Crónica

Como Messi por su casa

Para los que acusan a Q-Man de inmovilismo y cabezonería táctica, el holandés hizo saltar a su equipo al Pizjuán con un 5-3-2 reconvertible a 3-5-2 que sorprendió a todos, empezando por Lopetegui: su Sevilla ni supo ni pudo hacerse con el control del partido en ningún momento. No se puede calificar el planteamiento como algo muy cruyffista ni remotamente cercano a lo que algunos denominan ADN Barça pero es posible que este sea el mejor dibujo para estos jugadores. Si poblar el medio del campo con refuerzos para que el Muerto de Badía parezca aún aprovechable, implica el destierro eterno del Hombre Gris —a quien nadie echó en falta—, hágase.

La revolución táctica vino a traer el mejor partido del Barça esta temporada ante un rival “serio”, si entendemos por serio, de nivel Champions. Aquella lejana victoria en Turín, contra una Juventus diezmada, difícilmente entraba en esa categoría, como se vio cuando los bianconeros visitaron Barcelona. La presión adelantada y el control en el medio del campo para defenderse con el balón dejaron al Sevilla absolutamente desconcertado: los locales no dispusieron de ocasión alguna que mereciera ese nombre. Solo opusieron el opulento físico de los Fernando, Carlos, Koundé y Jordán a base de faltas. Muchas faltas. Hasta 37, solo en la primera parte. Eso sí, muy repartidas: unas en la cara de Messi, otras en su rodilla, algunas en su tobillo… Parecía clara la consigna: evitar que Messi marcase, como casi siempre, al Sevilla.

Pero es que para Messi, el Sanchez Pizjuán es ya poco más que un campo anexo al Camp Nou. Conoce hasta el último hueco, incluido el que vio en la asistencia que dio a Dembelé para que el extremo francés superase en el sprint a la defensa sevillista. Su disparo, esta vez, salió cara. Y ese gol constata que es un jugador para equipos que jueguen al contraataque. Con espacios y su velocidad, marca diferencias. Frente a defensas cerradas, su aturullamiento y falta de entendimiento del juego también las marca. Pero en contra. Un gol que acercaba al Barça a la lucha definitiva por la Liga y a posibles compradores del francés.

La segunda parte no aportó grandes novedades salvó la certificación de que estábamos ante el partido más serio del Barça en mucho tiempo. Tan solo lo ajustado del marcador impedía hablar de “partido cómodo”. Ocasiones desperdiciadas por Messi tras una nueva cabalgada de Ousmane (más potenciales compradores) y un tiro al palo del Dest-acado lateral, con mucho protagonismo en la tarde hispalense. El estadounidense no será Alvés. Pero tampoco es Semedo. Solo el tiempo dirá si su calidad es suficiente para seguir en el Barça.

Los cinco cambios de Lopetegui redoblaban la apuesta física del partido, lo que provocó el derrumbe de varias fichas azulgrana: cual Domino Show caían Piqué, Araujo y Pedri con diversas molestias. El alud de lesiones durante esta temporada es de tal magnitud que solo puede ser achacable al demencial calendario o a que quien dirige los servicios médicos del club sea un tal Nick Riviera. El caso es que las bajas obligadas fueron la única manera de obligar al reticente Q-Man a mover el banquillo. El arreón final sevillista no generó, sin embargo, apenas peligro excepto a la integridad física de Messi: Jordán podría haber cumplido el ciclo de 5 amarillas solo en este partido.

Y ya se sabe el peligro de cabrear a Messi: agarró el balón el argentino, hizo una pared con el imberbe Illaix y, de nuevo, a punto estuvo de meterse con el balón en la portería. Ya suma 38 goles en 42 partidos al Sevilla, en este caso para redondear un marcador que llevaría la eliminatoria de Copa a la prórroga. Porque eso es lo que ha metido Messi en la cabeza de su rival. Y es ciertamente inevitable. Como que Messi le marque al Sevilla.