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Desde el barrio rojo: 14 lustros

Una noche escuché en televisión a un sociólogo holandés decir que la pregunta más repetida en las

tertulias de sobremesa de la población nacional durante la segunda mitad del siglo XX había sido

“¿dónde estabas tú el Día de la Liberación?”. El mismo sociólogo pronosticaba que la pregunta más

repetida en la primera mitad del siglo XXI iba a ser “¿dónde estabas tú el día que murió Johan Cruyff?”.

Yo estaba lejos de casa. Recuerdo que cuando supe la triste noticia pensé: “tantos años viviendo en

Holanda y su muerte me pilla fuera del país”. Regresé a Amsterdam unos días después y a primera hora

de una mañana fría y desangelada de Lunes Santo cogí el tranvía número 9 para ir al barrio de

Watergraafsmeer, al este de la ciudad, y despedirme de Johan.

 

En el corazón de Watergraafsmeer existe un vecindario llamado Betondorp (“el pueblo de hormigón”).

Fue un vecindario construido en los años 20 del siglo pasado por iniciativa del ayuntamiento de

Amsterdam ante la escasez de viviendas baratas que había en la ciudad después de la Primera Guerra

Mundial. Para reducir los costes se empleó principalmente el hormigón porque era un material de

construcción barato y porque no necesitaba una mano de obra numerosa. El vecindario se pobló de

viviendas de alquiler habitadas por familias de clase trabajadora. El clan Cruyff se estableció en el

número 32 de la calle Akker.

 

Aquella fría mañana caminé por las desiertas calles de Betondorp y no tardé en encontrar una acera

repleta de flores, velas, balones, bufandas y mensajes de agradecimiento y de condolencia depositados

por decenas de aficionados. Y en silencio me imaginé a un Johan niño, hijo de la posguerra, correteando

por esas mismas calles con una inseparable pelota, chutándola y haciéndola rebotar en aquellas paredes

de hormigón, o tal vez echando una mano en el pequeño puesto de frutas y verduras que su padre tenía

en el vecindario.

 

Muy cerca de la calle Akker se hallaba el viejo estadio del Ajax, De Meer, donde la madre de Cruyff se

encargaba de la limpieza de los vestuarios. Johan visitó el estadio por primera vez cuando tenía cinco

años y De Meer se convirtió pronto en su segundo hogar. Cuando tenía diez años aquel niño flaco fue

escogido para jugar en las categorías inferiores del club. Y con diecisiete años, el 15 de noviembre de

1964, debutó con el primer equipo del Ajax marcando un gol. El estadio De Meer fue demolido en 1996

y en su lugar se construyeron 700 viviendas. El único vestigio que se conserva del antiguo estadio es una

indicación del lugar donde estaba ubicado el saque de centro.

 

Y mirando el reloj de la torre de la calle Brink pensé en la crueldad del tiempo y en la provisionalidad de

los lugares y de las personas.

 

Una fina lluvia empezó a caer sobre Watergraafsmeer. Volví sobre mis pasos dejando atrás las calles de

hormigón y me subí de nuevo al tranvía para irme al sur de la ciudad y visitar el memorial en homenaje a

Cruyff organizado por el Ajax en el Amsterdam Arena.

 

Ha pasado trece meses desde entonces y hoy Johan cumpliría 70 años. 14 lustros. Siempre 14.

Gracias por todo, maestro.

Disfruten lo votado

Me temo que el fallecimiento de Johan ha engendrado una maldición al estilo de la del Benfica con Bela Bartok , Bela Lugosi , Bela Guttman, y durará hasta que volvamos a los orígenes: fútbol de posición y posesión, abundancia de centrocampistas en la sala de máquinas, presión alta para recuperar la pelota y la ocupación racional de los espacios.

Ahora los tribuneros-botiguers comprobarán sorprendidos que detrás del cartón piedra del ‘tridente y triplete’ no hay nada más que pollos con la UEFA, con Hacienda, con los Tribunales, con Qatar, con un fútbol base devaluado, con una empresa turca de lavadoras en la manga de la camiseta (paguemos un pastón por Arda, no le necesitamos pero nos abrirá mercado allí)…

Disfruten lo votado.

In Pep we trust.

Klaatu barada nikto.

El día que cumplimos 111 años

F.C. Barcelona, 5-Real Madrid C.F., 0. No se trata de una paradoja temporal ni es un cuento de Borges. No estamos en enero de 1994. El espejo no engaña: más arrugas, más canas, más kilómetros en el contador. Han pasado casi diecisiete años que, parafraseando el viejo tango, no es nada. La estrella del Barça es un delantero bajito pero ya no se llama Romario sino Messi.  El crack argentino no ha conseguido marcar pero ha ofrecido un exquisito catálogo de asistencias, regates y filigranas. No hubo ‘cola de vaca’ pero sí lentos rumiantes en la defensa rival. Pep Guardiola ya no ejerce de metrónomo en el centro del campo, ahora es el faro que guía a la nave institucional desde el banquillo. El arquitecto a ras de césped se llama Xavi Hernández y en esta noche mágica marcó el primer gol del partido y reivindicó su condición de favorito para obtener el Balón de Oro.

Estamos en 2010. El impresionante mosaico en un Camp Nou abarrotado es la antesala de una noche lluviosa y eléctrica. Benito Floro no se sienta en el banquillo visitante, la gran esperanza blanca se llama Mourinho. El técnico luso ha encajado la mayor goleada en su exitosa carrera como entrenador. “Una derrota fácil de digerir”, dice sin mucho poder de convicción en la rueda de prensa posterior al partido. Resulta imposible destacar a un único jugador azulgrana: el pundonor del gran capitán Puyol, los dos goles del Guaje Villa, la telaraña de toque, control y posesión tejida pacientemente por Sergio, Iniesta y Xavi, el conmovedor derroche de Pedro… El huracán barcelonista fue devastador y arrasó a un Real Madrid minúsculo, convertido en un muñeco de trapo, un gigante con pies de barro, un pálido espectro. Felicidad, orgullo, gargantas rotas.

Estamos en 1994. El cinco a cero lo marca Iván Iglesias pero esta noche va a ser el turno de Jeffren. La historia se repite y un actor de reparto sin frac ni pedigrí se cuela por sorpresa en la fiesta para marcar un quinto gol que desata caballos salvajes de alegría y recuerdos: Stoichkov sonríe, Bruins Slot levanta la mano hacia el cielo barcelonés con los cinco dedos extendidos, un gesto que esta noche imita Gerard Piqué con la complicidad de una grada entregada a la causa. Guardiola agradece ante los micrófonos el legado de Cruyff, con un discurso elegante y milimétrico donde no caben reproches a las groserías de Cristiano Ronaldo o Sergio Ramos. Es 29 de noviembre de 2010. F.C. Barcelona, 5-Real Madrid C.F., 0. El espejo no engaña: más arrugas, más canas, más cicatrices en el alma. Pero el mismo brillo febril en los ojos y una idéntica sonrisa de felicidad en los labios.

No le faltaba razón al histrión portugués: hoy, mañana y siempre, el Barça en el corazón.

En el día que cumplimos 111 años.

Desde el Barrio Rojo: Jesper Olsen

“Jesper, Jesper, Jesper… ¡Eso es letal!” – Svend Gehrs, comentarista deportivo de la televisión danesa, 1986.

Desde la fulgurante irrupción de la Naranja Mecánica en 1974 no se había visto un outsider igual: Dinamarca disputaba en 1986 el primer Mundial de su historia gracias al talento exquisito de una selección cuya columna vertebral formaban el caudillo Morten Olsen en defensa, el inagotable fuelle de Soren Lerby en la medular y dos jugadores antagónicos pero complementarios en ataque: el gigante Preben Elkjaer Larsen se encargaba de la potencia y la orfebrería era asunto del elegante Michael Laudrup. Completaba el repoker de ases un pequeño centrocampista zurdo y dinámico llamado Jesper Olsen, que iba a convertirse en inesperado protagonista de la apasionante aventura mundialista de su selección.

Dinamarca quedó emparejada en el ‘grupo de la muerte’ del torneo junto con Alemania, Escocia y Uruguay. Lejos de acusar los nervios del novato en su debut mundialista los nórdicos derrotaron en el primer partido a los escoceses por uno a cero. En el segundo encuentro barrieron a la bicampeona Uruguay con una exhibición de juego y goles: seis a uno para los daneses con hat trick de Elkjaer Larsen y una sublime actuación de Laudrup (Jesper Olsen cerró el marcador marcando el sexto gol). Dinamarca culminó una impecable primera fase ganando por dos a cero a Alemania (con otro gol de Jesper Olsen, esta vez de penalty) y proclamándose líder de grupo con tres victorias y nueve goles a favor. La prensa bautizó con entusiasmo al combinado danés como “La Dinamita Roja” por su fútbol ofensivo en estado químicamente puro.

Jesper Olsen, que militó en el Ajax desde 1981 hasta 1984, era un consumado especialista en el lanzamiento de penas máximas y de hecho fue el cómplice de Johan Cruyff en el célebre penalty indirecto ejecutado contra el Helmond Sport en 1982. “Era típico de Johan probar cosas diferentes, algo que no se hubiese hecho antes y fue genial formar parte de aquella jugada”, dijo el centrocampista danés. En verano de 1984 Jesper Olsen, al que los aficionados del Ajax llamaban “The Untouchable” por su habilidad para saltar y esquivar las entradas rivales, fichó por el Manchester United y permaneció en Old Trafford durante cuatro temporadas.

El 18 de junio de 1986, en el estadio de La Corregidora de Querétaro. Dinamarca y España se enfrentaron en octavos de final del Mundial de México. Los daneses se adelantaron a la media hora con un gol de penalty transformado, cómo no, por Jesper Olsen. El partido parecía bien encarrilado para el equipo entrenado por el alemán Sepp Piontek pero al filo del descanso se produjo la jugada fatídica: el portero Lars Hogh sacó en corto para Jesper Olsen y éste, viéndose presionado por un rival, quiso devolver la pelota a su guardameta pero la cesión fue defectuosa y el balón acabó en los pies de Emilio Butragueño que aprovechó el regalo danés para marcar a placer el gol del empate.

El resto de la historia es sobradamente conocida: el hermoso andamiaje de Dinamarca se desmoronó en la segunda parte a causa de los hachazos españoles en forma de contraataques, Butragueño marcó cuatro goles en su noche más brillante como futbolista profesional y Jesper Olsen quedó marcado para siempre como el responsable de un fallo absurdo que desencadenó una mayúscula decepción nacional. No en vano la expresión “Rigtig Jesper Olsen” (“Un auténtico Jesper Olsen”) se incorporó al léxico danés para definir cualquier paso en falso. “Nunca tuve que dar ese pase, pero es una de esas cosas que ya no se pueden cambiar y, aunque es injusto, sé que seré recordado por esa acción”, confesó el jugador años después.

Tras un paso discreto por el fútbol francés y castigado por las lesiones, Jesper Olsen se retiró en 1992, el mismo verano que Dinamarca conseguía contra todo pronóstico ganar una Eurocopa a la que acudió porque Yugoslavia se desangraba en el corazón del continente. En la actualidad Olsen reside en Australia y forma parte del cuerpo técnico del Melbourne Heart. Y quién sabe si de vez en cuando todavía repasa en su moviola mental aquella venenosa cesión que emborronó una más que digna trayectoria profesional. Si Jesper Olsen hubiese enviado aquel dichoso balón bien lejos, al cielo de Querétaro, tal vez las hordas vikingas no hubiesen fracasado por segunda vez en mil años en su conquista del territorio americano. En realidad las hemerotecas cuentan que la gloria y los laureles de aquel torneo fueron para un barrilete cósmico, pero eso ya es otra historia.

Mango es el color del control

Getafe C.F., 1 – F.C. Barcelona, 3

Una primera parte primorosa le bastó y le sobró al Barça para certificar su absoluta superioridad en el Coliseum Alfonso Pérez ante un Getafe desdibujado que entregó la cuchara desde el pitido inicial del árbitro. El equipo de Guardiola mostró en la primera mitad su mejor versión, lúcido y vertical, poderoso en el juego interior con Xavi, Iniesta y Messi en la sala de máquinas, Mascherano barriendo con criterio y con la incansable aportación por las bandas de Alves y Pedro. La posesión del balón era monopolio del Barça y corría el minuto 23 cuando Villa asistía magistralmente a Messi para que el crack argentino marcase el primer gol del partido.

El monólogo barcelonista no tuvo pausa: diez minutos más tarde se invertían los papeles y era La Pulga quien servía un buen balón a Villa para que el Guaje firmase el cero a dos. El Barça, que jugó con su segunda equipación de color mango, pudo irse al descanso con otro gol en su casillero si Codina no hubiese conjurado con el pie un venenoso remate del delantero asturiano. Como perfecta antítesis de lo que sucedió en tierras danesas el martes pasado, esta noche los hombres de Guardiola controlaron el partido a su antojo y marcaron siempre el ritmo del encuentro.

En el segundo tiempo el Barça decidió levantar un poco el pie del acelerador pero aún así se encontró con un tercer gol marcado por Pedro en el minuto 65 tras una falta de entendimiento entre Cata Díaz y su portero a consecuencia de un buena presión de Messi. Todo parecía visto para sentencia pero cinco minutos más tarde unas manos de Piqué en el área eran castigadas por el árbitro con penalty y la expulsión del central al recibir la segunda tarjeta amarilla. La pena máxima era transformada por Manu del Moral para poner el 1 a 3 en el marcador electrónico.

El gol y la superioridad numérica fueron una inyección de orgullo y casta para el equipo azulón que disfrutó de alguna oportunidad clara para marcar un segundo tanto, pero dos buenas intervenciones de Valdés y un remate sacado bajo palos por Maxwell permitieron al Barça conservar intacta su ventaja. El fuelle del Getafe terminó con la expulsión de Boateng, también por doble amonestación, que dejaba a ambos equipos con diez jugadores y el Barça volvió a ejercer un control absoluto sobre el partido hasta el final.

“Ganar así es un buen síntoma para nosotros”, declaró Pep Guardiola en la rueda de prensa posterior al partido. Y, efectivamente, es una noticia satisfactoria la convincente y a ratos brillante actuación del equipo en un estadio donde, según indican las estadísticas, cada vez que el Barça consigue la victoria se proclama campeón de Liga. Ojalá que la tradición se mantenga una temporada más. No cabe duda de que Guardiola y sus jugadores se dejarán la piel en el intento.

El factor Messi

Real Zaragoza, 0 – F.C. Barcelona, 2

El Barça cumplió su objetivo en La Romareda y consiguió una victoria imprescindible ante el colista de la Liga. Fue un triunfo más serio que brillante, en un partido desangelado que siguió la estela del grisáceo encuentro ante el Copenhague. Paradojas del fútbol: el equipo no parece alcanzar el nivel de excelencia de las dos temporadas anteriores pero obtuvo en Zaragoza su cuarta victoria consecutiva liguera para certificar el mejor arranque fuera de casa en la historia del club.

Advertido por su colega maño de que el Zaragoza plantearía un partido de trincheras y defensa de cinco hombres, Pep Guardiola decidió retocar el dibujo táctico y utilizar una formación 3-4-3, adelantando la posición de Dani Alves al centro del campo, reubicando a Messi como mediapunta y con un tridente ofensivo compuesto por Iniesta, Villa y Pedro. Hay que aplaudir al entrenador azulgrana su permanente búsqueda de soluciones aunque esta noche la pequeña revolución funcionase a medias.

Ausente Xavi por las dichosas molestias en el tendón de Aquiles nadie supo llevar la batuta azulgrana con éxito: Sergio estuvo bastante impreciso en el pase, Keita se mostró irrelevante en tareas organizativas y colectivamente el equipo abusó de la conducción del balón y se empeñó en combinar por el centro del ataque, originando un embudo en el área zaragocista que facilitaba la tarea destructora de la defensa local.

Siempre Messi. El crack argentino no se encuentra en un momento álgido de forma pero aún así derrocha tanta calidad y talento que es capaz de resolver con goles allí donde no llega el juego del equipo. Al filo del descanso el diez azulgrana aprovechó una gran asistencia de Villa para resolver con frialdad ante Doblas. Ya en la segunda mitad un inoperante Zaragoza quedó seriamente tocado con la expulsión de Ponzio por un manotazo a Dani Alves y minutos después arrojó definitivamente la toalla tras un seco zurdazo de Messi que ponía el cero a dos en el marcador.

Nayim, autor del gol imposible que coronó a un glorioso Zaragoza como campeón de la Recopa hace tres lustros y hoy segundo entrenador blanquillo, vio también la tarjeta roja, frustrado e impotente ante la errática trayectoria de su equipo, un claro síntoma de que cualquier tiempo pasado fue mejor a orillas del Ebro. Por parte azulgrana, la mejor noticia fueron los buenos veinte minutos disputados por Thiago, cuyo repertorio incluyó una excelente asistencia a Villa aunque el Guaje envió, por cuarta vez esta temporada, la pelota a la madera.

Será por las limitaciones de una plantilla corta de efectivos, o por los perjudiciales efectos de una temporada post-Mundial, o por la teoría de los microciclos que defiende incansablemente Martí Perarnau… La cuestión es que el Barça no acaba de ofrecer su mejor versión pero dispone del mejor futbolista del planeta, un factor determinante para sacar adelante partidos como el de esta noche mientras se recuperan las buenas sensaciones a nivel individual y colectivo.

Huellas bajo el polvo

F.C. Barcelona, 2 – Valencia C.F., 1

Mal día para dejar de esnifar pegamento: una polémica asamblea de socios compromisarios perfumada con un venenoso aroma de revancha era la triste antesala de un partido peligroso por la visita del líder de la competición, por la errática trayectoria del equipo en sus partidos ligueros como local y por tratarse de un compromiso posterior al virus FIFA.

Decía Màrius Carol esta semana en una tertulia radiofónica con su habitual tono tribunero que no le gustaba Unai Emery. Una razón más para respetar al entrenador vasco del Valencia, que ha sabido encajar esos dos torpedos en la línea de flotación de su equipo que fueron las ventas de Silva y Villa y diseñar un equipo competitivo y fiable pese a las telarañas que hay en la caja fuerte de Mestalla.

La primera parte del Barça fue espesa y grisácea, debido en gran parte al buen planteamiento del Valencia, bien posicionado en el terreno de juego y discutiéndole la posesión del balón a un equipo blaugrana plano y previsible. Y en el minuto 37 Pablo Hernández culminó un fulminante contraataque blanquinegro tras una asistencia perfecta de Mathieu. El mismo extremo valencianista pudo sentenciar el partido tres minutos más tarde en otro contragolpe eléctrico pero un providencial Valdés evitó el segundo tanto visitante.

Se intuye que la lectura de cartilla de Guardiola durante el descanso debió ser antológica porque el equipo ofreció en la segunda mitad una cara tan diferente que ríase usted de Harvey Dent. Apenas tres minutos necesitaron Xavi e Iniesta para trazar una pared tan sencilla como primorosa al borde del área que culminó el manchego con un disparo cruzado para igualar de nuevo el marcador.

El empate fue el pistoletazo de salida para un monólogo azulgrana: el Barça recobró sus rasgos de identidad bajo la brújula del recuperado Xavi y la batuta de un exquisito Iniesta. No fue la mejor noche, en cambio, de un discreto Messi y un desafortunado Villa: el Guaje prolongó su mala racha de cara a portería fallando claras oportunidades de gol (un remate de cabeza a bocajarro y un mano a mano con César, ambos conjurados por el veterano portero valencianista).

Tuvo que ser necesario un poderoso cabezazo del capitán Puyol tras un certero pase desde la derecha de Xavi en el minuto 63 para certificar una importante victoria azulgrana fruto de una meritoria segunda parte a nivel colectivo. Al margen de la plomiza primera mitad acaso se le podría reprochar nuevamente al equipo no haber cerrado el partido en la última media hora con un tercer gol que hubiese evitado incertidumbre, nervios y conatos de tangana en los minutos finales.

¿El césped? En condiciones impecables durante toda la noche. ¿El palco? En el horizonte hay amenaza de borrascas y de nubes negras con forma de fractura social, pero no hay que temer el regreso de aquellos tiempos rancios donde el club obtenía raquíticas Copas de la Liga pero excelentes balances económicos porque hay un cuerpo técnico y una plantilla de jugadores que, contra viento y marea, se han comprometido a tirar del carro institucional hasta Wembley o hasta las puertas del infierno.

En la planta noble las grúas crujen, suenan ruidos de acoso y derribo, de cenizas y escombros… Pero todavía hay huellas que seguir bajo el polvo.

Sometiendo a la bestia

Atlético de Madrid, 1 – F.C. Barcelona, 2

Decían las crónicas previas a este partido que el Atlético de Madrid había conseguido quitarle 29 puntos al Barça en las últimas 8 temporadas. Y tirando de lugares comunes se concluía que los colchoneros eran la bestia negra culé, un demonio particular sufrido hasta por Pep Guardiola: en sus dos visitas ligueras como entrenador azulgrana a orillas del Manzanares le había tocado siempre masticar el polvo de la derrota.

No obstante, el Barça salió al césped del Calderón enchufado y sin miedos ni complejos, monopolizando la posesión de balón y jugando el primer cuarto de hora exclusivamente en la mitad de campo rojiblanco. A consecuencia del abrumador dominio llegaron dos ocasiones consecutivas en plata de ley: un disparo al poste de Villa tras una gran asistencia de Messi y a continuación el gol del crack argentino tras un magnífico pase de Pedro, eludiendo con un toque sutil la desesperada salida de De Gea.

No había ni rastro del equipo espeso e inconexo que se enfrentó al Hércules ocho días atrás pero en el minuto 25 el Atlético de Madrid, cuyo caudal de juego había sido más escuálido que una radiografía de Kate Moss, sacó petróleo a la salida de un córner al combinarse un remate de cabeza de Raúl García y una mala salida de Valdés. Empate a uno y primer zarpazo de la bestia negra.

Lejos de descomponerse el Barça siguió insistiendo en su monólogo de balón, percutiendo una y otra vez por la banda derecha mediante un incisivo e hiperactivo Dani Alves. Paradójicamente el segundo gol azulgrana llegaría en otro córner resuelto por Piqué con un derechazo cruzado. Messi cumplía diez (benditos) años como jugador del Barça sembrando el pánico entre la defensa rival con su velocidad y su eléctrico catálogo de fintas, conducciones y regates.

La segunda parte empezó con dos latigazos consecutivos, venenosos y casi idénticos de Xavi y Pedro repelidos por De Gea. El joven guardameta rojiblanco completó su portentosa exhibición conjurando dos remates de David Villa y un mano a mano con Messi. El resto del segundo tiempo fue un voluntarioso quiero y no puedo colchonero ahogado por el fútbol control culé tejido por Xavi e Iniesta.

No hubo noticias del temido cuarteto ofensivo del Atlético: Agüero abandonó el campo en el minuto 50 condicionado por sus molestias físicas mientras que Forlán, Simao y Reyes permanecieron inéditos gracias al solvente y eficaz trabajo defensivo de la zaga azulgrana.  Una victoria merecida e indiscutible del Barça que iba a servir para ahuyentar fantasmas y dudas, pero la bestia negra tenía reservada su última dentellada: una entrada criminal de Ujfalusi sobre el tobillo derecho de Messi. Tarjeta roja para el leñador defensa checo y retirada en camilla para la estrella argentina.

Filosofía pura

Racing de Santander, 0 – F.C. Barcelona, 3

Y, de repente, regresó la Liga. La intempestiva salida de Zlatan Ibrahimovic con destino a Milan había acaparado la atención mediática durante el fin de semana como guinda que culminaba una pretemporada atípica y nebulosa: un presidente entrante y dos salientes (el oficial y el honorífico), tensiones de tesorería, el frustrado fichaje de Cesc, el inoportuno partido amistoso de la selección española en México… Pero la consecución de la Supercopa (octavo título de la era Guardiola) confirmó que el cuerpo técnico y los jugadores saben aislarse herméticamente del ruidoso entorno y que, cuando la pelota empieza a rodar, ellos son los únicos protagonistas bajo los focos.

El Barça apenas tardó dos minutos en ponerse con ventaja en el marcador en El Sardinero. Messi recibió un pase de Iniesta y picó suavemente la pelota ante la desesperada salida de Toño. Tras su frustrante experiencia mundialista con la albiceleste, el delantero argentino ha recuperado la mejor versión en su añorado ecosistema azulgrana: hoy con un gol sutil, hace una semana con un hat trick demoledor ante el Sevilla. No obstante la filigrana del partido se gestó a la media hora de juego: un despeje de puños del portero racinguista lo recogió Iniesta para conectar una sublime vaselina desde fuera del área. No hay goles intrascendentes para el orfebre manchego: pueden valer un título mundial o pueden ser estéticamente impecables.

El Racing tuvo la oportunidad de acortar distancias dos minutos después con un más que discutible penalty señalado a Maxwell por empujón a Francis, pero Valdés logró enviar a corner el lanzamiento de Tchité. Soberbio partido del guardameta azulgrana que con siete paradas en su haber desbarató toda acción de ataque local. Al filo del descanso el árbitro invalidó un gol de Villa (tras un magistral pase de Xavi) por un polémico fuera de juego. El delantero asturiano, hoy severamente castigado por el banderín del árbitro asistente, tendría su revancha en la segunda parte, logrando su primer gol oficial con la camiseta azulgrana con un cabezazo cruzado tras un gran centro de Alves al segundo palo.

A pesar de que la retransmisión televisiva ofreció en el último minuto del partido un plano de los rostros serios y pensativos de Zubizarreta y Estiarte poco se puede reprochar a la actuación del equipo en tierras cántabras. El Barça, en un impecable debut liguero, fue fiel a su reconocible credo futbolístico: solvencia defensiva, solidaridad en la presión, juego interior, posesión del balón, apertura de espacios, superioridad en las bandas, combinación, desborde, remate… Pura filosofía blaugrana. Qué errado anda Ibrahimovic, en una mezcla de ignorancia y despecho, creyendo que puede usar este concepto en modo peyorativo.

Desde el Barrio Rojo: Jürgen Sparwasser

“Si en mi lápida escriben sólo ‘Hamburgo 74’, la gente sabrá quién yace allí debajo”.

Jürgen Sparwasser tenía apenas quince meses de edad cuando en octubre de 1949 se fundó la República Democrática de Alemania, bajo tutela rusa y como reverso de la República Federal dibujada por los aliados occidentales. Así quedaba sellada la dolorosa separación del territorio alemán tras su derrota en la Segunda Guerra Mundial, una división que se agudizó en 1961, en plena Guerra Fría, con la construcción del muro de Berlín: 45 kilómetros de vergüenza que atravesaban la ciudad como una fea y profunda cicatriz.

En sus cuatro décadas de convivencia las selecciones de fútbol de ambos países solamente se enfrentaron en una ocasión: fue durante el Mundial de 1974 celebrado, por algún capricho travieso del destino, en la República Federal de Alemania. Ambas escuadras quedaron emparejadas en el grupo 1 junto a Chile y Australia. Las dos selecciones alemanas se enfrentaron en la tercera jornada del grupo ya matemáticamente clasificadas para la segunda ronda pero disputándose el liderato del grupo: a la RFA le bastaba el empate mientras que la RDA necesitaba la victoria.

Sparwasser era un elegante centrocampista bien dotado técnicamente que desarrolló toda su carrera futbolística en el FC Magdeburgo, donde logró una Recopa en 1974 derrotando en la final al todopoderoso AC Milan (fue el único título europeo conquistado por un equipo germano-oriental). Con la selección nacional Sparwasser había obtenido una medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de 1972 disputados en Munich y una clasificación histórica para que la RDA disputase por primera y última vez un certamen mundialista.

El 22 de junio de 1974 sesenta mil espectadores presenciaron en el Volksparkstadion de Hamburgo el partido entre la RFA y la RDA. No se trataba únicamente de un duelo por el liderato del grupo, sino también de un pulso simbólico pero tenso y receloso entre comunismo y capitalismo, occidente y Telón de Acero. El partido fue trabado, espeso, sin grandes ocasiones de gol más allá de un remate al poste de Gerd ‘Torpedo’ Müller en el minuto 39. El encuentro parecía destinado a terminar con empate a cero hasta que en el minuto 77 Sparwasser se internó en el área y, tras superar a Beckenbauer y Vogts, fusiló a Maier con un fuerte disparo que significó el único gol del partido y una victoria histórica para la RDA, que se clasificaba por delante de su hermana federal.

Aquella gesta le ocasionó más problemas que ventajas a Sparwasser: su nombre y su gol fueron exprimidos como herramientas propagandísticas por el régimen socialista. “Una parte de los habitantes de la RDA no estaba de acuerdo con el sistema político del país. Todos esperaban y creían que perderíamos el partido, que nos meterían cinco o seis goles. Esas personas reaccionaron negativamente no sólo contra mí, sino también contra mis compañeros”. Sparwasser, ingeniero mecánico de profesión y estudiante de Pedagogía, se había convertido en héroe nacional pero sin respaldo popular: surgieron rumores de que las autoridades le obsequiaron con un coche y una casa por aquel gol, especulaciones que el futbolista siempre negó pero que provocaron envidias, antipatías y resquemores hacia su persona.

Sparwasser rechazaría más adelante una suculenta oferta para fichar por el Bayern de Munich, alegando que era hijo de una familia trabajadora y que no le atraían ni el lujo ni el dinero occidental. En 1981 colgó las botas a causa de problemas físicos en la cadera y, una vez retirado, declinó la propuesta para ser entrenador del Magdeburgo por considerar que se trataba de un cargo más político que deportivo; como represalia a esta negativa su doctorado en Pedagogía fue vetado indefinidamente. En 1988 Sparwasser viajó a la RFA para disputar un partido amistoso de futbolistas veteranos y ya no regresó nunca más a la zona este: “Estaba harto de la politización y las mentiras de mi país”.

Cuando la década de los 90 se desperezaba aquel hermético y grisáceo país llamado República Democrática de Alemania desapareció definitivamente de los globos terráqueos con la caída del muro de Berlín y la reunificación nacional, pero en la memoria de los Mundiales ha quedado grabado para siempre el mítico gol que convirtió a Jürgen Sparwasser en un antihéroe, en un partido irrepetible donde Alemania se enfrentó a Alemania. Curiosas paradojas de la geopolítica.