Trámite antes de las urnas

Había partido en el Nou Camp Nou. Aunque durante la semana casi nadie se hubiera enterado. La parroquia culerda estaba demasiado ocupada entre papeletas, debates, promesas electorales y el horizonte europeo frente al Newcastle. El Sevilla aparecía en el calendario como uno de esos recordatorios del móvil que uno desliza sin prestar mucha atención. Total, hacía casi un cuarto de siglo que no ganan ni en el viejo estadio ni en el nuevo. Más tradición que amenaza real.

Pese a todo, el líder salió con cierta prisa. Como si quisieran resolver rápido para llegar temprano al colegio electoral. Quién sabe si para votar en masa a Joan Laporta o simplemente para evitar colas. El caso es que a los veinte minutos el asunto ya era un puro trámite administrativo: dos penaltis y dos goles. Y el Sevilla mirando alrededor como quien entra en una reunión sin saber de qué va el PowerPoint.

El gran agitador del inicio fue El Canelo. El portugués, que en ataque vive como si fuera un extremo con patente de corso, se metió dos veces hasta la cocina. Primero lo derribó Sow y después obligó a Carmona a sacar la mano como último recurso. Dos penaltis más tontos que el Mandela Monguer pero claros. Y el siempre eficaz Raphinha los transformó con tranquilidad.

Tras el 2-0, el partido se empezó a mover a velocidad de sobremesa. Lógico por la hora del partido. El Barça ya no aceleraba porque no le hacía falta. Y el Sevilla parecía cómodo con una derrota honrosa. Entre tanto, el público se entretenía viendo el debut como titular de Espart en el primer equipo. Poco después llegó el tercero: jugada bien hilada desde Gerard Maldini hasta Bernal y asistencia final para que Dani Olmo, natural de Terrassa y de los que saben dónde está la portería, cerrase la jugada y el partido con el 3-0.

Pero el fútbol tiene esa costumbre de recordarte que la perfección no existe. Todo lo que Canelo ofrece en ataque lo paga en defensa. En el descuento de la primera mitad dejó su particular autopista por la banda derecha, por donde se escapó Sánchez para asistir a Oso. Definición sencilla ante Joan García y 3-1 para recordar que el Sevilla seguía por allí… aunque fuera por cortesía.

El susto duró poco. Tras el descanso, Flick movió el banquillo y retiró a un irreconocible Pedri para dar entrada a Fermín. Y el chaval tardó exactamente lo que dura una transición rápida en dejar su firma. Conducción, desorden en la defensa sevillista y balón que termina nuevamente en los pies de Raphinha. Remate del brasileño, ligero desvío defensivo en la verbenística defensa sevillista y el cuarto de la tarde subía al marcador.

Quedaba aún el momento de redención para El Canelo. El portugués se marcó una cabalgada de cuarenta metros, y tras un elegante recorte firmaba su primer gol como culé en esta segunda etapa. Un golazo con una celebración que desprendía cierto aroma a “¿decíais que era un parche?”. Mientras tanto, Viejowski mutaba en Ferranowski y fallaba ocasiones con entusiasmo industrial. Se está guardando los goles para la Champions. Elijo creer.

El partido estaba ya en la carpeta de “trámite resuelto”. Pero aún llegó una buena noticia más. Gavi volvía a jugar con el Barça seis meses después de pasar por el quirófano. El estadio celebró sus primeros minutos como si fueran un gol más. En el fondo lo era. El que sí llegó fue otro del Sevilla, simplemente para la categoría de “dato estadístico”.

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