Tal vez, teóricamente, había Liga en juego. Spoiler: No la había hace varias jornadas. Lo que sí había era un olor en el aire a alirón desde antes del pitido inicial. Y sensación de principio de algo serio en clave azulgrana y de ruina en clave blanca. Así que el Barça decidió celebrarlo como mejor se celebran estas cosas: derrotando al Mierdas en un Clásico que duró lo que tardó el Barça en recordarle al rival quién era el campeón…
Un Mierdas que aterrizaba en el Nou Camp Nou en pleno derrumbe. Como quien llega tarde a una boda después de perder el coche, el traje y la dignidad. Semana horrible. Mes pésimo. Temporada espantosa. Segundo nadaplete consecutivo. Con Chocomani titular, como si nada hubiera pasado. Con MeFlippe borrándose y reservándose para el Mundial. Con jugadores llamando “Cono” a su entrenador. Y, de postre, con el Mandela Monguer luciendo un brazalete de capitán cuando no le llega ni para Capitán Pescanova. El club blanco tiene difícil caer más bajo.
Y suerte tuvieron los merengues que el Barça estaba incompleto. Sin Laminga, con Raphinha en versión 2023 y con Viejowski ya casi de salida. Pero la diferencia entre un equipo trabajado y otro improvisado quedó clara enseguida. Apenas diez minutos le bastaron al Barça para ponerse su liga en el bolsillo: Trashford ejecutaba magistralmente una falta mientras el supuesto mejor portero del mundo daba ese pasito que condena porteros y abre recopilatorios de YouTube. Marcus, que lleva meses alternando momentos de “¿por qué juega?” con otros de “ah, por esto” eligió bien el día para parecer futbolista imperial: tal vez alguien pique y se lo lleve.
El Mierdas intentó reaccionar a su manera. Carreras pollosincabeceras del Monguer sumadas al “Mucho músculo + poco cerebro futbolístico” de los Chocomani y Carapinga. Mientras, el Barça, volvía a golpear. Pase de Fermín, toque de esos que definen a un crack, firmado por Dani Olmo y definición de Fallon. Asnecio miraba la jugada como aquellas ovejas que ven pasar al tren. Y con 2-0 antes del minuto 20, el Camp Nou olía sangre mierdera y pedía la manita. Quería escabechina.
Pero el Barça bajó el pistón. Como si enfrente tuviera un rival de poca monta. Como si el rival fuera un Mallorca o un Oviedo de la vida al que no había que destrozar. El Mierdas amagó con una pequeña reacción, con una ocasión de Golzalo que, definitivamente no irá al Mundial y otra de Bellinjuan, a quien la noche madrileña definitivamente le ha pasado por encima. Un par de amagos que sirvieron para recordar que el Clásico seguía vivo… aunque bastante sedado.
Entonces apareció Pedri. Y el partido se acabó de verdad. El canario tiene más futbol que toda la plantilla blanca. Porque hay futbolistas que juegan bien y otros que deciden cómo se juega. Pedri pertenece a los segundos. Tocó, giró, escondió la pelota, bajó revoluciones cuando tocaba y aceleró cuando quiso. El Madrid empezó a correr detrás del balón como quien persigue una bolsa de plástico en un parking. Pudo marcar Trashford. Pudo marcar Fallon. Y en ambas ocasiones, volvieron a recordar por qué no pueden ser titulares de todo un Barça durante la temporada.
Los cambios de Flick tuvieron aroma emocional. Alguno con cierto sabor a despedida, o al menos a última gran noche. Porque Viejowski ya no está para estos trotes. Con Raphinha, por su parte, quedó claro que su cuento de Cenicienta duró exactamente una temporada. Ya desaparecieron el carruaje, el brillo y aquel disfraz de estrella mundial que se puso durante unos meses y vuelve a ser esa muchachita hacendosa y voluntariosa. Atropellado técnicamente, con mucho gesto de intensidad… pero una toma de decisiones que a veces parece elegida al azar. Y no llegaron ni el quinto, ni el cuarto, ni el tercero dejando al público con ese deseo de humillar un poquito más en el Clásico. No hizo falta.
Pitido final. Campeones. Flick recibía abrazos en una noche emocionalmente difícil tras la pérdida de su padre, pero con una sensación evidente: esta Liga tiene dueño, firma y estilo. Porque si la antigua Liga Hanseática dominó el comercio del norte de Europa durante siglos gracias al orden, la disciplina y la eficacia colectiva… este segundo campeonato del alemán al frente del Barça se ha construido exactamente igual. Con un bloque sólido, funcional, donde cada pieza sabe qué hacer y nadie está por encima del sistema. Es la Liga de Flick. Es la Liga Hansiática.
