Noche de eliminatoria de Champions en el Spotify Camp Nou con público. Algo que no sucedía desde aquel 3-0 al Liverpool con golazo de D10S y fallo clamoroso de Dembelerdo. Venía el Newcastle United con ínfulas de la Premier tras ese 1-1 de la ida que convertía el asunto en una moneda al aire… y le salió cruz. Pero no una cruz cualquiera: una de esas que te cae encima en forma de siete goles.
Cierto es que arrancó el partido con susto. Porque las urracas salieron con más hambre que respeto. Dos llegadas antes de los dos minutos que hicieron arquear alguna ceja en la grada, todavía más pendiente de ver si el Barça estaba en modo paseo o en modo tragedia europea vintage. Pero apareció el de siempre —o el de casi siempre—: Lamine Yamal. Regate, pausa, pase a Fermín López y asistencia final para que Raphinha definiera con precisión quirúrgica ante Ramsdale. Primera llegada, primer gol. Eficiencia energética versión azulgrana.
El problema —bendito problema para el espectador neutral— es que el Newcastle no venía a hacer turismo. A los quince minutos, contra bien tirada, pase de Hall y definición cruzada de Gran Ganga para empatar. Vuelta a empezar. Porque este Barça flickeano tiene una cualidad curiosa: concede esperanzas… para luego quitártelas con intereses. La lesión de Eric García —otro más para la colección de sustos musculares— dio entrada a Araujo, y poco después llegó el 2-1: balón parado, peinada de Gerard Maldini y llegada imperial de Marc Bernal desde atrás para empujarla.
Algo dejó claro la primera parte. Este Barça todavía tiene ese puntito autodestructivo que tanto engancha. Tacón innecesario de Lamine —porque la genialidad a veces viene con cláusula de riesgo—, recuperación rival, combinación entre Hall y Barnes y doblete de Gran Ganga. 2-2. Cuatro goles en media hora y la sensación de eliminatoria abierta. Nervios de vuelta.
Ferrandowski acumulaba ocasiones. Pero el fútbol decidió equilibrar el karma justo antes del descanso. Penalti de Trippier sobre Raphinha, revisión mediante, y Lamine —tras fallar una ocasión impropia segundos antes— se reencontró con el gol desde los once metros. 3-2. Descanso. Respiro. Y aviso.
Porque lo que vino después fue otra cosa. El Barça salió en la segunda parte en modo apisonadora. La que tanto deleitó el año pasado. La de “hemos jugado bastante, ahora vamos a destrozar esto”. Y cuando activan ese modo, lo mejor es apartarse. Cinco minutos tardó Fermín López en hacer el cuarto tras un pase en profundidad de Raphinha. Mano a mano, gol y sensación de que el Newcastle empezaba a ver la luz… pero al final del túnel equivocado.
El quinto llegó poco después, en un córner. Con Lewandowski cabeceando como en sus mejores tiempos. Volviendo a llamar a la puerta del gol. Celebración liberadora, sequía rota y mensaje enviado: el nueve también ha vuelto. Apenas diez minutos de la segunda parte y el partido ya era historia. Lo que quedaba era puro exhibicionismo.
Flick empezó a repartir minutos. Xavi Espart, Fallón, Dani Olmo… descanso para piezas clave y, sorprendentemente, Lamine Yamal seguía en el campo pese a estar apercibido. Pequeños misterios de la vida moderna. El Newcastle, mientras tanto, ya no defendía: dejaba pasar el tiempo. Error atrás, recuperación culé y séptimo gol de Raphinha para firmar su noche grande. Doblete, asistencia y sensación constante de peligro. Partido redondo. Por fin.
El 7-2 final fue tan contundente como engañoso. Sobre todo para quien no viera la primera parte. Porque esto no fue un paseo: fue una demolición progresiva. Las malas noticias llegaron en forma de lesiones: Joan García también cayó con problemas musculares, sumándose a Eric en la enfermería. Peaje habitual en este calendario salvaje. Pero el Barça ya está en cuartos. Y no como invitado. Como candidato.
