Crónica

3 ciudades, una final

ALMERÍA 0 – BARÇA 3

MADRID 2 – SEVILLA 0

ALMERÍA. Llegó el Barça a tierras andaluzas bajo un entusiasta clamor popular y hormonas desatadas de teenagers dispuestas a ser el regalo de cumpleaños de Piqué. Y los chicos de Pep cumplieron el expediente ganando el encuentro y sellando con más autoridad su pase a la final de la Copa del Rey. El Barça venció sin alardes y sin la brillantez habitual (salvo la que pusieron algunos futbolistas a título individual) pero con la autoridad y seriedad colectiva exigible, con buena actitud y óptima competitividad a pesar de que el trámite, emocionalmente, daba poco de sí. Si el objetivo culé, tras la experiencia del partido de vuelta contra el Betis, era no emborronar más su inmaculado expediente en la competición, lo consiguió de sobras. Guardiola alineó a un 11 inédito repleto de secundarios, reservando así el mejor banquillo visto en la historia del fútbol mundial. El Almería, escarmentado por el partido de ida, dejó la alegría ofensiva para mejores ocasiones, aunque tuvo la oportunidad de regalarse un gol para el honor gracias a un derechazo de un tipo de nombre tan impronunciable como para que los de su club lo estamparan incorrectamente en la camiseta el día de su presentación que la providencia, cruel, hizo impactar al poste. Todo lo demás, fue territorio Barça, dueño absoluto del partido. Tres grandes goles de Adriano, Thiago y Afellay dieron lustre y calidad al trámite, a la vez que la reivindicación de determinados no habituales empeñados en recortar distancias jerárquicas con respecto a intocables patums  con las que compiten dio esperanzadores aires de cambio al barcelonismo en su consideración hacia ellos. En este sentido, Afellay sobresalió, por su gol, su desborde, su verticalidad y su capacidad de asociación. Este chico pinta bárbaro, como para que Rosell pueda ir colgándose la medalla por su fichaje en un futuro no muy lejano. El otro foco de interés en clave culé, por las expectativas que genera el futbolista, fue Thiago, autor de un gran gol de extraordinario cabezazo, que abrillantó una actuación, por lo general, funcionarial, de esas con las que se masacraba al Xavi de antaño, más en la primera mitad, que ni se le vió, que en la segunda, más activo y participativo en el juego colectivo del equipo. Hubo sombras a destacar, personalizadas en aquellos futbolistas refugiados en la permanente justificación del necesitar hacer un buen partido para despertar y que no logran quitarse la losa de encima: Milito y Bojan, sí. Y nada más. Así fue el trámite descafeinado resuelto con corrección y euforia contenida a pesar de significar el billete hacia una nueva final para el Barça de Guardiola, aunque no lo pareciese, vista la fría celebración blaugrana tras el pitido final sobre el césped almeriense. Quizás la verdadera fiesta se hizo en el vestuario blaugrana tras el 5 a 0 de la ida, y en Almería, la única celebración que hubo fue en el hotel con el 24 aniversario de Piqué. Quien sabe si algún cachondo, en justa represalia por las bromas pretéritas del central catalán, le puso el Waka Waka en el audio a la hora de soplar las velas.

SEVILLA. Y en la otra semifinal, ganó el Madrid. Era lo esperable, aunque el equipo de gala de Mourinho sufrió más de lo debido y se vio exigido a un nuevo sobre esfuerzo que aviva el fuego del argumento del desplome físico y la pérdida de competitividad merengue en el tramo final y decisivo de temporada. Fue el madridista el equipo irregular, lleno de dudas y falto de fútbol y chispa de las últimas jornadas y fue el sevillista un equipo a años luz del gran Sevilla reciente, que dio la sensación de no creer nunca en sus opciones de llegar a la final, aunque, a modo de justificación, podrá esgrimir el agravio arbitral con el gol fantasma no concedido a Luis Fabiano en el Pizjuán y el gol anulado por un fuera de juego más que dudoso a Negredo en el Bernabéu. Hasta que Ozil no decidió la eliminatoria en el último cuarto de partido, el Madrid fue un solar y el Bernabéu una olla de grillos que sufrió en carnes toda la tensión institucional y deportiva en la que está sumida el club blanco. Hubo cagómetro y pitos hacia los suyos, desconcierto extremo y sufrimiento al límite por la debacle que podía llegar. El turco alemán alejó fantasmas apocalípticos, Adebayor confirmó su rol de nueva esperanza blanca y el madridismo celebró eufórico el pase a la final tras tantos años de fiascos, humillaciones y decepciones en la Copa del Rey. Fue la euforia comprensible, desmedida e irracionalmente justificada del desesperado que ha avistado el terror, la desesperanza y la crudeza desgarradora del clima bélico camino de la implosión durante los eternos minutos de desolación previos a la confirmación de la victoria, y se libera febrilmente de todo ello.

VALENCIA (¿): Pues la final del Mourbo, o del Péxtasis, ya está aquí. El 20 de abril espera otra cita histórica para la mitología futbolística de los Barça-Madrid. Al Barça de Pep el Madrid le pone y de sobras son conocidos los ensañamientos (de los cuales no aprenden los blancos), y quien sabe si el Madrid, envalentonado por las ansias de catar título, impulsado por el toque a rebato de su propaganda, obviando interesadamente las crisis recientes en pos de una esperanza regeneradora por un título salvador, y ninguneando como suelen al gran rival, se crecerá más de la cuenta. Si la caverna mediática españolista hace su faena, nos divertiremos. In Inda We Trust!.