¿Jugaba el Barça o la Roja? Porque Flick sacó un once con aroma a selección para desgracia del aficionado Mierder: nueve españoles de inicio, a muchos de los cuales deberá animar en el Mundial (se supone). El Kalborota Hormonado tomaba nota viendo como Fallón Torres le ganaba otra batalla a Viejowski. Guerra silenciosa que huele a relevo generacional… o a despedida elegante.
Y el partido empezó con el botón de “caos” apretado. Setenta segundos. Y tres ocasiones clarísimas. Una de Laminga tras error de MAlonso (¿de verdad este tío jugó en el Barça?) que acabó en el lateral de la red. Y dos de Pablo Durán que se toparon con Joan García, una con un paradón de esos que sirven para recordar que los porteros también dan títulos.
Ida y vuelta. Sin anestesia. Sin pausa. Hasta que el partido decidió respirar. El Celta siguió avisando, con Hugo Álvarez regalándole una ocasión a Jutglà que acabó fuera. El Barça, incómodo atrás, no terminaba de controlar. Y por si faltaba algo, lesión del Canelo. Con la entrada de Balde ya eran diez españoles en el campo. Solo faltaba el himno. Y la pitada.
Y cuando el partido se espesaba, Laminga insistía. Y al borde del descanso, provocó un penalty más evidente que la discapacidad mental del Mandela Monguer. Lo lanzó él mismo. Gol. 1-0… y pinchazo en los isquios. Con este Barça no hay alegría sin peaje. Lesión de Laminga. Lesión de Canelo. Y veinte minutos de añadido antes del descanso por una lipotimia en la grada. Un cierre de primera parte digno de un guionista volviendo de farra.
La segunda mitad empezó con cambio: Fermín por Gavi. Y con una idea clara: cerrar el partido rápido. Porque un 1-0, con este Barça, siempre parece un resultado provisional… incluso cuando no pasa nada. Con Pedri al mando, el equipo empezó a jugar a algo más reconocible: posesión, control, ritmo. De ahí nació un golazo de Ferran… anulado por fuera de juego milimétrico donde lo más probable era que lo que estuviese adelantado era un pelo de los huevazos del Cerdo Grande. Con él al mando, el VAR es ese invitado que nunca falla cuando se trata de reventar celebraciones.
El Celta, por su parte, no se rindió. Movió el banquillo su técnico, entraron piernas frescas, y se llegó a los últimos veinte minutos con el partido abierto. Y con el guion girando: el balón ya no era tan culé. El Celta empujaba. Y apareció Iago Caspas para darle ese punto de hiperventilación del gallego a quien parece que el Barça le debe dinero. Un Barça al que le tocó defender. Y ahí emergió Cubarsí, omnipresente, apagando fuegos como si llevara diez décadas en esto. El Celta lo intentó. Sin premio.
Final. Victoria número 15 consecutiva en casa. Récord histórico igualado. Otro paso hacia el título. Otra noche en casa que acaba con aplausos… y con preocupación. Porque sin Laminga, sin Rabhinha, sin Viejowski, el equipo ha perdido su tridente de la temporada pasada. El título del Liga culerdo ya no es una cuestión de “si”, sino de “cuándo”. Falta elegir la fecha de la fiesta. El Clásico apunta maneras… aunque quizá no estará su actor principal.
