Crónica

El triunfo de la mediocridad

La palabra “mediocre” tiene dos acepciones según el diccionario de la Real Academia Española: 1. De calidad media. Y 2. De poco mérito, tirando a malo. Así que algo puede tener una calidad media pero estar lejos de tener poco mérito. Aclarado esto, podemos decir que fue un partido entre, probablemente, los equipos más mediocres que han presentado Real Madrid y Barça en la última década. Cada uno que tome la acepción que más le guste.

Como mediocre fue también el planteamiento de Quique Setién. Desde hace 15 años todos los entrenadores del Barça ganan al menos una vez en el Bernabéu. Hasta el Tata Martino. Parece que el Pasiego será el primero que no lo haga porque, salvo sorpresa, su recorrido en el banquillo culé no llegará más allá de junio. Justo castigo a una nueva decepción. Como en Valencia, Bilbao o Nápoles, volvió a disponer de otro timorato once titular en un partido clave. Que en la primera parte, el cansino ritmo azulgrana transmitiese sensación de control era, en realidad, una falsa percepción: lo sostenía el pánico local a que Leo Messi volviese a ser el amo y señor en uno de sus campos favoritos de los últimos tres lustros y que, como consecuencia, la afición merengue despidiese la temporada el 1 de marzo. El silencio del Coliseo Blanco conteniendo la respiración cada vez que ÉL tocaba el balón era, simplemente, atronador.

Pero era tal la mediocridad del partido que hasta el genio argentino se contagió: se rumoreaba en la previa que tal vez estaba algo tocado. Sin duda, que no le ganase ni un solo duelo individual a un ex jugador como Marcelo, fue más que significativo. Tal vez esa lesión se llame “edad”. Tuvo en sus botas las más claras ocasiones para dar la puntilla al partido y, tal vez, al campeonato, pero exhibió una falta de velocidad y una resolución atolondrada en ataque. Fue, quizá, el peor partido que se le recuerda en un Clásico, dejando con vida a una de sus víctimas favoritas. Decepcionó por lo mucho que se espera siempre de él, pero en ocasiones D10S puede ser así de magnánimo.

De quien no se espera ya nada es de El Hombre Gris que hoy se acabó de confirmar como el fichaje fiasco de la temporada azulgrana. Apenas una ocasión de gol en todo el partido y la continua pregunta que flotaba en el ambiente: “¿Está jugando Antoine?”. El ABC del Buen Tribunero Blaugrana desaconsejaba el fichaje de aquel que falló un penalti en una final de Champions contra el Real Madrid. Sin duda es un criterio tan fútil como el que justificó en su día los fichajes de Boateng o Douglas. Pero en el caso de Griezmann, el dictamen tribunero era el acertado.

Así que cuando el Real Madrid se dio cuenta de que jugaba contra un Barça desarmado (el ataque azulgrana moría sin Messi), comprendió que tal vez no había motivos para tanto miedo. Avanzada la segunda parte apretó el acelerador y, sin más propuesta futbolística que el empuje continuo, comenzó a sacar las vergüenzas de un rival incapaz de sacar el balón desde atrás. El canon cruyffista caía como un castillo de naipes mientras el gol blanco parecía cuestión de tiempo. Solo las intervenciones de Ter Stegen, acaso poseído por el espíritu del mejor Iker Casillas, lo retrasaba. La salida de Barry White, estuvo a punto de cambiar el final previsto pues el danés tardó apenas dos minutos en mejorar el partido de El Hombre Gris: si no se consagró en el primer balón que tocó fue por los méritos del gadgetobrazo de Courtois.

Pero estaba escrito: un partido mediocre como este sólo podía ser resuelto por un gol mediocre del jugador más mediocre del partido: Vinicius. Mediocre, como vimos en la definición inicial, puede usarse como un desprecio (así debe usarse en el caso de Griezmann) o como la definición de “alguien del montón”, cuya creatividad o sus habilidades, en general, tendrán una calidad media pero que destacará más o menos en función del fondo con el que contraste. Y en un partido donde el fondo de la calidad individual era casi ausente, por contraste se hizo presente la frase del gran Paco Umbral: “El talento, en buena medida, es una cuestión de insistencia». Regates a ninguna parte. Centros al espacio preciso donde nunca hay nadie. Impericia infinita en el remate. Todo un catálogo de torpezas futbolísticas durante 70 minutos que confluyeron finalmente en un autogol de Piqué para que el Drenthe de Hacendado, celebrase, como suele, un gol que él había sido incapaz de marcar (su remate iba camino de la línea de banda). Fue la justa recompensa a quien más insistió durante todo el partido y que deja la liga abierta. Mediocre, pero abierta.