El Barça despachó con solvencia al Villarreal. Un 4-1 tan contundente como poco discutible y se instala en el liderato de la Liga con la tranquilidad del que sabe que, ahora mismo, juega a otra cosa. Y sin DecepJong ni Pedri de inicio. Detalles. Porque si el equipo empieza a funcionar incluso cuando le faltan piezas importantes, es señal inequívoca de equipo serio. O, al menos, de uno que ha decidido dejar de dispararse en el pie cada domingo.
El partido arrancó con un Barça dominante. Paciente. Sin prisas pero sin pausas. Más y mejor que su rival desde el primer minuto. Tardaron en llegar las ocasiones, sí, pero daba la sensación de que el gol caería por su propio peso. Y en el centro del campo, Bernal se encargaba de recordarle a más de uno que el talento no siempre viene con cláusulas astronómicas ni campañas de marketing. Calidad, criterio y personalidad. Lo justo y necesario.
El que no necesitó mucho contexto para aparecer fue Lamine. Superlativo. Desatado. Indescifrable para su par, al que desquició hasta el punto de necesitar apoyo psicológico en el banquillo. A la media hora, robo de Fermín, asistencia y primer pase de rosca a la red. Marca de la casa. Poco después, el golazo de la tarde: doble regate, nueva rosca y a cobrar. Manual de cómo destrozar una defensa sin despeinarse. Casi hace el hat-trick antes del descanso, pero esta vez el balón decidió no colaborar.
Del Villarreal, poco o nada. Algún intento aislado, mucha intención y escasa ejecución. Hasta que, tras el descanso, en un córner mal defendido por la habitual defensa verbenera azulgrana, los de Marcelino marcaron casi sin querer. Susto momentáneo. De los gordos. Porque cinco minutos después pudieron empatar en una jugada nacida de una falta-robo a Lamine, pase largo rompiendo el fuera de juego, salida defectuosa de Joan García y Ayoze disparando fuera a puerta vacía. Habría sido interesante comprobar si el VAR se acordaba entonces de la falta. Spoiler: no.
Flick decidió que ya estaba bien de sustos. Dio entrada a Pedri. Y el canario tardó exactamente un minuto en coger el bastón de mando. Ordenó, pausó y, por si fuera poco, sacó el tiralíneas para asistir de nuevo a Lamine, que con otro pase de rosca firmaba su hat-trick. El primero de su carrera profesional. Seguro que no será el último. Y ahí, bandera blanca inmediata del Villarrural.
El partido murió del todo con una buena triangulación ofensiva. La que permitió a Jules Kounde asistir a Robert, el gol llama a su puerta, que marcó a puerta vacía. Está crepuscular el polaco, sí. Pero incluso así, un poco de Lewa sigue siendo bastante más que un mucho de Fallon.
Liderato sin fisuras. Fútbol reconocible. Y una sensación peligrosa: la de que este Barça empieza a creerse lo que hace. Y si Lamine sigue en este nivel, soñar con remontar al Patético deja de ser un ejercicio de fe para convertirse en algo razonablemente posible.
