Yoyalodije

Gracias, Johan

Erase una vez un niño al que no gustaba el fútbol. Quizá porque era muy torpe para la práctica de deportes, quizá porque nadie le educó para que le gustase. Su padre, deportista y gran persona, le enseñó a patinar en la antigua pista de Piscinas y Deportes, intentó inculcarle el deporte que él había practicado, el hoquei patines. No tenía tiempo ni dinero para llevarle al fútbol y, si lo hubiese tenido, quizá ese crío habría frecuentado Sarriá, donde jugaba el equipo con el que simpatizaba su progenitor, no en vano había jugado en las filas de ese equipo y de su filial.

Cuando era muy peque, su tío le había llevado al Camp Nou donde, seguramente, había estado molestando a los espectadores sin entender nada de ese juego que tanto apasionaba a las masas. Cuando veía que daban un partido en TV, acostumbraba a ponerse a jugar a otra cosa – jamás pidió un balón a los Reyes – o a leer un tebeo del Capitán Trueno.

Pero pasaron los años y, en plena adolescencia, escuchó que el Barça – equipo del que decía que era por influencia materna y porque le sonaba mejor al llevar el nombre de su ciudad- quería fichar a un jugador holandés que era un crack mundial. Fue entonces que vio por TV jugadas de ese tipo y se dio cuenta que eso era otra cosa, no era el fútbol en blanco y negro que emitían los domingos en su receptor Inter, era la alegría, el color, la fantasía.

Ese muchacho ya tenía ganas de ir al Camp Nou, intentaba junto con sus amigos que algún socio les colase al partido dominical y, sino, escuchaba con el auricular de su aparato de radio el transcurso del match con la voz de Miguel Angel Valdivieso mientras asistía a algún estreno de cine en el Tivoli o en el Urgel. Tuvo la suerte de celebrar la Liga, un título que hacía 14 años que no se ganaba.

No había la posibilidad de hacerse socio y prohibitivo para su bolsillo juvenil comprar una entrada. Un día le colaron a un Barça-Madrid poco antes de empezar el partido pero, al llegar a General de Pie en la Primera Graderia del Gol Sur, había muchísima gente y no le era posible ver nada del partido ni poniéndose de puntillas. Se fue hacia casa frustrado a los 10 minutos de empezar el juego.

Pocos años más tarde, cuando había cumplido los 17, estuvo aquejado de una terrible enfermedad que casi se lo lleva por delante. Cuatro meses ingresado en el Hospital del Mar. Se le hicieron eternos, solo le ayudaba la radio, una miniTV que le regalaron sus padres cuando vieron que iba para largo y la sonrisa de una estudiante de enfermería. Con esa TV, se montó una pequeña peña barcelonista en su habitación a la que acudían otros enfermos a ver los partidos dominicales. Esas pequeñas cosas hicieron más llevaderos los duros tratamientos de estreptomicina, rifampicina, isoniacida y PAS.

Cuando recibió el alta, poco antes de cumplir los 18, leyó en un periódico que el Barça abría un período de inscripción de nuevos socios. Convenció a sus padres, la verdad es que no le costó demasiado, e hizo la cola pertinente en el Camp Nou, pagó los correspondientes 3 años a fondo perdido y, a partir de aquella fecha ya pudo acudir regularmente al Camp Nou. Y así hasta hoy, casi 40 años después.

Posiblemente este chaval, hoy adulto, debería darle las gracias a los médicos y a los investigadores que descubrieron su tratamiento, como Schatz y Piero Sensi. Pero tras esta Semana Santa que nunca olvidaremos solo le sale decir : “Gracias, Johan”