Tras el aterrizaje de emergencia de la semana pasada, el Barça necesitaba volver a ganar. Y qué mejor manera de hacerlo que recibir al Alavés, uno de esos equipos que llegan al Camp Nou con la legítima aspiración de competir para terminar descubriendo que la diferencia entre los presupuestos también se refleja en el marcador.
Con la defensa convertida en erial, Flick agotaba las combinaciones posibles. Cada jornada un nuevo central, un lateral improvisado o un canterano al que se le comunica que va a debutar aproximadamente cinco minutos antes de salir al campo. Esta vez tocó el estreno de Brian Farinhas. Y, para completar el experimento, DecepJong de central. Solución que ante el Alavés puede parecer razonable, pues Frenkie tiene buena salida de balón, técnica y experiencia. Pero imaginar esa misma defensa en unos cuartos de final de Xempions frente al Bayern, significa que la eliminación europea no es una posibilidad: es una cita en el calendario.
Pero enfrente estaba el Alavés. Y en la Liga española, salvo contadas excepciones, el Barça puede permitirse licencias que en Europa se pagan con intereses. Ocho minutos de resistencia. No es mucho, pero tampoco conviene despreciarlo. Hay equipos que esta temporada han resistido menos. El Barça recuperó el balón, enlazó una triangulación magnífica y Fermín apareció para asistir a Raphinha, que sólo tuvo que empujarla a puerta vacía. Cuando el Barça juega así, todo parece extraordinariamente fácil. Y probablemente lo sea, siempre que enfrente no haya un equipo capaz de discutirle la posesión y obligarle a defender durante más de treinta segundos seguidos.
Poco después llegó el segundo. Otra vez Fermín. Esta vez por la derecha. El de El Campillo lanzó un centro-chut que terminó dentro de la portería. Uno de esos goles en los que el autor celebra con tanta convicción que resulta imposible saber si realmente pretendía marcar. Quizá buscaba un compañero en el segundo palo. Quizá intentaba un centro al área pequeña. Quizá simplemente le pegó y decidió dejar que el destino resolviera el asunto. El caso es que entró.
Laminga, por su parte, seguía en modo “partidos grandes”: Mal. Empeñado en complicarse la existencia incluso cuando la jugada pedía exactamente lo contrario. Tuvo una ocasión prácticamente a puerta vacía. Y falló. Pero fallo digno de Fallón Torres. Con un golpeo de balón que hubiese firmado el mismísimo Christophe Dugarry. Lo que pasa es que Laminga tiene talento suficiente para compensarlo casi siempre.
Quien sí parecía haber recuperado su mejor versión era Raphinha. El brasileño volvió a marcar. Doblete. Y la sensación de que aquel futbolista que empezó la temporada como una mezcla de Rivaldo y un trabajador de la construcción había regresado. Magnífica noticia para la Confederación Brasileña de Fútbol. Ya está listo para volver a disputar dos amistosos absolutamente imprescindibles que nadie recordará dentro de tres semanas contra alguna selección elegida mediante sorteo. Viajará miles de kilómetros. Jugará ciento ochenta minutos. Cantará el himno. Y regresará con alguna molestia muscular. Porque Raphinha es muy brasileño y mucho brasileño. Menos mal que el partido contra el Patético llega antes.
Con el 3-0, el partido estaba más que terminado. Y aquí conviene recordar una vieja soflama del gran Alfredo Di Stéfano: los goles importantes son los que llevan el marcador hasta el 3-0. A partir de ahí, salvo circunstancias excepcionales, lo demás suele ser decoración estadística. Nadie ha entendido mejor esta filosofía que Cipriano Romualdo. El portugués convirtió el arte de marcar goles irrelevantes en disciplina olímpica. Su colección incluye tantos memorables como el cuarto, quinto y sexto a Luxemburgo -dos de ellos de Penaldo- o aquel legendario séptimo gol en el 7-0 contra Corea del Norte. En el minuto 87. Goles que cambiaron el curso de la historia… de alguna clasificación individual. Pues bien, si hace unos días Laminga neymaraba, esta vez decidió ciprianear. Poco antes del descanso marcó el 4-0. Y en la reanudación hizo el quinto con suspense, inicialmente anulado por fuera de juego que no existía. No fue una actuación memorable. Pero terminó con dos goles. Y dentro de unos años, cuando alguien consulte las estadísticas, nadie recordará que el partido ya estaba resuelto. Cipri estaría orgulloso.
Y faltaba Gordon. Flick había apostado de inicio por Aydemí, dejando a Gordon en el banquillo. Una decisión que sirvió para que la sospecha empiece a tomar forma: el alemán es más peligroso cuando entra con el partido avanzado que cuando tiene que construirlo desde el principio. Es posible que su mejor versión sea la de revulsivo. Algo que no debería considerarse un demérito. Hay suplentes que terminan siendo mucho más decisivos que algunos titulares. Y a Gordon le pasó casi lo mismo, mejorando su rendimiento al entrar de refresco. Recibió en carrera, galopó por la banda y definió con clase. No es exactamente lo mismo encarar a un Tenaglia cansado que enfrentarse a Hakimi en París pero el inglés necesitaba una alegría después de dos partidos en los que había dejado la impresión de ser un futbolista correcto para encuentros incorrectos.
Con seis goles de ventaja, el Barça parecía encaminado hacia una tarde perfecta. Pero este equipo ha demostrado que, por muy superior que sea, el rival siempre encuentra alguna ocasión. Y que normalmente termina en gol. El Alavés necesitó bastante poco para demostrar que la defensa azulgrana sigue siendo un problema sin resolver. Esta vez el encargado de marcar fue Mariano, antiguo Mierder, instalado ya en el crepúsculo de una carrera que tampoco es que hubiera conocido demasiados amaneceres gloriosos. Gol del honor. Y nueva demostración de que marcarle al Barça no exige necesariamente un gran despliegue ofensivo.
El Barça recuperó sensaciones. Y volvió a demostrar que en la Liga española sigue existiendo una distancia enorme entre su potencial ofensivo y el de la mayoría de sus rivales. Pero no resuelve ninguno de los problemas que aparecieron en París y en el Clásico. El nuevo examen llegará en el Metropolitano donde no habrá ni tantas facilidades ni tantos espacios. Y donde probablemente tampoco alcance con poner a DecepJong de central y confiar en que el contrario no se dé cuenta.
