Cuando se juntan el mejor Barça y el peor Valencia pueden pasar estas cosas. En realidad, pueden pasar cosas bastante peores. Porque el 0-5 fue casi benévolo con un equipo valencianista que durante demasiados minutos pareció un invitado accidental a su propio partido. El Barça necesitó menos de cinco minutos para explicar quién era quién, marcó dos antes del descanso, levantó ligeramente el pie pensando quizá en la Xempions y, cuando volvió a pisar un poco el acelerador, metió tres más. Si hubiera necesitado diez, probablemente los habría marcado.
Laminga Mal tardó menos de cinco minutos en continuar donde lo había dejado hace unos días. Recibió, encaró y marcó un golazo para poner el 0-1 prácticamente antes de que Mestalla hubiera terminado de acomodarse. Poco después llegó el segundo. Anulado. Pero daba exactamente igual. Porque el gol no subió al marcador, pero confirmó algo mucho más importante: no iba a haber partido.
El Valencia era un pelele en manos del Barça. Por momentos la diferencia resultaba hasta incómoda. Los azulgrana movían el balón de un lado a otro mientras los locales perseguían camisetas como quien intenta atrapar palomas en una plaza. Mestalla, que durante décadas fue uno de esos estadios donde salir con un empate parecía un negocio razonable, asistía resignado a una superioridad que ya empieza a convertirse en costumbre.
Fermín estuvo a punto de marcar después de una jugada directamente messiánica. Arrancó, rompió líneas, dejó rivales por el camino y terminó estrellando el balón contra el palo. Le faltaron unos centímetros para firmar uno de los goles de la jornada. No tardó demasiado en cobrarse la deuda. Llegó el 0-2 y Fermín volvió a recordarnos una de esas injusticias inexplicables del fútbol: este chico debería tener ya un Mundial en su palmarés. La lesión le dejó fuera de un campeonato en el que, viendo su nivel, seguramente habría tenido un papel protagonista mientras inexplicablemente tuercebotas históricos han levantado la Copa del Mundo, viven los Vampeta, Mustafi o Dugarry. Eterno Christophe.
Aún más inexplicable era que al descanso el marcador solo reflejase un 0-2. Porque aquello tenía más pinta de un 1-5. Sí, un 1 porque el Valencia llegó una vez con peligro. Pero allí apareció Joan García para recordar que en este Barça hasta el portero parece empeñado en mantener el nivel general. Una primera parte que dejó además una pequeña delicatessen de Rodri. Un gesto técnico de esos que parecen sencillos hasta que recuerdas que llevas siete años viendo a DecepJong necesitar tres toques para llegar al mismo sitio. La llegada de Rodri es una magnífica noticia. Lástima que lo haya hecho siete años tarde.
La segunda parte arrancó con el único misterio que quedaba por resolver: saber por cuánto iba a ganar el Barça. El resultado seguía siendo suficientemente corto como para que las matemáticas mantuvieran con vida al Valencia, aunque el fútbol hacía tiempo que había emitido el certificado de defunción. Y entonces apareció, cómo no, Raphinha. Otro gol. Y la candidatura al Pichichi que ha dejado de ser una broma para convertirse en un asunto real. Un 0-3 con el que el Barça se relajó. La Xempions asoma en el calendario y tampoco parecía necesario cometer delitos contra un cadáver. Flick bajó revoluciones, el equipo administró esfuerzos y el Valencia disfrutó de algunos minutos en los que al menos pudo recordar qué forma tenía el balón.
Pero a este Valencia no le da para más. Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que puntuar en Mestalla se celebraba. El Valencia competía Ligas, jugaba finales europeas y tenía futbolistas que podían mirar de frente a cualquiera. Kempes, Mijatovic, Aimar, Piojo López, Villa, Silva y tantos otros. Ahora uno mira la alineación y encuentra bultos sospechosos como Elliott, Tárrega, Aliou o Ugrinic… que explican que en las últimas quince temporadas el Valencia sólo le haya ganado dos veces al Barça en Mestalla. Y una de ellas, la del curso pasado, habría que acompañarla de un asterisco del tamaño de la Ciudad de las Artes y las Ciencias porque los azulgrana llegaron con la Liga ganada y mentalmente eligiendo destino de vacaciones. Una decadencia che que lleva tanto tiempo anunciándose que ya ni sorprende. Temporada tras temporada coqueteando con el descenso, reduciendo expectativas y convirtiendo un club histórico en un equipo cuya gran aspiración empieza a ser que haya tres peores. Algún año la ruleta dejará de perdonar.
El Barça, mientras tanto, decidió que tres eran pocos. Pedri, que había firmado otro partido soberbio sin necesidad de hacer demasiado ruido, puso el cuarto. Una de esas actuaciones suyas en las estadísticas no te explican que el partido entero había pasado por sus botas. Y todavía faltaba la firma de Laminga Mal, que había abierto la noche y decidió también cerrarla. Circularidad narrativa, que dirían los guionistas, para que el marcador finalmente se acercara un poco más a lo que había ocurrido sobre el césped.
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