Flick empezó con las rotaciones. La temporada es muy larga y septiembre no es momento para fundir motores. Entraron Cancelo, Koundé y Adeyemi como principales novedades y salió un Barça distinto en nombres pero igual en funcionamiento. El equipo está tan aceitado, tan en modo 2024-25, que se cambian piezas y el mecanismo sigue funcionando. Ni tres minutos necesitó para demostrarlo. Laminga Mal encontró un pase filtrado y Rabhinha se sacó su ídem. El brasileño recibió dentro del área, amagó genialmente para sentar a dos defensores neerlandeses y marcó el 1-0 con esa naturalidad con la que últimamente hace casi todo. A estas alturas no juega partidos: actualiza estadísticas.
El Barça no necesitó acelerar mucho más porque el Feyenoord tampoco parecía exigirlo. Los azulgrana movían el balón con una comodidad insultante para tratarse, al menos sobre el papel, de un partido de Champions. Pedri mandaba, Rodri ordenaba y los de arriba encontraban espacios suficientes como para montar una promoción inmobiliaria. Antes de la media hora llegó el segundo. Adeyemi agarró el balón y soltó un derechazo a la escuadra. Partido finiquitado. No porque dos goles sean una distancia insalvable en Europa, sino porque bastaba mirar el césped para comprender que aquello no iba a cambiar demasiado. El Barça jugaba con una marcha menos y aun así minimizaba a un rival que, por momentos, parecía más el Celta Fortuna que el Feyenoord. Ayudaban tanto el nivel futbolístico como los colores de la camiseta. Resultaba difícil relacionar aquello con un antiguo campeón de Europa. Del Feyenoord de 1970 queda el nombre, el escudo y suponemos que alguna fotografía en las oficinas.
El Barça pudo irse al descanso con la goleada ya terminada. Cancelo, especialmente activo en su regreso al once, estrelló un disparo en el palo y hubo alguna ocasión más ante una defensa neerlandesa que tenía la inquietante costumbre de dejar siempre a alguien solo. El 2-0 al descanso era corto. Y la sensación de manita empezaba a flotar por el Camp Nou. La segunda parte confirmó rápidamente que el partido sólo tenía pendiente decidir el tamaño del resultado. Pedri, que andando también juega más rápido que los demás, recibió en el centro del campo. Caminó. Miró. Esperó. Y encontró a Raphinha. El tercero. Mientras Rodri, observaba la escena con una expresión que parecía decir: “Son muy malos. Pero muy, muy malos”. Probablemente no lo dijo. Tampoco hacía falta.
Con el trabajo terminado, Flick empezó a repartir descansos. Raphinha se marchó ovacionado. Y cedió el brazalete a Lamine. Capitán del Barça con 19 años. Y parece que le gustó la experiencia. Porque poco después llegó su gol de falta. Oficialmente de Lamine. La asistencia debería repartirse entre los jugadores de la barrera. El neo capitán encontró después a Gabriel Jesus para que el brasileño marcase su primer gol de azulgrana. Otro delantero que supera la cifra de Dugarry como goleador del Barça. Podrán igualarlo. Superarlo, jamás. Eterno Christophe.
Entre tanta felicidad hubo, naturalmente, un momento para recordar que nadie es perfecto. Especialmente Koundé. El francés volvió a cometer un error defensivo que terminó en el único gol neerlandés. Tercer fallo grave suyo esta temporada. Tres errores. Tres goles encajados por el Barça. Una eficacia extraordinaria. Jules empieza a opositar seriamente al puesto de Araujo de esta Xempions: ese defensa capaz de encontrar la única acción posible para complicarte una eliminatoria. Hoy no había eliminatoria que complicar. Pero mucho tendrá que mejorar si quiere consolidarse como titular porque Flick dispone de demasiadas alternativas como para repartir minutos por antigüedad.
La Liga había empezado bien. La Xempions, también. Con un Barça que decidió recibirla como viene recibiendo últimamente a casi todo el mundo: a goles. Y el equipo de Flick arrancó su competición pendiente con una exhibición que tuvo la misma emoción de comprobar si una apisonadora puede pasar por encima de una lata de refresco. Puede.
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