Florentino ha dicho que no
Apollo, el Atlético y el extraño negocio de perjudicarse para que Julián Álvarez no juegue en el Barça
Hay teorías de la conspiración que se sostienen con un vídeo borroso, un señor de Alabama que escribe «ABRAN LOS OJOS» y una flecha roja apuntando a un reflejo en un escaparate. Esta no. Esta viene con comunicados oficiales, préstamos, sociedades mercantiles y señores con traje que llevan tantos años coincidiendo en el palco del Bernabeu que terminarán poniendo su nombre a una sala de reuniones.
No, no tengo una captura de WhatsApp en la que Florentino Pérez escriba: «Enrique, ni se os ocurra venderle Julián al Barça». Si la tuviera, no estaría escribiendo este artículo: estaría negociando una serie documental con Netflix y os empezaríais a preocupar tras un par de semanas sin aparecer por el yoya.
Lo que sí tenemos son hechos. Y cuando los hechos se colocan uno detrás de otro, la conclusión empieza a parecer menos una conspiración y más una de esas casualidades levanta cejas.
El Atlético puede vender a Julián. Solo no puede vendérselo al Barça
Miguel Ángel Gil Marín ha sido extraordinariamente claro: si Julián Álvarez considera incompatible continuar en el Atlético, el club buscará «una alternativa», pero «nunca, nunca será el FC Barcelona».
No ha dicho que el jugador sea intransferible. No ha dicho que no exista una cantidad suficiente. No ha dicho que vender a su estrella destruiría el proyecto. Ha dicho algo mucho más revelador: puede irse, siempre que no vaya al Barça.
El propio Consejo de Administración del Atlético —con el nuevo poder de Apollo sentado alrededor de la mesa— respaldó por unanimidad el veto. El comunicado admite que el club está abierto a «las negociaciones propias del mercado», pero establece que con el Barcelona no ha existido ni existirá negociación.
Es una posición curiosa para un club que fichó a Julián por unos 75 millones más 20 en variables, que lo tiene valorado actualmente en torno a 120 millones y ante el que el Barça ha reservado una cantidad cercana a los 130. Dos años después de comprarlo, el Atlético podría convertirlo en una de las mayores plusvalías de su historia. Incluso con la amortización pendiente, quedarían varias decenas de millones de beneficio contable.
Además, el futbolista quiere salir, su situación personal se ha deteriorado y el propio Gil Marín reconoce que lo está pasando «realmente mal». Hablamos de un delantero que ha producido 49 goles y 17 asistencias en 107 partidos con el Atlético. Es decir: hay comprador, hay dinero, hay voluntad del jugador y hay un problema que resolver.
Falta una cosa: permiso.
Florentino supuestamente ya intentó ficharlo
El 9 de junio, el Real Madrid publicó un comunicado oficial anunciando una oferta de 150 millones de euros por Julián Álvarez. Según el texto blanco, el Atlético la «estudió y valoró», agradeció la propuesta —realizada, atención, «en el marco de las buenas relaciones existentes entre ambos clubes»— y la rechazó remitiéndose a la cláusula.
Qué prosa tan agradable. Qué educación. Qué diferencia con la «repugnancia», la «falta de ética» y la «falsedad» que aparecen cuando llama el Barça. Ante Florentino hubo estudio, valoración, agradecimiento y buenas relaciones. Ante Laporta se baja el rastrillo, se llena el foso de cocodrilos y Gil Marín jura por su palabra que el jugador no vestirá de azulgrana mientras él conserve una silla y un juego de llaves.
El Atlético también rechazó al Madrid, sí. Pero no decretó que Julián jamás jugaría allí. No convirtió la operación en una cuestión moral. No reunió al consejo para declarar a Florentino persona incompatible con la dignidad colchonera. Discutió el precio.
Con el Barça no se discute el precio. Se prohíbe el destino.
Y aquí es donde empieza a oler a despacho cerrado.
Apollo: el nuevo dueño que ya conocía el barrio
Desde marzo, Apollo Sports Capital controla aproximadamente el 57% del Atlético. El fondo puso cinco de los once consejeros, aprobó una inyección de capital de hasta 100 millones y mantuvo a Gil Marín como consejero delegado y a Enrique Cerezo como presidente. El club quedó valorado en 2.500 millones de euros.
Apollo no es una peña de Carabanchel emocionada por el escudo. Es un gigante financiero. Si rechaza una operación rentable, deteriora la relación con su principal activo deportivo y acepta que el jugador pueda salir a cualquier sitio salvo Barcelona, debemos suponer que ha encontrado una razón superior al dinero. En los fondos de inversión suelen llamar a esa razón «más dinero». Aquí nos la presentan como proteger el honor del club.
El detalle divertido es que Apollo y el universo empresarial de Florentino se conocen desde hace tiempo.
En 2015, fondos de Apollo formaron una sociedad al 50% con Leighton Holdings —empresa australiana controlada entonces por Hochtief, dentro del perímetro de ACS— para agrupar negocios de servicios valorados en 1.075 millones de dólares australianos. La operación oficial dejó unos 700 millones de caja y una relación empresarial que duró años.
Después, Apollo apareció también entre los principales inversores del préstamo de 225 millones con el que el Real Madrid financió parte de los sobrecostes del Bernabéu. Un crédito a 27 años y al 1,53% para construir, entre otras cosas, el invernadero subterráneo del césped. Palco23 identificó a Apollo entre los financiadores; el propio Madrid confirmó el importe y las condiciones.
Nada de esto prueba una orden. Conviene repetirlo para quienes necesitan que una trama de poder incluya obligatoriamente una servilleta con el plan escrito. Pero sí prueba algo más modesto: Apollo, ACS y el Real Madrid no son desconocidos. Apollo ha compartido inversiones con el perímetro de ACS y ha puesto dinero en una financiación del Madrid. Hablan el mismo idioma, y no me refiero al inglés.
Gil, Cerezo y la maravillosa continuidad
Apollo compró el control del Atlético, pero decidió mantener al frente a Gil Marín y Cerezo para garantizar la «continuidad». La palabra es preciosa.
La historia de esa continuidad merece un pequeño recuerdo. La Audiencia Nacional condenó a Jesús Gil y Enrique Cerezo por apropiación indebida en la transformación del Atlético en sociedad anónima. El Tribunal Supremo los absolvió porque el delito había prescrito; no porque la operación se hubiera vuelto pulcra por intervención divina. El fallo consideró consumados los hechos en 1992, pero la querella llegó fuera de plazo.
Décadas después, el club ha sido vendido con una valoración de 2.500 millones y los continuadores de aquella gestión siguen en sus cargos, ahora bajo un fondo estadounidense. Una historia de amor al escudo tan intensa que termina siempre delante de un notario.
Cerezo, por su parte, lleva años describiendo la relación con el Real Madrid como «magnífica» y «perfecta». Florentino y el Atlético mantuvieron incluso durante años un pacto de no agresión en las canteras. Han discutido, por supuesto. También discuten los matrimonios, y no por eso dejan de compartir hipoteca.
No estamos ante tres actores aislados. Estamos ante una red de relaciones personales, institucionales y empresariales perfectamente documentada. Y, en medio, una decisión que solo tiene un ganador deportivo.
El manual Nico Williams
Ya vimos esta película con Nico Williams.
El Barça quería ficharlo. El jugador estuvo cerca. El Athletic no se limitó a exigir su cláusula: viajó a Madrid para preguntar a LaLiga por la capacidad del Barcelona para inscribir futbolistas y publicó una nota agradeciendo la «claridad» del organismo. El objetivo estaba bastante poco disimulado.
Después llegó la renovación hasta 2035, con una cláusula aumentada más de un 50%. Nico decidió quedarse y estaba en su derecho. El Athletic, también. Pero la heroicidad tuvo factura.
Las cifras exactas del contrato no son públicas. AS situó el punto de partida en unos siete millones netos por temporada, con aumentos, variables y bonus. Algunas estimaciones elevan el coste bruto potencial por encima de los 20 millones. Tomando esa cifra alta, hablamos del 10,8% de todos los ingresos ordinarios que el propio Athletic presupuestó para 2025-26: 185,94 millones. Y aquello era jugando Champions. Solo el sueldo de un futbolista podía acercarse al 13% de todos los gastos ordinarios del club.
Pero el coste real no fue únicamente el salario. El Athletic renunció a ingresar unos 62 millones por la antigua cláusula de un jugador formado en casa —prácticamente plusvalía limpia— y asumió el mayor contrato de su historia. Entre el dinero no cobrado y el salario del primer año, el esfuerzo pudo rondar una cantidad equivalente a más del 40% del presupuesto anual de ingresos.
¿El resultado? El Athletic terminó la temporada duodécimo, con 45 puntos, 19 derrotas y fuera de Europa. Por posición liguera ingresó 7,27 millones, frente a los 35,53 que habría obtenido como cuarto clasificado: más de 28 millones de diferencia. El presupuesto de 2026-27 ya no puede apoyarse en los 55,9 millones de ingresos por competiciones que contemplaba el curso de Champions.
¿Retener a Nico arruinó por sí solo al Athletic? Evidentemente no. Pero el club prefirió perder una venta enorme, disparar su masa salarial y asumir un riesgo desproporcionado antes que ver al jugador en el Barça. Si esto no es hipotecar el proyecto para perjudicar al Barcelona, se le parece muchísimo y lleva txapela.
¿Quién ganó con aquello? El Athletic no mejoró. Nico no tuvo una gran temporada. El Barça se quedó sin el extremo que quería.
El Real Madrid, en cambio, evitó que el campeón reforzara una sociedad devastadora entre Nico y Lamine Yamal. Coste para el Madrid: cero euros. Es difícil competir contra un club que ficha jugadores sin ficharlos.
El mismo negocio, ahora con una araña
Con Julián se repite el mecanismo, pero a una escala todavía más absurda.
El Atlético puede quedarse con un jugador descontento y convertir su gran proyecto deportivo en una convivencia forzosa. Puede intentar enviarlo a Inglaterra aunque él prefiera seguir en España. Puede rechazar alrededor de 130 millones y renunciar a una plusvalía enorme. Puede declarar una guerra institucional al Barça y llamar dignidad a que su mayor activo pierda valor en público.
Todo eso perjudica al Atlético.
Venderlo al Barça, naturalmente, reforzaría a un rival directo. Ese es el único argumento futbolístico razonable. Pero hay un pequeño problema: si pierdes a tu estrella igualmente, la diferencia entre vendérsela al Arsenal o al Barcelona no protege tu proyecto; protege al Madrid de que el Barça se fortalezca. Y si decides retener contra su voluntad a un jugador al que tu propia afición ya ha señalado, tampoco estás construyendo un equipo campeón. Estás pagando una fortuna para que otro no gane.
El Barça ha ganado las dos últimas Ligas. El Madrid es su principal rival por la siguiente. Impedir que Julián llegue a Barcelona beneficia al Real Madrid de una forma mucho más directa que al Atlético. No hace falta un máster en teoría de juegos. Basta con saber contar hasta dos.
Por eso mi conclusión es sencilla.
No puedo demostrar que Florentino llamara a Cerezo, a Gil Marín o a Apollo para ordenarles que Julián no fuera al Barça.
Lo que sí puedo demostrar es que los nuevos dueños del Atlético tienen relaciones empresariales y financieras previas con el entorno de Florentino; que Cerezo presume de una relación magnífica con el Madrid; que el Atlético trató la oferta blanca como una negociación normal; que ahora acepta cualquier alternativa salvo el Barcelona; que la operación culé sería económicamente rentable; que mantener a un futbolista que quiere marcharse amenaza el proyecto deportivo; y que el único gran beneficiado de todo este sacrificio es el Real Madrid.
Quizá Florentino no haya dicho que no.
Quizá ya no haga falta que lo diga.
