Todo en contra y casi KO

El sorteo ya venía torcido. No era una sensación, era casi una tradición. Al Barça le das un equipo español en Europa y automáticamente activa el modo tragedia clásica. Si además ese equipo viste de rojiblanco y lo entrena el Cholo, ya puedes ir preparando el titular: drama en tres actos. Y así fue. Porque si algo podía salir mal, salió peor.

Y es que el Barça llegó a esta ida de cuartos sin un centro del campo fiable. Vamos, como un Mierdas de la vida. Ese pequeño detalle sin importancia en el fútbol moderno. DecepJong y Bernal fuera, Pedri en versión “estoy pero no estoy”, Fermín cayéndose de la convocatoria a última hora. Un solar, vamos. Por no hablar de cómo se echó en falta la garra de Raphinha. Así que los de Flick salieron a jugar con lo justo, con lo mínimo, con lo preocupante.

Y aun así, durante media hora, el partido fue igualado. Incluso con momentos de posesión rojiblanca que rompían el mito del Pateti cavernícola. Porque sí, sorpresa: el Cholo, por primera vez en unos 15 años, decidió que también se podía jugar al fútbol sin pedir permiso al cerrojo. Y claro, eso descolocó aún más a un Barça que bastante tenía con encontrarse a sí mismo.

Hasta que llegó la tradición. Porque si hay algo que no falla en esta Champions azulgrana es la jugada que rompe todo. La Araujada, pero esta vez versión Cubarsí. Falta involuntaria, último hombre, esa mezcla de inocencia y desastre que ya tiene denominación de origen europea. Y de ese regalito, golazo de falta de Julián Álvarez. Golazo, sí. De esos que sirven también como mensaje: “igual este sí sabe tirarlas”. Porque desde Messi, en Can Barça las faltas directas son poco más que una forma elegante de devolverle el balón al rival.

Con el 0-1, el partido estaba exactamente donde quería el Atlético. Y donde ha solido estar el Barça en los partidos grandes esta temporada: incómodo, superado, jugando a lo que propone el otro. Porque aunque contra rivales menores no se falla, cuando toca examen serio, el equipo presenta un justificante y suspende igual. Ganarle al Mierdas de Arbeloca no cuenta como máster, por mucho que lo intenten vender.

La segunda parte fue lo esperado. Un quiero y no puedo con diez, con el Atlético feliz, cómodo, defendiendo como sabe. Con Viejowski un paso más cerca del retiro en Arabia o en la MLS. Con Trashford confirmando su no-nivel. Y con Lamine intentando resolverlo todo en modo “jugada para la historia” en cada balón. Como si cada acción fuese el último kilómetro de una etapa del Tour. Pues no. Chaval, ni eres Messi aún, ni siquiera Neymierda. Calma.

Y por si faltaba algo en la colección de desgracias, llegó la guinda arbitral. Algo que ya no es sorpresa, sino rutina. Mano de Pubill dentro del área tras saque de Musso. Mano absurda. Mano innecesaria. Mano más tonta que el Mandela Monguer. Y penalti claro. Penalti clarísimo. Y amarilla que era roja. Pero ni VAR ni nada. Sigan circulando. Otra más a la colección de “decisiones clave que nunca caen del lado azulgrana”. Ya ni se recuerdan.

Ahí murió el partido. O lo poco que quedaba de él. Porque los cambios de Flick no cambiaron nada. De hecho, casi empeoraron lo empeorable. Mientras, el Atlético acertó con los suyos. Y la salida de Sorloth contra el Barça tiene el efecto Moñaqui Willians o Iago Aspas. No es Sorloth. Es una mezcla entre Van Basten, Ibrahimovic y un delantero de videojuego con todo al 99. Primer balón y gol. 0-2. Créditos finales. Cortina roja.

Quedan seis días para intentar lo imposible. Una remontada de esas que ya no se sienten épicas sino improbables. Porque este Barça ha demostrado que puede con los pequeños… pero no con los grandes. Y el Atlético, esta vez, sí ha sido grande. Solo queda una esperanza para esta Xempions: que alguien más haga el trabajo sucio. Y que sea el Bayern. Confiar en una noche mágica azulgrana… sería una auténtica sorpresa.

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