El Barça ganó. Sí. Uno a cero. Tres puntos al zurrón. Partido despachado. Trámite cumplido. Y ahora, si me permiten, la pregunta incómoda: ¿alguien salió contento de ver esto? Porque lo de este Barça, en ya demasiados partidos esta temporada, empieza a ser un ejercicio de supervivencia más que de fútbol.
Minuto uno —literalmente uno— y el Rayo ya había enseñado los dientes. Ocasión clarísima, de esas que huelen a gol desde el primer control. Y ahí apareció Joan García, con un paradón de los que te obligan a frotarte los ojos y pensar: “otra vez no”. Otra vez sí. Porque esto ya es costumbre. Lo que debería ser una excepción se ha convertido en rutina: el Barça regalando una ocasión nada más empezar.
A partir de ahí, incomodidad constante. El Barça nunca estuvo en el partido. Nunca mandó de verdad. Nunca impuso nada. Equipo plano, sin filo, sin ideas. Un equipo… vulgar. Y aquí hay nombre propio: Pedri. Si no recupera su mejor versión, esto no da para más. Desde que volvió de la lesión, no es el mismo. Ni ritmo, ni peso, ni liderazgo. Sin él, el Barça es uno más. Del montón. De esos que juegan por inercia y viven de detalles.
Y detalles hubo pocos. O mejor dicho, errores. Como el de Raphinha, que falló un mano a mano de esos que deberían venir con multa. Definición blanda, lectura peor. Ahí ya se intuía que la tarde venía torcida. Ni siquiera valía la excusa europea: el Rayo también había jugado el jueves. Pero claro, uno parecía cansado… y el otro parecía convencido.
Por suerte —y esto ya empieza a ser preocupante— el balón parado sigue siendo el plan A, B y C. Y ahí emergió Ronald Araújo, imponiendo físico, jerarquía y lo que hiciera falta para rematar el 1-0. Buen partido del uruguayo, sí. Pero, como diría el clásico Johann: un palomo no hase verano.
La primera parte, dentro de lo malo, fue al menos competida. El Barça tuvo más control, o algo parecido. Pero la segunda… la segunda fue directamente una de las peores de la era Hansi Flick. Un equipo sin energía, sin respuesta, sin alma. Y otra vez, salvado por el de siempre.
Porque Joan García volvió a sostener el tinglado. Mano prodigiosa en un córner. Seguridad en cada balón colgado. Y ese contraataque del Rayo… con cuatro jugadores contra él. Cuatro. Y aún así, la sensación fue que algo les incomodó. Quizá su presencia. Quizá su aura. O quizá el miedo a confirmar lo evidente: que el mejor del Barça en estos dos partidos contra el Rayo ha sido su portero. Y eso, en un grande, es una alarma con sirena.
El Rayo pudo llevarse algo del partido. Debió, incluso. Pero no lo hizo. Y ahí está la frustración… sobre todo para los que confiaban en el tropiezo. Era el día perfecto para dejarse puntos. Y tampoco. Pero la victoria no debe engañar a nadie. Fue un partido para olvidar. Y un dato que inquieta más que el propio juego: físicamente, el equipo está bajo mínimos. Sin piernas, sin chispa, sin capacidad de sostener durante 90 minutos si ha habido otro encuentro entre semana. Se ganó. Sí. Pero cada vez se parece menos a lo que debería ser este Barça. Y más a un equipo que simplemente… va tirando.
