El líder gana sin prisas

El líder recibía al colista. Como quien invita a pasar a casa a un viejo conocido sabiendo que, tarde o temprano, acabará pidiendo café. Sin prisas, sin dramatismos y, sobre todo, sin demasiada tensión. Porque el Barça afrontaba el choque con la tranquilidad de quien sabe que la fruta está madura y solo hay que esperar a que caiga… o sacudir un poco el árbol en la segunda parte.

Y así fue durante la primera mitad. El conjunto azulgrana jugó como si tuviera el partido marcado en la agenda entre paréntesis. El Oviedo, muy serio, bien plantado y con más dignidad que miedo, llegó a creer que aquello iba en serio. Amenazó un par de veces a Joan García —amenazas de cortesía, eso sí— sin obligarle a mancharse el uniforme.

Los de Flick, mientras tanto, acusaban la ausencia de Pedri. Como cuando notas que falta sal en la comida: los ingredientes están ahí, pero nada termina de tener sabor. Lamine y Rabhinha vivían aislados, los balones no les llegaban y el único disparo a puerta culé apareció en el añadido, casi por compromiso, como para justificar la estadística.

El descanso sirvió para recordar algún que otro pequeño detalle. El Barça era el líder y el Oviedo el colista por algo. Y que apretar arriba suele tener efectos secundarios en defensas modestas. Volvió la presión alta, volvió el colmillo y, curiosamente, desapareció el suspense.

La primera sacudida la dio Lamine. El Chaval mordió arriba, forzó la pérdida y permitió que el balón acabara en Dani Olmo. El de Terrassa, enchufado en este tramo de temporada, hizo lo que se espera de alguien de su calidad: mirar, cruzar y cobrar. 1-0 y se acabó el suspense.

Cinco minutos después, la presión adelantada volvió a hacer de las suyas. Esta vez con la colaboración entusiasta de David Costas, que decidió regalarle el balón a Rabhinha. El brasileño, educado, agradeció la cortesía picando el balón en el mano a mano. 2-0 y el partido camino de cerrar el trámite.

Con el Oviedo ya tocado, Lamine se soltó definitivamente. Avisó primero con un buen disparo y sentenció después con un remate de semichilena tras centro con el exterior de Dani Olmo. Un gol de esos que parecen diseñados para el resumen del lunes. 3-0 con casi veinte minutos por delante y el encuentro oficialmente entraba en esa categoría difusa conocida como “minutos de la basura”.

El Barça levantó el pie. El Oviedo aceptó su destino y el Nou Camp Nou solo se activó de nuevo para aplaudir a Santi Cazorla, jornalero de la gloria, futbolista de los que dignifican cualquier partido, incluso los que están decididos desde el comienzo. Victoria cómoda, sin sobresaltos y con la sensación de que el Barça ganó exactamente cuando quiso. Como quien llega tarde a una cita… sabiendo que le van a esperar.

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