Manual de errores: un nuevo capítulo

Venía el Barça avisando desde hace semanas. Jugando a la ruleta rusa con el fútbol y perdiendo casi siempre. Y en Montilivi, ante un Girona serio, y con las ideas clarísimas (las que nunca tiene cuando enfrente visten de blanco), volvió a pagarlo caro. 2-1 y sensación de déjà vu permanente para un Barça que repite errores como si fueran virtudes.

Porque el guion fue el de siempre. Inicio con cierto dominio, posesión de balón, llegadas… y nada en la red. Imposible aspirar a campeonar cuando se falla más que una escopeta de feria. El Barça tuvo ocasiones, pero las desperdició con una alarmante naturalidad. Y cuando perdonas tanto, el fútbol —que no olvida— te pasa factura.

El Girona se defendía con orden. Y, cada cierto tiempo -demasiado a menudo, habría que añadir- salía a morder. Y ahí aparecía Joan Garcia, sosteniendo a los suyos. El centro del campo azulgrana no terminaba de carburar. No fluía. No mandaba Frenkie DecepJong que volvía por sus fueros… concretamente los de los últimos seis años. Cada vez más cerca de quedar en la historia como otro Sergi Tormento que como un Busquets. Dani Olmo por su parte, no estaba cómodo: ni defendía ni atacaba. En tierra de nadie. Y Fermín reincidía en su pollosincabecismo: queriendo estar todo el tiempo en todas partes y no estando bien en ninguna.

Arriba, la situación no mejoraba. Fallón Torres no recibía y, si no recibe, no existe. Raphinha tenía el punto de mira torcido: lo que la temporada pasada iba dentro, ahora va fuera o al palo. Más de treinta acumula el equipo. Y luego Lamine. Todomal. Actitud medio pasota, buscando siempre la genialidad, el megagol, el pase que nadie ve… pero no era el día. Y en vez de buscar lo fácil, insistía en el error. No siempre se puede ser Messi excepto si eres Messi. Menos aún si tu referente es Neymierda: acabas por parecerte a él. Dentro y fuera del campo.

Al filo del descanso llegó la jugada clave. Penalti claro de Blind. La lógica decía que lo lanzase Raphinha. Pero no. Lamine quiso desquitarse. Como el triplista que lleva 0/12 y se juega el último tiro. Todo Montilivi sabía lo que iba a pasar. Y pasó. Al palo. Otro más.

Pero el palo de verdad estaba por llegar: la segunda parte blaugrana. Que empezó, sorprendentemente, bien. Gol de Cubarsí tras un gran remate de cabeza, el primero del canterano en Liga. Pero la alegría duró menos de dos minutos. Algo ya casi habitual. Pasotismo defensivo, pasillo de cortesía y Lemar rematando solo en el área pequeña para fusilar a Joan García.

Quedaba tiempo. Mucho. Se esperaba el paso adelante del Barça. Pero lo dio el Girona. A base de contras, una tras otra, convirtiendo al portero azulgrana en el mejor de su equipo. No hace falta decir nada más. Joan las sacó de todos los colores. Y por si faltaba algo, apareció Soto Atraco. Un pisotón clarísimo a Kounde en la frontal acaba en robo (también de balón), disparo y gol. Nadie en el VAR vio —o quiso ver— nada. Ni se ven piscinazos del Mandela Monguer, ni se ven pisotones a jugadores azulgrana. Todo OK, José Luis.

Los cambios de Flick no arreglaron nada. Sirvieron, eso sí, para confirmar la artrosis galopante de Viejowski, más oxidado que la puerta de un camarote del Titanic. Sus minutos dejan claro que un ‘9’ es prioritario. Porque este equipo genera ocasiones —como ya pasaba el año pasado—, pero ahora no las mete. Y concede una barbaridad.

Se tiró la Copa hace unos días. Y en Girona se repitió un partido casi igual de pésimo, teniendo en cuenta el rival. Demasiadas monedas al aire. Demasiadas cruces seguidas. Quién sabe si no estamos, simplemente, ante el principio del fin.

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