El partit

Un muro de realidad

Tras las buenas sensaciones ante Villarreal y Celta, el Sevilla, uno de los mejores equipos europeos de la actualidad, se presentaba como un test más realista para las huestes de Q-Man. El resultado y, sobre todo, el fútbol exhibido dejan apenas un aprobado raspado. Poca cosa para la expectativa levantada tras los dos primeros partidos.

El tempranero gol del Sevilla ya era síntoma de que un equipo tan rocoso, donde nadie escatima esfuerzos durante 90, 120 o 360 minutos, iba a ser una prueba más que exigente. El rápido empate del renacido Chutinho apenas servía para contener el nerviosismo local. Pero ese empate tenía truco: el gol había sido más consecuencia de un error sevillista que de un acierto culé. Y la prueba fue que, como el Sevilla apenas concede errores durante los partidos, el cupo de ocasiones quedaba casi cerrado. No hubo apenas más oportunidades claras sobre la portería de Bono. Ni en la primera parte, ni en el resto del partido.

Porque desde la época del Patata Martino, hay una máxima futbolística que se cumple inexorablemente en clave azulgrana y/o albiceleste: si Messi baja demasiado a buscar la pelota, es que el equipo no está funcionando. Y hoy el Sevilla desplazó a Messi desde la frontal del área a prácticamente el centro del campo. No hase falta que dises nada más.

La estadística al final de la primera parte servía para desnudar uno de los puntos más flojos de este Barça. Las matemáticas, en este caso, eran explicativas: de los 12 intentos de ataque azulgrana, 5 habían sido por la banda izquierda, 7 por el centro y ninguno por la derecha. Nadie dijo que salir del semedismo iba a ser fácil y menos aún si se luce una banda derecha con un no-lateral como Sergi Roberto y un Hombre Gris a quien ya se le está poniendo cara de Dugarry. El francés corre continuamente de un lado a otro como jugando un partido en una dimensión paralela donde el juego siempre transcurre en otra parte del campo. Urge cesión al Bayern: queda un día de mercado.

La segunda parte mostró otro punto a favor de Q-Man en estos primeros partidos: el holandés no espera, como Don Honesto, al minuto 70 para hacer los cambios (peor aún el Pasiego, que ni los hacia). Las entradas de Pedri y Trincao volvieron a ser una declaración de intenciones, pero los chavales no aportaron más que sus muchas ganas de hacerlo bien. Algo insuficiente para vestir de azulgrana. De Pjanic solo destacar que Lengleteó: una falta, una tarjeta amarilla. ¿Se imaginan un mundo donde a Casemiro le sacaran una tarjeta amarilla por cada falta que hace? Yo tampoco.

El Sevilla, cuya sensación de peligro se asociaba más a sus llegadas en superioridad numérica que a una amenaza real, empezó a acusar su derroche físico. Pero apenas sufrió frente a un cuasi-nulo ataque local: apostar toda la temporada ofensiva a una versión ya veterana de Leo Messi y a un imberbe como Ansu parece más un acto de buena fe que de realismo. Porque era tan evidente que el decadente Luis Suárez debía salir como que Barry White no va a aportar mucho más que Griezman. De Dembelé y sus aplausos sin energía (tal vez para no lesionarse) en la grada, mejor no hacer más sangre.

Al final, polémica por un pisotón a Messi en el área del Sevilla en el minuto 93 que apenas contó con revisión televisiva o del VAR. Es ese tipo de jugadas diferenciales que sirven para ganar partidos sin merecerlo. Pero esa es la especialidad inimitable del eterno rival: el karma cruyffista indica que antes de revisar el VAR lo que hay que hacer es mejorar el fútbol.