. Llegar. Rematar. Marcar. El Lampard de El Campillo volvió a impartir una clase magistral de lo que significa ser un centrocampista con llegada.
Cinco minutos después, Laminga decidió cambiar las botas por unas zapatillas de ballet. Y ejecutó un regate tan inverosímil que el defensor turco necesitará varias repeticiones para comprender qué había pasado ahí. No fue un regate. Fue una coreografía de Nureyev. Si consigue repetirlo un par de veces, debería acudir a la oficina de patentes porque empieza a ser difícil inventar algo nuevo en un deporte que lleva más de cien años jugándose. Tras ese baile llegó la asistencia. Y Gordon fusiló al portero. El Galatasaray dimitió.
Flick decidió entonces cambiar a Gordon por Aydemí. Y aquí aparece uno de los grandes problemas que tiene actualmente el Barça. Un problema maravilloso. Porque el inglés está jugando cada vez mejor, pero el alemán parece decidido a demostrar que cada minuto que pasa en el banquillo es una injusticia. Los dos han iniciado una competición particular por ver quién merece jugar más. Gordon aprieta. Aydemí responde. Gordon marca. Aydemí marca. Gordon corre. Aydemí corre aún más. Una carrera armamentística que sólo puede beneficiar al Barça. Karim salió como si el partido acabara de empezar. Varias acciones de mérito y naturalmente, marcó. Flick ha conseguido algo que parecía imposible: que las rotaciones no sean un problema, sino una amenaza para los rivales.
El equipo supera los cuatro goles de media por partido. Y con una sensación de superioridad apabullante. Incluso con Raphinha descansando. Todo es tan perfecto que empieza a dar miedo porque estamos en octubre y el culé ochentero que todos llevamos dentro, ese que creció viendo cómo los equipos más prometedores encontraban maneras creativas de estrellarse, empieza a removerse incómodo en el asiento. Reflejo condicionado por décadas de traumas que ni D10S pudo borrar. Pero entonces uno mira al banquillo. Ve a Flick. Ve cómo juega el equipo. Ve cómo presiona, cómo compite y empieza a pensar que quizá esta vez sea diferente. Porque sabe que Hansi siempre tiene razón.
