El Barça–Bilbao arrancó con un engaño clásico. Ese que tanto gusta a los castellanos del norte cuando no juegan en San Mamés: igualdad aparente, disputas, alguna carrera con fe… hasta que el Barça decidió tomárselo en serio. Fue entonces cuando el combate dejó de serlo y pasó a parecer una sesión de sparring entre un peso pesado aburrido y un peso pluma voluntarioso. Quince minutos largos bastaron para que el ring quedara inclinado y el Bilbao, aturdido, mirara al banquillo buscando la toalla. Lo único que vio fue la cara de Don Honesto Vaypierde (otra vez)
El primer guantazo lo soltó New Fallón. Su novedoso pelo largo empieza a confirmar teorías bíblicas: Sansón también era más peligroso cuando nadie osaba acercarse a sus greñas. Abrió la lata con determinación y dio paso al vendaval. Fermín, culminando una jugada coral de esas que el Barça Flickeano ejecuta cuando entra en “modo apisonador”, firmó el segundo. El tercero lo dibujó Noeswayne Rooney ridiculizando a su par con tanta facilidad que el defensa aún debe estar preguntándose si aquello contaba como deporte profesional. Y el cuarto, para completar la exhibición, lo puso Rabinha con un latigazo a la escuadra como quien no quiere la cosa.
Unai Simón salió en la foto de casi todos los goles. Más por obligación contractual que por eficacia real. Dio la sensación de que pudo hacer bastante más, aunque cabe la posibilidad de que el reciente resplandor de Joan García le haya deslumbrado o incluso dejado secuelas visuales.
Con el 4-0 el partido quedó archivado y prácticamente embalado. El aroma a goleada de época estaba ahí, pero faltaron ganas… o se impuso la realidad de tener que disputar una final en unos días. El Athletic, mientras tanto, agradeció en silencio que el rival levantara el pie del acelerador. Excepto Raphinha —Rabinha para los íntimos— que siguió percutiendo para cerrar la manita, más por insistencia personal que por necesidad. Porque el resto de la segunda parte fue un ejercicio de gestión del tiempo, del marcador y de la misericordia. El Barça dejó pasar los minutos como quien hojea un periódico ya leído,
Solo queda esperar rival en la final. Porque fue una noche plácida para un Barça que jugó a medio gas durante largos tramos y aun así firmó una goleada sin discusión. El 5-0 es un buen recordatorio de que, cuando este equipo se aplica, la diferencia con muchos rivales no es de matiz, sino de categoría. El Athletic pareció competir… hasta que el rival decidió que ya estaba bien del calentamiento. A partir de ahí, todo fue lógica. Y si no hubo goleada histórica fue porque el Barça no quiso. O porque alguien, con sentido institucional, decidió no saldar cuentas pendientes y devolver aquel 12-1 de 1931.
