Houston, tenemos un problema

Era la semana en la que el cohete espacial Flick Weltraumrakete 3.0 debía alcanzar la estratosfera. Tras dos meses de fútbol exuberante, París debía ser una escala técnica y el Clásico, la confirmación definitiva de que la nave azulgrana viajaba hacia una temporada histórica. Pero el cohete empezó a perder combustible en Francia y terminó con un aterrizaje de emergencia en el Camp Nou. De vuelta a la Tierra.

Perder contra el PSG entraba dentro de lo asumible. Perder en casa contra el Mierdas, no. El estado de euforia era poco recomendable. Porque nadie se preguntaba si el Barça iba a ganar sino cuántos goles de diferencia serían necesarios para considerar satisfactoria la tarde. Cuando se supo que Courtois no jugaba, los pronósticos llegaban a los dos dígitos. También los de algunos aficionados mierders. Pero los Clásicos tienen la costumbre de no respetar nada. Bastaba recordar aquel Barça-Madrid de la temporada 2008-09. El mejor equipo de la historia, con nueve puntos de ventaja, recibía a un Madrid catatónico que se presentó en el Camp Nou con un equipo confeccionado por sorteo entre los empleados del Bernabéu: Gago, Drenthe, Patapalo Baúl, Saviola y Palanca. Y en el minuto 85 seguían 0-0. Acabó 2-0, sí, pero costó Dios y ayuda. Y ni este Barça es aquel Barça, ni este Mierdas es aquel Mierdas. Conviene recordarlo antes de reservar hoteles para la final de la Xempions.

Además, el Barça llegaba con la defensa en cuadro. Y de postre, llegó la sanción del CTA al Mandela Monguer con los esperados efectos beneficiosos para los blancos. Ya sólo falta que aparezca algún jeque dispuesto a pagar cien millones por él y se lo lleve a Arabia. Sería la catástrofe definitiva. El Mierdas decidió aprovecharlo. Mugrinho, en decisión extravagante por su carácter excepcional, salió con jugones en el centro del campo. Gente capaz de asociarse. De tocar el balón. Incluso de mirar hacia la portería contraria sin esperar una orden expresa del banquillo. No es que el Mierdas ofreciera una exhibición futbolística, pero sí consiguió algo que pocos equipos habían logrado esta temporada contra el Barça: llevar el partido al terreno que le interesaba. Y durante toda la primera mitad dio la sensación de que se jugaba a lo que quería el Mierdas. Los blancos igualaron la intensidad azulgrana, ganaron las segundas jugadas y encontraron espacios para lanzar a sus velocistas. Todo ello acompañado de una generosa colección de faltitas, pataditas y contactos que el árbitro administró con una permisividad bastante conveniente. Pero sería demasiado fácil explicar el partido por el arbitraje.

El Madrid jugó bien y el Barça, bastante mal. En el Barça, casi nadie estaba a la altura. Gordon confirmó que le vienen grandes los partidos gordons. Trabajador, voluntarioso, disciplinado y con cara de buen chaval. Virtudes todas ellas muy respetables, pero insuficientes cuando enfrente no está el Elche y se necesita un futbolista desequilibrante. Cuando llega el momento de marcar diferencias, no le da. Raphinha, tras su lesión, tampoco ha recuperado aquella versión de comienzos de temporada en la que parecía dispuesto a superar todos los registros goleadores conocidos. Y Laminga Mal estuvo, efectivamente, muy mal. El 10 firmó una actuación de un neymarismo preocupante. Empeñado en hacer siempre la jugada más difícil, el regate más espectacular y la acción que mejor quedaría en un vídeo de TikTok. Cucurella se lo comió con patatas, ensalada y guarnición. Laminga tiene un talento extraordinario, probablemente el mayor de su generación. Pero no está obligado a demostrarlo en cada balón.

El centro del campo tampoco carburó. Rodri estuvo desbordado y Pedri firmó uno de esos partidos que cuesta recordar en un futbolista de su nivel. Llegaba tarde. Perdía balones. Elegía mal. Y apenas encontraba espacios. No está claro cuánto mérito corresponde al buen planteamiento madridista y cuánto demérito al pésimo rendimiento colectivo e individual azulgrana. Probablemente una combinación de ambas cosas. Porque el Mierdas presionó bien, cerró líneas y consiguió que el Barça jugara incómodo. Y cuando el Barça pierde el control del centro del campo, su defensa empieza a parecer una puerta giratoria. Los velocistas blancos encontraron varias oportunidades para correr y meter el miedo en el cuerpo. Aun así, el partido parecía encaminado al descanso sin goles. Hasta que Diomandé se internó por la izquierda y provocó un despeje defectuoso de Gerard Martin -oh, balla, no me lo hexperava-, el balón rebotó en la rodilla de MeFlippe y terminó dentro de la portería azulgrana. 0-1. Un gol poco artístico, pero válido. Y con una consecuencia inmediata: el Camp Nou empezó a comprender que aquella tarde iba a ser bastante más complicada de lo previsto. El cohete seguía perdiendo altura.

Tras el descanso, el Barça metió una marcha más. Como acostumbra, salió con mayor intensidad, adelantó líneas y empezó a encerrar al Madrid en su campo. O, al menos, eso parecía. Porque nunca quedó claro si el Barça estaba sometiendo al rival o si Mugriño había decidido que el mejor lugar para esperar era su propia área. El Mierdas se siente extraordinariamente cómodo defendiendo y saliendo a la contra. El Barça acumulaba posesión y algunas ocasiones. El Mierdas acumulaba espacios y cada contraataque provocaba un pequeño infarto colectivo en las gradas. Hasta que llegó el empate. Pedri, en su única acción brillante, aprovechó un despiste defensivo madridista en un córner y encontró a Raphinha, que también decidió reservar para aquella jugada su única intervención decisiva de la tarde. El brasileño disparó. El balón no salió especialmente fuerte. Ni especialmente colocado. Pero bajo palos estaba Lunin. Resultaba imposible no pensar que con Courtois aquel balón probablemente no habría entrado. Aunque conviene reconocer que poco después Lunin compensó el error con una parada extraordinaria que evitó el 2-1. Y ahí estuvo el momento decisivo para el Barça.

Durante unos minutos pareció que la remontada era posible. El Camp Nou empujaba y el Mierdas empezaba a sufrir. Un espejismo. El canto del cisne azulgrana. Pasado el arreón, el Barça siguió teniendo el balón sin hacer demasiado daño. Y el Mierdas volvió a sentirse cómodo. Flick, espeso como su equipo, tardó demasiado en mover el banquillo. Los cambios llegaron. Pero no arreglaron gran cosa. Y entonces apareció DecepJong. No es que Frenkie jugara mal. En los minutos que estuvo sobre el césped no cometió ningún error especialmente grave ni fue responsable directo de la derrota. Pero hay futbolistas que transmiten liderazgo. Frenkie transmite derrotismo. Hay jugadores que farmean aura. De Jong farmea looserismoTras regresar a las convocatorias, la semana que el Barça pierde dos partidos, DecepJong desprende un inquietante aroma a “conmigo no se va a ganar la Xempions en la vida”.

El caso es que el Barça no encontraba soluciones. Y el Madrid esperaba. Cuando casi todo el mundo firmaba el empate, llegó la estocada final. Bellinjuan recibió el balón y, por unos segundos, decidió disfrazarse de Zidane. Una ruleta extraordinaria. Tres rivales eliminados. Y un pase para Carapinga. El francés, que probablemente debería haber terminado el partido antes por su tendencia a repartir coces y pisotones, resolvió la jugada con enorme calidad. Se deshizo de Cubarsí mediante un gran gesto técnico y encontró a MeFlippe. 1-2. El Madrid acababa de ganar el Clásico con una jugada magnífica. Y eso dolía todavía más. Y llegó cuando el Barça ya no tenía tiempo ni ideas para reaccionar. El cohete de Flick terminó estrellándose contra la realidad.  Dos derrotas. Seis goles encajados. Y una semana que debía confirmar la superioridad azulgrana convertida en una cura de humildad bastante desagradable.

Lo peor de la derrota no son los tres puntos. Es haber devuelto al Mierdas a la pelea por el título. Porque este Mierdas llevaba semanas sobreviviendo gracias a goles milagrosos de Espi, resultados inverosímiles y una capacidad casi sobrenatural para sacar puntos de partidos en los que no había merecido demasiado. Si el fútbol respondiera a una lógica razonable, los blancos habrían llegado al Clásico a diez puntos. Y habrían salido del Camp Nou a trece, pensando más en clasificarse para la próxima Xempions que en disputar la Liga. Pero el fútbol no es lógico y el Mierdas acaba de recibir una vida extra. Por eso urge que vuelva el Mandela Monguer. Cuanto antes. Que termine la sanción. Amnistía, por favor.

Scroll al inicio