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Crónica

Cuando el fútbol se equivoca

El fútbol es el deporte más injusto que existe. Y si alguien alberga todavía alguna duda, que se vea el último Real Sociedad–Barcelona. Un partido que confirma que esto no va de jugar bien, ni siquiera de jugar muy bien, sino de acertar el día exacto en el que el balón decide no odiarte. Porque este partido estaba destinado a ser un homenaje a Aterriza como puedas. Elegí un mal día para dejar de fumar. Elegí un mal día para dejar de beber. Elegí un mal día para dejar los calmantes. Elegí un mal día para dejar de esnifar pegamento. Cualquiera de esas frases serviría. Porque el Barça, claramente, eligió un mal día para jugar al fútbol.

Los de Flick dominaron el partido de cabo a rabo. De principio a fin. De norte a sur. Con balón, sin balón, con pausa, con vértigo. Lamine Yamal, en modo “crack generacional que hoy sí le apetece recordárselo al mundo”, destrozó a su par una y otra vez, como hacía tiempo que no se le veía. El Barça tiró a puerta tropecientas veces. Literalmente.

Pero claro, apareció el VAR. Ese invento maravilloso creado para impartir justicia… siempre que sea microscópica, quirúrgica y, a ser posible, contra el mismo. Dos goles anulados. El primero, a Fermín, por una falta previa de las que si la comete alguien de blanco es un “sigan, sigan” tan claro que hasta el árbitro pide perdón por haber pensado en pitarla. El segundo, a Lamine, por un fuera de juego detectado en uno de los talones de la hormiga que el chaval llevaba adherida a uno de los tacos. Un penalti también anulado, precedido —cómo no— de otro fuera de juego residual. El VAR no mejora el fútbol: lo está disecando.

Y entonces llegó la Real. O mejor dicho, llegó una vez. Primera aproximación seria. Centro, balón suelto, y Oyarzabal empalma una volea para fusilar a Joan García. 1-0. La Real no se lo creía. El público tampoco. El Barça, menos aún. Pero así es este deporte: injusto, cruel y con un gran sentido del humor negro. Al descanso, los de Matarazzo se iban por delante sin saber muy bien cómo, ni por qué, ni en qué momento habían firmado ese contrato con la fortuna.

La segunda parte fue más de lo mismo. Dominio absoluto azulgrana. Llegadas constantes. Palos -hasta cinco- tiros desviados por milímetros, centros envenenados. Y Remiro, reclamando su plaza para el Mundial mediante métodos poco ortodoxos: vudú, rezos ancestrales y la camiseta de Arconada, de la que pareció absorber el espíritu.

Los cambios no alteraron la dinámica. El Barça siguió atacando con fe, con fútbol y con orgullo. Hasta que Rashford, aprovechando una asistencia magnífica de Lamine, empató el partido. 1-1. Y en ese instante, todos —aficionados del Barça, de la Real y probablemente hasta el utillero— sabían que se venía la remontada flickeana. Era inevitable. Estaba escrita.

Pero no. Era el día en el que todo salía al revés. Porque en la jugada siguiente, un mal ajuste defensivo, un despeje mejorable de Joan García y Guedes, que remacha el 2-1 como quien gana la lotería sin haber comprado décimo. Anoeta estalló. El Barça, incrédulo, volvía a empezar.

Y lo siguió intentando. Por activa y por pasiva. Por arriba y por abajo. Por dentro y por fuera. Con fútbol, con carácter y, llegado el punto, por cojones. Nada funcionó. Cuando no es el día, no es el día. El balón rechazaba el gol como si tuviera principios morales.

Queda el consuelo de que, jugando así, se perderán muy pocos partidos. Y queda también la tranquilidad de que ver al Mierdas soñando con la Liga por estar a un punto solo demuestra que no vieron el partido. Porque hoy, en Anoeta, se vio más fútbol que en todos los encuentros merengues juntos esta temporada.