Ocho de ocho. 23 victorias consecutivas en el Camp Nou. El Barça sigue sumando triunfos con una naturalidad que empieza a resultar obscena. Da igual que Flick tenga que sustituir por lesión a Raphinha, haga algunas rotaciones o que enfrente aparezca el Pestafe con su habitual propuesta futbolística, a medio camino entre el fútbol profesional y una obra de ingeniería defensiva. El resultado es el mismo: victoria, goleada y tres puntos más.
La temporada es larga. La Xempions espera. Y tampoco parece necesario gastar toda la gasolina cuando enfrente tienes al Pestafe. Aunque Flick decidió que tampoco había que rotar a todo el equipo. Apenas tres novedades en el once: Eric, Gavi y Carlos Jesus..
Se esperaba el habitual autobusazo del equipo de Bordalás. El Mourinho de Hacendado lleva años demostrando que se puede vivir del fútbol sin necesidad de practicarlo demasiado. Y su plan parecía claro… hasta que empezó el partido. Gordon decidió que el autobús no había aparcado correctamente. El inglés porfió por un balón, consiguió sacar un disparo y el remate tocó en un defensa antes de terminar dentro. Primer gol como azulgrana. Gordon se estrenaba así en la lista histórica de goleadores del Barça. Era cuestión de tiempo que también superase la legendaria cifra de Dugarry. Uno más que adelanta al mito. Recordemos la máxima: “Igualarlo podrán”. Superarlo, jamás. Eterno Christophe.
Primer contratiempo serio para Borderlás. Probablemente había preparado trescientas variantes defensivas para conservar el empate y ninguna para la desagradable eventualidad de tener que atacar. El Pestafe quedó inmediatamente desarmado. Porque hay equipos que, cuando encajan un gol, adelantan líneas y buscan el empate y otros que parecen preguntarse si el reglamento permite seguir defendiendo el 0-1 hasta el minuto noventa.
El Barça jugaba casi a medio gas. O a un tercio. Aún así la primera parte se convirtió en un monólogo. Llegadas por un lado, ocasiones por el otro, combinaciones en la frontal y un rival dedicado fundamentalmente a sobrevivir. No hacía falta una exhibición de intensidad. Bastaba con mover el balón. Y esperar. Porque cuando el Barça de Flick empieza a presionar, los rivales tienen dos opciones: perder la pelota o perderla un poco más cerca de su portería.
Mediada la primera parte llegó el segundo gol. Fue una jugada que resume perfectamente lo que es este equipo: tres azulgranas sobre el central pestafense como pirañas oliendo sangre. “Jo, qué lío”, dijo el defensa visitante mientras buscaba desesperadamente una solución que no existía. Y perdió el balón. Carlos Jesús lo recogió y decidió aplicar la filosofía del “yo me lo guiso, yo me lo como”. Chupón. Disparo. Gol. Benditoh seaih. 2-0. Partido terminado.
Carlos Jesus sustituyó perfectamente a Raphinha. Especialmente en lo que quizá sea la característica más importante del brasileño: la voracidad y el esfuerzo. No se trata sólo de marcar goles. Se trata de perseguir defensas, presionar salidas, incomodar constantemente y jugar como si cada balón perdido fuera una ofensa personal. En eso, el nuevo delantero estuvo sobresaliente. Y además marcó.
El 2-0 era una sentencia aunque todavía quedase más de medio partido. El Pestafe no tenía argumentos para discutir el resultado y el Barça tampoco parecía especialmente interesado en aumentar el ritmo. Una tarde tranquila. Casi demasiado. La segunda parte sirvió fundamentalmente para administrar esfuerzos. Flick movió el banquillo, repartió minutos y el Barça entró en modo ahorro energético que permite seguir dominando sin necesidad de convertir cada posesión en una operación militar.
Aunque todavía faltaba Koundé. Que había fallado clamorosamente una ocasión en la primera parte y que últimamente había destacado más por sus colaboraciones involuntarias con los delanteros rivales. Esta vez decidió marcar en la portería correcta. Laminga encontró el pase. Un Laminga que jugó a 0.5x. Se le notaban los cuatro partidos internacionales acumulados en las piernas. Menos explosivo, menos insistente en el uno contra uno y bastante más dosificador que de costumbre. Pero claro, el medio gas de Laminga sigue siendo bastante más gas que el depósito completo de la mayoría de futbolistas de Primera División. Con 19 años ya empieza a dominar ese arte reservado a los grandes: influir decisivamente en un partido sin necesidad de jugarlo especialmente bien.
El Barça volvió a golear. Y, sin embargo, no se pudo evitar cierta decepción. Porque cuando viene el Pestafe al Camp Nou, uno siempre alberga la esperanza de que le caigan siete u ocho. No por crueldad sino por pedagogía. Hay una especie de ley no escrita del fútbol según la cual, cuando un equipo recibe siete u ocho goles en un partido de Liga, adquiere automáticamente la condición de candidato directo al descenso. Y uno esperaba que el Barça pudiera contribuir modestamente a semejante causa. Pero no. Sólo tres. Tres míseros goles. Una decepción. El Pestafe seguirá otro año en Primera. No todo podían ser buenas noticias.
